Agustín Alonso Gutiérrez: «Me genera tristeza comprobar que los espacios de los medios de masas dedicados a las novedades editoriales son en general espacios de promoción»

El escritor, filólogo y productor de contenidos digitales para TVE Agustín Alonso G. está al mando del pódcast El libro del año —con la compañía habitual y siempre nutritiva de Eduardo Laporte y las participaciones puntuales de Ana Relaño, Francis Alonso o David Varona—; sin duda, uno de los espacios de crítica literaria de novedades editoriales más interesantes del panorama actual: claridad, desparpajo y humor sin sacrificar en ningún momento la profundidad ni el esfuerzo crítico.

Muchas gracias por ese reconocimiento. El pódcast nace de una preocupación de hace años respecto al panorama crítico, literario e intelectual español. He trabajado y trabajo directa o indirectamente en el entorno del periodismo, la producción audiovisual y esa palabra quizá ya agotada por saciedad semántica que es la cultura. Y me genera tristeza comprobar que los espacios de los medios de masas dedicados a las novedades editoriales son en general espacios de promoción, poco abiertos al debate y a la discusión, habitualmente plegados a la maquinaria mercadotécnica y publicitaria de grandes y pequeños grupos, sin una mirada crítica. Lo habitual es que cuando los medios hablan -hablamos- de libros, se haga desde la opinión del autor. Y aparte de que me aburre, me parece una traición al progreso intelectual, cuya principal herramienta es la confrontación de ideas. Solo en los suplementos culturales (otra vez esta palabra asemántica) encontramos críticas centradas en libros concretos, a las que quizá les falta algo más de calle, de coloquialidad, de conexión con el común.

Lo que espero es que nunca se deje de reconocer la grandeza poética, el talento narrativo o la brillantez de una obra porque su autor o autora sea una persona que incumpla las normas de una moral hegemónica concreta

Mi deseo inicial era hacer de El libro del año un espacio en el que se enfrentasen ideas sobre un libro en concreto, posturas críticas a favor y en contra, con desenfado, con claridad pero sin abandonar la profundidad o incluso cierta pedantería, claro que sí. No ha sido posible hacer un programa con diferentes personas y con la frecuencia que a mí me gustaría porque este es un proyecto que no supone ningún ingreso y no es posible embarcar cada quince días a alguien o a alguienes para que se lean un libro, se preparen un discurso en torno a él y me dediquen un rato de su vida a grabarlo, así que me conformo con hacerlo yo solo y de cuando en cuando incorporar voces de personas cercanas, algo que por otra parte suele dar lugar a los mejores programas.

Pues en primer lugar hay toda una labor de estar al tanto de las novedades, empeño que por supuesto es un fracaso, ya que al número semanal de publicaciones hay que sumar que es muy difícil también para mí escapar al canon que nos imponen los grandes grupos y los gabinetes de comunicación. Una vez que decido un libro que quiero leer, me lo leo. Para mí, desde el principio, era obviamente una exigencia, hablar desde el libro que se ha leído. En alguna ocasión he hablado de novedades literarias que están por venir o incluso en mis redes he hecho algún conato de unboxing, pero trato de huir de ello, porque en estos tiempos de necesidad de contenido, de rellenar, de nuevo quienes salen ganando son quienes tienen recursos para anegarnos en publicidad. Me gusta hablar de libros leídos: me ha gustado, no me ha gustado, por qué. A partir de ahí, escribo un guion bastante detallado y lo grabo en casa con los micros y la mesa que yo mismo me compré. Una vez grabado, yo mismo lo edito con un programa de edición gratuito y con una librería musical que pago religiosamente, antes de subirlo a las plataformas digitales.

Pues sí. Alguien me dijo una vez que quizá para escribir había que leer poco. Porque si lees mucha literatura de calidad, podías sentirte incapaz, abrumado. Me parece una hipótesis sugerente por paradójica, aunque como persona que escribe prefiero deprimirme de cuando en cuando sabiendo que nunca llegaré a las mejores obras que leo que conformarme con una escritura ignorante de sus precedentes. Es verdad que no suelo aplicar los hallazgos que pueda encontrar en un análisis crítico a mi propia escritura, quizá porque me falta oficio o talleres literarios. Pero sí, el análisis literario te ayuda a escribir mejor, a ser más exigente con tu propia obra y, quizá lo más interesante, a aceptar las críticas ajenas.

