Eduardo Laporte. Fotografía de Berta Delgado.

Eduardo Laporte: «La literatura que me gusta tiene que estar atravesada de vida»

Eduardo Laporte (Pamplona, 1979), escritor, director de la plataforma editorial Coverture, coordinador de la República de las Letras (revista de la Asociación Colegial de Escritores), colaborador habitual en medios culturales como Cuadernos Hispanoamericanos, y, por supuesto, un fiero perseguidor de erratas; afincado en Madrid desde 2005, es autor de una interesante y heterogénea obra literaria: Luz de noviembre, por la tarde (Demipage, 2011), Tiempo ordinario (Papeles mínimos, 2021), Navarra-Madrid (Sílex, 2024) o la singularísima En presencia de Battiato (Sílex, 2021).

Con La vida suspendida (Sr. Scott, 2025), su último libro, apunta a lo esencial con prosa diáfana y lírica, y en mi opinión, consigue esa difícil ambición narrativa que tenía Kundera de unir la más rotunda seriedad del asunto con la más extrema ligereza de la forma.


¿Por qué escribo esto? Quizá para volver a aquellos días raros y para dejar constancia de un asombro: el de lo real.

Fragmento de La vida suspendida

No estoy de acuerdo pero me gusta. Me alivia pensar que no aportamos mucho al tratar de responder sobre estos proyectos nuestros. De hecho, pensé que sería buena idea no hacer nada de promoción de este libro. Como un experimento, pero también como una nueva actitud: la promoción acaba generando casi más trabajo que el libro y, cuando hablamos de escritores menores, por no decir minúsculos e insignificantes como yo, es una promoción que apenas resulta un gritito en medio de un concierto atronador. La no-promoción seguramente acarrearía un mismo grado de indiferencia, pero al menos a uno le quedaría el pundonor, incluso un aura de escritor a contracorriente.

La literatura que me gusta tiene que estar atravesada de vida, como la vida tiene que estar atravesada de literatura

Los temas más intimistas pareciera que no han sido tanto del interés del escritor-hombre, aunque aquí puedo poner cientos de ejemplos para contradecirme. Hay escritores-hombre que abordan cuestiones como el duelo, en cualquier de sus estadios, pero quizá el tema del aborto no se ha tocado tanto por no invadir ciertas competencias, digamos, de las mujeres. En mi caso, habrá quien piense que he caído en cierto intrusismo temático, pero nada más lejos de la realidad. Hablando del aborto, sufrido en carnes por una mujer (mi pareja), pero también en alma por la mía (y de mi propia pareja), creo que empatizo con una cuestión vivida, por desgracia, demasiado en soledad y reivindico también mi vela en este entierro. Una vela legítima, pues esa orfandad futura que es un aborto voluntario afecta a ambos miembros de una pareja.

Hay algo valiente en mostrar nuestros lados ridículos en nuestros escritos

Al escribir sobre un duelo (pequeñito, pero duelo fin y al cabo, duelo de futuro y no tanto de pasado) que afectaba a las dos personas que tomamos la decisión, me propuse hablar solo de mis sentimientos pero sin excluir por ello a María, como llamo a mi pareja en el libro. Es un proceso de dos, pero tampoco quería implicarla demasiado a ella, ni caer en esa voz doble, como esas parejas cursis que hablan siempre en primera persona del plural. Ella respetó desde el primer momento que yo contara mi propio relato del asunto, mi modo particular de vivir el hecho. Por otro lado, está el asunto el personaje al que llamo Petrus, inspirado en un amigo real. La oposición que mostró al respecto me dolió y afectó, y me generaba un dilema moral el modo en cómo podía integrar todo eso en el relato. Al final, creé un personaje que se distancia de él, cobrando una vida autónoma, literaria, ficcional, aunque de fondo quede ese conflicto que se generó entre ambos. Y que, afortunadamente, se solucionó. Además, le informé del proyecto y él me dio el visto bueno. Como digo en el libro, todo aquel rechazó que mostró fue en buena medida el motor que dio alas al libro, en cuanto que antagonista necesario para avanzar la trama, el conflicto moral, y me ayudó a replantearme cosas que quizá, sin su concurso, no habría hecho, así que le estoy agradecido.

