Laury Leite entrevista

Laury Leite: «Me interesa mucho la literatura como forma»

Con El tiempo, el lugar y nosotros (Ediciones Lastarria y De Mora, 2023), el escritor mexicano radicado en Canadá Laury Leite incorpora otra interesante propuesta literaria a su prometedora obra; una historia en la que el azar, el tránsito laberíntico hacia la madurez y la influencia del devenir sociohistórico, se entrelazan y fusionan para contar la historia de dos mellizos separados en la infancia por una catástrofe natural.

Por supuesto que la historia nunca camina en línea recta, su movimiento no obedece a ninguna lógica. Tenía razón. La historia no se mueve ni en retrocesos ni en avances. Sus movimientos son contorsiones sin sentido, acrobacias sobre una cuerda floja que ya ha resistido bastante y que cualquier día terminará por romperse. 

(Fragmento del libro)

Muchísimas gracias por tus generosas palabras. Siempre leo tres libros al mismo tiempo: una novela, un libro de ensayos y un tercer libro que pueden ser diarios, poesía o cuentos. Mi sueño era escribir un libro que correspondiera a mi forma de leer, que se moviera libremente entre varios géneros, pero sin perder la coherencia. Si lo pienso, casi todos los libros que de verdad me gustan siguen este método. El hombre sin atributos de Musil, La muerte de mi hermano Abel de von Rezzori, Verde agua de Marisa Madieri, las novelas de Sebald o, por citar uno más reciente, Física de la tristeza de Gospodínov son libros esponja que absorben distintos géneros para abordar la complejidad de existir. En el epígrafe de su libro, Gospodínov dice que no hay raza aria en la novela y creo que tiene razón. La novela es la forma cosmopolita por antonomasia. Aun así, surge el problema de cómo ordenar el material de modo orgánico, hacer que el libro no parezca demasiado amorfo o resulte un conjunto un poco desmembrado. En mi caso la solución radicó en el ritmo del lenguaje, en construir bien las voces narrativas. A partir de ahí, me sentí más seguro en el proceso de la escritura y me permití, en muchos casos, dejarme guiar por la intuición. Lo más importante era trabajar la forma en que la mirada se transforma en lenguaje.

Si tuviera que quedarme con dos libros que para mí representan la literatura que me interesa serían En busca del tiempo perdido de Proust y El hombre sin atributos de Musil

Creo que existe una simbiosis entre los lugares y nuestro estado mental. Es decir, nosotros construimos un lugar al darle significado a un espacio determinado, pero luego ese lugar también termina por construirnos a nosotros y darle forma a nuestro paisaje interior. Hace muchos años que vivo en Toronto, un gran centro financiero, y he podido percibir cómo la lógica banquera moldea a las personas, en su modo de relacionarse, en su modo de ser, en sus aspiraciones vitales. De modo que sí, creo que los lugares nos habitan tanto como nosotros los habitamos. Pero también es cierto que las ciudades se han vuelto cada vez más uniformes y podemos vivir una vida similar en París o Tokio. Supongo que las diferencias entre el campo y cualquier ciudad son mucho mayores que las diferencias entre dos ciudades de continentes distintos. Y luego está ese tercer espacio que es el internet, que en cierto modo funciona como un hilo que une todos los lugares imaginables. Puedes estar donde quieras y dentro de la nube arrastras tu vida pasada, tu trabajo, tus conexiones, tus periódicos en el idioma que sea. Me da la impresión de que hemos pasado a una fase en la que la nube es el verdadero espacio que habitamos y las ciudades se empiezan a transformar en una especie de telón de fondo o de centros de ocio para los trabajadores digitales. He de admitir que es un modelo que no me gusta para nada, pero lo cierto es que quizá sean los espacios que visitamos en internet los que más cambian nuestra psicología en el siglo XXI.

Lo difícil con el azar es el problema de la verosimilitud. Muchas cosas que nos suceden por azar parecen completamente descabelladas, pero son ciertas. Hay un libro muy interesante, El principio de la improbabilidad, de un estadístico británico en el que argumenta que, desde un punto de vista estadístico, las coincidencias y los azares no son tan raros como podrían parecer a simple vista y expone el caso de un tipo al que le golpeó un rayo en múltiples ocasiones, en países distintos, y cuando murió, su lápida también fue golpeada por un rayo. ¿Cómo escribes eso sin que inmediatamente alguien alce la mano para decirte que no es verosímil? Y en cambio lo es. Es increíble el tema del azar y hasta cierto punto es lógico que le he otorguemos el papel de destino a los acontecimientos extraños que nos suceden porque carecen de lógica. Pero yo no creo en el destino, creo en el poder de las personas para inventarle sentidos a las cosas. Incluso el destino se podría ver como la invención de un sentido a un evento que nos acontece. En cierto modo, los seres humanos somos inventores de sentido.

