Edward Norton en "El club de la lucha"(David Fincher, 1999)

¿Burnout o precariedad?

Se configura un síndrome para facilitar un diagnóstico y desde ahí se establece una relación entre persona y enfermedad para protocolizar una hoja de ruta patologizando un problema político y socioeconómico que no hace sino esconder al tiempo que culpabiliza a quien lo padece.

El antes llamado síndrome de burnout ha sido incluido por la Organización Mundial de la Salud (OMS) en la nueva versión de la Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE-11) que entrará en vigor en enero de 2022. (La anterior se remonta a hace 28 años)

El burnout o síndrome del ‘trabajador quemado’ pasará a llamarse “Síndrome de desgaste profesional” y según la clasificación de la OMS tendrá tres componentes: ‘un sentimiento de profundo cansancio o disminución de la energía; un incremento del distanciamiento mental del trabajo o sentimiento de negatividad o cinismo relativos a la actividad laboral y una reducción de la eficacia profesional’. Además, según los expertos de la OMS, ‘no surge súbitamente sino que por lo general se gesta en un periodo que varía entre 5 y 8 años de desgate continuo y estrés crónico en el contexto laboral’.

Está por ver si ese reconocimiento implica un análisis en profundidad de sus verdaderas causas. No parece descabellado pensar que más que un síndrome estemos ante respuestas y contingencias sencillamente congruentes con unas cargas laborales excesivas y del todo inabordables.

La precariedad ha pasado de ser rasgo a estado o condición vital normalizada.

En tiempos de exacerbada precarización y situaciones de pobreza de muchos trabajadores, toda esa sintomatología podríamos catalogarla como lógica y casi contingente. De alguna manera, en muchos casos y ante una sobrecarga laboral tan excesiva lo extraño sería no reaccionar así.

El burnout no solo es consecuencia de las condiciones laborales pésimas en un contexto social cada vez más precario sino también de un sistema donde claramente los pilares del estado del bienestar han sido sacrificados y la precariedad ha pasado de ser rasgo a estado o condición vital normalizada.

Se personalizan e interiorizan las causas del sufrimiento mientras se externalizan, dejando fuera el tablero, las causas políticas y socioeconómicas que lo han promovido.

Los problemas estructurales del sistema no se curan con terapias psicológicas individuales ni con pastillas.

Se configura un síndrome para facilitar un diagnóstico y desde ahí se establece una relación entre persona y enfermedad para protocolizar una hoja de ruta patologizando un problema político y socioeconómico que no hace sino esconder al tiempo que culpabilizar a quien lo padece, en un escenario donde lo único que prolifera es la pérdida de derechos.

Este “mapa” clínico devendrá en soluciones psicofarmacológicas que no harán sino favorecer una forma de abordar el problema de un modo reducido, desenfocado y mecanicista cargando a la persona con la responsabilidad de su propia “enfermedad” desde una perspectiva parcial e insuficiente.

El modelo neoliberal ha promovido el escenario perfecto. Un trabajador sumido en la precariedad será más proclive en caer en estados de autoexplotación.

Es obvio que los problemas estructurales del sistema no se curan con terapias psicológicas individuales ni con pastillas. El diagnóstico debería recaer en otra parte.