Buf, no tengo ni idea, la verdad. Pero no te voy a dejar sin respuesta, así que voy a hacer un poco de análisis de baratillo. Si nos referimos a la literatura con aspiraciones artísticas, quizá por característico respecto a otras épocas, parece claro que la narrativa construida en torno a lo autobiográfico es un elemento muy propio de nuestro tiempo. El Nobel a Ernaux parece consagrar esta línea. Una de las razones de esto quizá sea el hecho de que cada vez haya más voces literarias que hablen desde el espectro femenino de la realidad y que, por cultura, por biología o por fijación del mercado, estas voces vengan muchas veces asociadas al yo, a la interioridad, a lo doméstico. O tal vez es al revés, que el clima autoficcional impulse la publicación de más voces femeninas. Como digo, cuñadismo crítico. Otra razón podría ser la precarización del oficio literario, que haría mucho más rentable escribir sobre la vida de uno que ponerse a construir personajes y universos documentados histórica y emocionalmente.

Es inevitable unirlas, quizá por eso a la gente le encante escuchar entrevistas de sus autores favoritos, conocer sus biografías o que les firmen los libros, como si fuera tocar la orla del manto de su mesías. Lo que espero es que nunca se deje de reconocer la grandeza poética, el talento narrativo o la brillantez de una obra porque su autor o autora sea una persona que incumpla las normas de una moral hegemónica concreta, ni aunque sea la mía. Creo que hay miradas narrativas que me parecen repugnantes, que me desagradan. Y que conocer la mirada sobre el mundo de quien firma un libro puede ayudarte a descubrirla en este. Pero si Radko Mladic hubiera escrito Memorias de Adriano no dejaría de parecerme uno de mis libros favoritos.

Por supuesto que hay autocensura, pero es que la autocensura ha habido siempre. No sé si mucha, poca o mediopensionista. No tengo el conocimiento suficiente sobre el tema para decir con criterio si ahora hay más o menos que antes. Pero sospecho que no. Parece que porque antes hubiese censura política, administrativa, no existía la autocensura. Tal vez ahora la autocensura nos escandaliza más porque vivimos con mayor libertad social y política que hace cincuenta años. Pero siempre habrá una moral hegemónica tanto a nivel macro como micro que hará su presión para censurar y empujar a la autocensura. Tal vez la concentración de poder -sea político, empresarial, mediático, digital…- es el verdadero problema, ya que favorece una mayor autocensura y sobre todo, más uniforme. No lo sé, la verdad. Eso sí, mucha de la gente que se queja de autocensura lo dice en sus espacios de difusión masiva, en sus colaboraciones televisivas bien pagadas, en el seno de su facción, cuya pertenencia le reporta su sueldo y su prestigio. En cualquier caso, la autocensura más grave en las personas que hacen literatura actualmente no me parece tanto la ideológica, como la propiamente artística, la falta de valentía para afrontar empresas literarias ambiciosas, aherrojadas por la prosa de taller literario, obsesionadas por contentar al mercado, rapiñando las becas que permitan vivir de ello… Me he puesto apocalíptico de repente. Será el perezreverte que todos llevamos dentro.

Muchas cosas y en cada caso puede ser diferente. Sigo descubriendo nuevos elementos con nuevas lecturas. Además, depende del momento vital en el que uno aborde esa lectura. Pero voy a intentar autoanalizarme mientras hablo y proponerte elementos comunes a novelas que me han gustado mucho. Me gustan las novelas que desarrollan con cierta profundidad universos y personajes, por eso me gustan las novelas largas si prometen ser buenas. Me gustan las novelas con capacidad de evocación, que sean capaz de recrear, de hacer vívidos lugares, emociones o ideas con maestría. Me gustan las novelas que me ayudan a entender momentos históricos o lugares, porque qué es la literatura de ficción si no el intento de dar un sentido narrativo y argumental al azar que es el mundo. Me gusta la buena construcción de personajes, me gusta mucho eso, las relaciones complejas y verosímiles entre ellos especialmente cuando alumbran mi propia complejidad. Me gustan las novelas con ideas agudas, incisivas, pero desplegadas con suficiente sutileza. Me gustan las arquitecturas narrativas arriesgadas que me funcionan. Me gusta también la poesía y la musicalidad, aunque a veces eso es más difícil captarlo de verdad cuando hablamos de literatura traducida. Sé que es un tópico para definir los gustos, pero es verdad que soy muy ecléctico en ese sentido, hay muchos elementos que me pueden atrapar de una novela, pero eso sí, uno solo de esos elementos nunca hará que una novela me encante, tienen que darse varios a la vez y engranarse lo mejor posible. Ah, y últimamente el humor en buenas obras literarias, que es muy complicado, también me está atrapando, algo curioso porque soy en general proclive a la intensidad y lo dramático, a cierta grandilocuencia.