Sí, sin duda. Desde un principio me propuse explorar tres dimensiones en la novela: El tiempo (la historia colectiva), el lugar (la arquitectura de las ciudades que los personajes habitan) y nosotros (la esfera individual). El tiempo no solo es un personaje más de la novela, sino que en muchos casos el más importante. Sobre todo por su fuerza destructiva y regeneradora, por la capacidad de ir moviendo los hilos de los personajes y los hilos de la sociedad.

Es curioso porque el primer título de la novela era “El tiempo, el lugar y yo”, y luego se lo cambié a “El tiempo, el lugar y nosotros”. Me di cuenta de que el nosotros era lo más importante. No el individuo, sino la colectividad. En la novela, claro, el nosotros se refiere a los mellizos que se reencuentran tras muchos años de separación, pero a medida que iba avanzando en el libro, me quedó claro que el «nosotros» abarcaba toda la colectividad, a todo el que se pudiera ver reflejado en la historia. Me gusta más pensar en términos de nosotros, de la comunidad, del tejido humano que se va formando en nuestras interacciones. El nosotros como un organismo vivo y en perpetuo movimiento.

Siempre es complicado hablar de influencias porque en cierto modo parece que te estás intentando insertar en determinada tradición y quién sabe si la gente te lee desde ahí. A muchas de esas figuras las elegí no han porque hayan tenido una gran influencia en mí, sino en el desarrollo cultural de los personajes. Me serví de ellas para crear un retrato de una persona que es distinta de mí. Pero sí pienso que todo lo que leemos, vemos, conversamos, termina por influir en la escritura. Si tuviera que quedarme con dos libros que para mí representan la literatura que me interesa serían En busca del tiempo perdido de Proust y El hombre sin atributos de Musil.

Soy un lector omnívoro y estoy muy interesado en toda la literatura, sea contemporánea o no. Ahora estoy leyendo a María Negroni y me está gustando bastante. Eduardo Halfon también me interesa mucho. Sergio Chejfec también, pero lamentablemente falleció hace un tiempo. En otros idiomas, Antonio Moresco, Olga Tocarczuk, Mircea Cărtărescu o Gospodínov son autores que suelo seguir. Últimamente me han hablado muy bien de Miquel de Palol. Nada más pueda, le hincaré el diente. Suelo leer todo lo que me recomiendan amigos y libreros que saben más o menos el tipo de libros que me gustan. Pero siempre leo de todo, mientras sea literatura de verdad, así que me suelo topar con sorpresas gratas. Me interesa mucho la literatura como forma. Por eso siempre estoy a la caza de libros nuevos. Leer es uno de los grandes placeres de la vida.

Buena pregunta. No lo sé, queda por verse. Creo que la escritura, al menos en mi caso, necesita cierta estabilidad para producirse. Pero luego ves a gente como Dostoyevski, que escribieron obras maestras en circunstancias adversas y cambiantes, y mi teoría se desmorona. El problema es que la escritura de una novela dura en el tiempo, es un proceso mucho más largo que con otros géneros, de modo que tanto cambio puede hacerte perder el interés en el material, sobre todo en los libros que examinan el curso de la historia. Si haces un trabajo menos basado en la sociedad, más íntimo, quizá sea distinto. Aunque si nos detenemos a pensarlo, siempre que hay una fractura social la literatura resplandece. Los cambios incesantes detienen el curso de la historia y nos obligan a repensarla. Esto, como sociedad, puede ser provechoso.

No ha cambiado mucho. Normalmente, paso mucho tiempo pensando en la novela, tomando un montón de apuntes y cuando me siento listo empiezo a ensayar las voces hasta dar con el tono que necesito. A partir de ahí viene un proceso mucho más disciplinado en el que me despierto temprano todos los días y escribo al menos un par de horas, muchas veces más tiempo, dependiendo de mis otras obligaciones. Así hasta tener el primer borrador y luego ya las correcciones las hago sin tanto orden. Pero soy bastante disciplinado en general y disfruto mucho escribiendo.

Ahora estoy trabajando en una novela sobre un edificio en la periferia de una gran ciudad. Los habitantes son solo madres solteras y sus hijos y el libro trata más o menos de la formación de ese grupo de niños, del arco que los lleva de la infancia a la adolescencia. Es un buen desafío porque nunca había escrito sobre la infancia.

*Lázaro Santano, lector editorial, psicólogo y psicoterapeuta.