El viajero, de Joaquín Calderón

Un curioso viajero llamado Joaquín Calderón

«Ella quería dormir/ en la arena/ intuir el mar// saberse aislada/ bendecida/ cercada de agua// acunada/ en la dulce insistencia/ de la marea». Este breve poema, fruto del puño y letra del poeta y cantautor sevillano Joaquín Calderón, representa, en mi parecer, el entresijo de pasiones, desvelos y pulsiones que nutren su poesía y, mirando con mayor distancia todavía, su arte. Una literatura que dibuja paisajes desérticos y mares de aguas ondulantes, el horizonte inabarcable de los olivares, los frutales y las encinas, el sol cegador capaz de iluminar hasta la última sombra y la cal, el tinte blanco que nutre las casas del sur de la península ibérica. La poesía de Joaquín Calderón es pura celebración de la vida, un devenir cambiante e inesperado para el lector. Porque, de la mano de su mirada, Calderón transporta a sus lectores hacia los vaivenes de la condición humana en toda su dimensión.

El escritor, autor de libros tan destacables como La vida editada (2018) y Soy como puedo (2019), acaba de publicar con Renacimiento el poemario El viajero. En efecto, Calderón invita al lector a saborear los frutos de la existencia. La mirada poética que ofrece el escritor en este libro insiste en un proceso quieto: el viaje transcurre en la observación detenida. Calderón reflexiona sobre su propio rol como viajero, que es el compartido, en esencia, con el resto de sus semejantes. ¿No recorremos, acaso, los entresijos de nuestras vidas en una especie de ferrocarril secreto y sibilino que no nos indica cuál será la próxima estación en la que nos detendremos? Sus giras con sus discos y junto a la también artista Vanesa Martín están presentes como experiencia personalísima, o así lo he percibido en la lectura de El viajero. En la itinerancia, despojados de las coordenadas que nos atan a una rutina determinada sólo nos queda un punto de apoyo inmutable, la observación.

Joaquín Calderón observa lo obvio y el entresijo, lo singular y lo colectivo. Comienza el libro evocando la magia y los birlibirloques del destino. Enseguida le sigue la primera observación, el tren. «(…) Trenes de babel/ con monos azules de trabajo/ y limpiadoras del hogar/ que habían dejado preparada la comida/ de los hijos y el marido», escribe, de hecho, en el segundo poema con el que inicia esta pequeña colección. En contraste con los ejecutivos y los hombres y mujeres de negocios, el tren iguala a todos los viajeros casi por igual: a fin de cuentas, todos aguardan llegar a su destino, sea cual sea el final de su recorrido.

¿Qué es el viaje?, se pregunta Calderón. Responde en un soliloquio al que somos furtivos asistentes: «El viaje es pensar el ruido/ el olor, la luz,/ el frío, el sabor y la sed./También el miedo». A las sensaciones las sostiene, o las contrapone, un temor, no llegar, o no hacerlo a tiempo. Aeropuertos, barcos, trenes, coches, autobuses, poco importa el medio que nos lleve, sino el proceso de mantenernos in itinere. Esa tierra de nadie está poblada por horarios quebrados, viajeros con los que compartimos doble destino –el de viajar y, quizá, el lugar físico que deseamos alcanzar–. Por supuesto, kilómetros cuya longitud se pierde de la cuenta. De esta manera, un cosmopolitismo terrenal emana en los versos del poeta. Esfinges en Egipto, cajas «made in China» (sic), hoteles de toda clase, estética y condición… Conforme pasan los poemas, Calderón, como «buen viajero», apelando a sus propias palabras, profundiza desde la imagen vertida en su memoria hacia detalles más recónditos de esa misma realidad. A partir de la segunda parte del libro, el poeta busca más la imagen y torna más simbólico. «Se acercan las palabras a la vida», confiesa en un poema, «pero no son la vida». He de confesar que me fascinan versos como éstos. En un tiempo ensimismado por la palabra y en el que se apela constantemente a hacer un –¿mal? ¿buen?– uso de ella, Joaquín Calderón reconoce que la cháchara no es la vida. «Son las palabras del poema un recuerdo/ de lo vivo, pero no lo vivo».

En una presentación de un amigo suyo en la mítica librería zaragozana Los Portadores de Sueños, uno de mis familiares, poeta, dijo una frase que bien palpita en la exuberante vitalidad de Calderón: la poesía habita el recuerdo, el pasado, no el presente. «Nadie se para a escribir un poema en medio del bar, entre amigos, cuando se lo está pasando bien», señaló mi familiar. Y tiene razón. La poesía es el arte de la melancolía, regresando ya a mi vocabulario, más vehemente, de filósofo y, por mis primeros libros, también de poeta. Por eso, Joaquín Calderón que, repito, colma de vitalidad su mirada, su lírica y su existencia, sabe que la palabra tiene por objeto el pasado, es decir, lo imposible: lo cantado ya no sucederá; lo invocado, como falsos dioses que somos cuando nos vestimos de la estúpida toga del narcisismo, jamás regresará a nosotros. Nos queda el presente con la opción de situar en él nuestra mirada. Pero para ello debemos desnudarnos, zambullirnos en el día a día y dejarnos arrastrar por la corriente de la humildad existencial.

despojados de las coordenadas que nos atan a una rutina determinada sólo nos queda un punto de apoyo inmutable, la observación

El mar y la playa están presentes en El viajero. En uno de los poemas, titulado «El precio de la libertad», clama el autor: «El mismo mar./ La misma orilla/ de los funambulistas./ El ribete de espuma/ que abandonan las olas./ Los perros excitados mastican arena./ Los barcos, cada vez más insignificantes,/ avanzan lentos.// El mundo no es diferente conmigo/ ni cambia por mí». Más profundo y reflexivo se muestra Calderón al final de su libro. En los últimos poemas se pone serio con dos temas entrelazados: el proceso de envejecimiento y la gestación del poema. Persona y pieza, autor y creación, envejecen. «Ojalá hubiera otra manera de enterarse de lo que es la vida», confiesa Calderón. «Pero no», sentencia, «es pasar de la juventud a la vejez en un suspiro y no ver venir el fin ni en el último segundo». Pese a todo, la vida rutila por la belleza que engendra en su océano de posibilidades. Como en el poema, que Calderón sabe que será imperfecto, que el poeta reconoce que, incluso, a él mismo, cuando no empezando por sus propios lectores, puede que les parezca poco virtuoso. Pero, por encima de todo, «cada poema es un intento de belleza», en palabras del sevillano.

Y, ante una evidencia tan rotunda sólo me queda que asentir y recomendarles la lectura de El viajero, este poemario refrescante y evocador que Joaquín Calderón acaba de publicar con Renacimiento. Pasen, lean y disfruten de esta oda a la alegría que alberga la belleza, que la vida son dos días y uno ya lo pasamos llorando.

*David Lorenzo Cardiel (@davidlorcardiel), es filósofo, escritor y crítico literario.