De los que no me gusten. Aunque a veces, por honestidad intelectual —bueno, y por alguna fobia—, considero que hay que hablar de ellos, sobre todo si están en algún canon concreto, ya sea clásico o contemporáneo. Y la verdad es que me apasiona el debate en ese sentido. Por otro lado, no te engaño, tengo una veta un tanto fanatiquilla por carácter y formación y sacarla a pasear de cuando en cuando es liberador, jaja.

Gracias por la recomendación. Pues es una evolución extraña. No creo que sea coherente ni constante ni en una dirección concreta. Imposible de resumir porque también está influida por la propia evolución personal, que en mi caso ha sido bastante significativa. Pero sí, estoy de acuerdo en que quien tenga inquietudes intelectuales y artísticas, y humanas en general, debe aspirar a ciertas metas que le supongan esfuerzo. O, como poco, conocer voces y miradas que de primeras le den pereza.

En un primer nivel, muy superficial, fue esa conjunción de poeta y soldado, el cliché que hemos mamado en los textos escolares, que sumado a los amores imposibles, me parecía que daba para un peliculón. Eso fue hace casi veinticinco años. Luego fui profundizando en el personaje y yo mismo fui evolucionando y descubrí que su vida estaba llena de aspectos muy atractivos. Por supuesto, está su lado poético, su indiscutible importancia en la historia de la poesía española, su sensibilidad, su talento para la música, que permite muchas reflexiones sobre el arte, sobre la belleza que hay en el mundo.

Y luego están los elementos más personales. Era el segundón de una familia bien situada, lo cual le pudo obligar a tomar decisiones desagradables en su vida sobre cuestiones fundamentales, como no casarse con la madre de su hijo y hacerlo con una mujer de la que no estaba enamorado. Como tener que dedicarse a medrar en la corte para ganar su sueldo, lamiendo algún culo que otro y tragando sapos. Ese carácter de segundón es también muy interesante al contraponerlo con su hermano mayor, el heredero, que fue uno de los principales líderes de la revuelta de las Comunidades, que debía de tener una personalidad más carismática que la de Garcilaso, que según alguna hipótesis se acabaría casando con el amor platónico del poeta. Esa relación entre hermanos me parecía fascinante y me fue conquistando cada vez más, sobre todo porque acabé engarzándola con España misma, o con Castilla, como metáfora de la lucha en nuestro país entre la voluntad y la sensibilidad. Mi tesis es que España es un país de la voluntad, del porcojones. Del honor (algo que ahora curiosamente se repite tanto en redes sociales por parte de ciertos sectores que me atrevo a identificar con ese triunfo de la voluntad). Y esa metáfora tenía un sentido especial porque, además, los años en los que tiene lugar la vida de Garcilaso son cruciales para la historia de Europa y de Occidente. Son los años que ven el nacimiento del luteranismo, la conquista de Pizarro y Cortés, la mayor extensión del Imperio Otomano, el saco de Roma, el trabajo intelectual de Erasmo o Luis Vives, el reinado de Carlos V, Enrique VIII, Francisco I y Solimán… Es un caldo de cultivo histórico y literario maravilloso para tratar de hacer lo que te decía antes: construir un sentido narrativo al caos de eso que llamamos Historia y para eso que los noventayochistas llamaron intrahistoria.

Pues estoy moviendo el manuscrito ya terminado y revisado de una novela ambientada en un futuro próximo, una especie de utopía política ambientada en España. Y escribiendo la segunda parte de La edad imperfecta, porque mi proyecto es escribir tres novelas de la vida de Garcilaso, ya que la primera se queda en el momento en que el poeta toledano entra en la madurez, cuando en mi cabeza toma la decisión definitiva de dedicarse a la poesía. Ahora le toca viajar a Italia y quedar definitivamente deslumbrado por el renacimiento.

*Lázaro Santano, lector editorial, psicólogo y psicoterapeuta.