Sí y no. Los grafómanos (no sé si llamarme aún escritor) lo que queremos es, ante todo, escribir. Y tener un tema potente, que nos excede, un acontecimiento, que diría el filósofo Zizek, nos permite abrazar esa tabla de náufrago que es la literatura. Escribir da sentido a los días, a la existencia, te enmarca en un proyecto a largo plazo que amplía tus expectativas, tu mirada… Por otro lado, escribir sobre una experiencia personal, sublimarla, hace también que cobre sentido. Que se ordenen las piezas de ese puzle caótico y uno logre convertir aquel magma de entropía en algo armónico, con sentido. E, incluso, transformar una experiencia áspera, incómoda, desagradable, fea, como la que cuento, en algo bello. En ese sentido, la herida inicial, en efecto, se convierte en otra cosa.

Decía el escritor Andrés Ibáñez que «el modelo ilustrado es incompleto». No quiere decir esto que haya berrear ahora lo de «Muera la inteligencia» o barbaridades de ese jaez, sino asumir, con humildad, que el método empírico, positivista, materialista, como le quieras llamar, tiene sus limitaciones. Nos da certezas, pero a un ritmo lento. La intuición, esa gran herramienta de sabiduría que defendía Nietzsche, va mucho más rápido y nos permite movernos en la vida con más éxito. ¿Te imaginas hacer un análisis DAFO para cada decisión a la que te enfrentas en la vida cotidiana? Ojo, hay gente que actúa así. Y que lee incluso libros de autoayuda al respecto. Si compras un libro titulado, por ejemplo, Cómo fiarte de tu intuición, de unas quinientas páginas, preocúpate… Dicho esto, literatura y vida son para mí como café y leche en un café con leche. El azúcar serían otros elementos de la ecuación, como el misterio, cada vez más presente en mis obras. No nos quitemos el azúcar.

Caramba, me alegra encontrar con una pregunta-halago, sobre todo por inesperada. Y porque ese no-postureo yo diría que no es impostado, valga la paradoja. Claro que uno siempre trata de ponerse guapo en los libros, como diría Iñaki Uriarte, incluso cuando se pone feo. Hay algo valiente en mostrar nuestros lados ridículos en nuestros escritos. Esto lo defendía mucho Cioran y a mí me gusta la idea, también porque Cioran, que también tenía su dosis de pose (es imposible no tenerla), no deja de ser un referente, con ese abrazo tan radical y auténtico a la libertad y ese exposición de sus lados más frágiles y vulnerables.

Leer un libro de aliento autobiográfico en términos de qué es verdad o qué es mentira tiene bastante de paletismo ilustrado, aunque todos podemos pecar de ello. Sobre todo si se nos vende un pacto literario X y luego resulta que es más bien Y. Por eso dediqué unas palabras en el prólogo a decir que las cosas fueron así pero yo las cuento asá. Es más, no existe ningún así; todo relato de un hecho implica una selección, por lo tanto siempre hay manipulación (en un sentido aséptico del término). Y, sí, hay una cierta polarización y hooliganismo con los géneros: un rechazo algo reduccionista a todo lo que huela a autoficción, por ejemplo. Si bien es cierto que hay una cierta autoficción vaga, holgazana, también hay narrativas más clásicas que resultan insípidas, de tanto trabajo de pizarra que ha hecho su autor. La literatura que me gusta tiene que estar atravesada de vida, como la vida tiene que estar atravesada de literatura, es decir, de conflictos (que se resuelven) y de belleza (que se aprehende).

Interesante. De hecho, estoy bosquejando una novela en la que un personaje defiende cosas muy poco defendibles (siempre que uno quiera conservar su círculo de amistades y mantener su trabajo). Porque en esas posiciones tan alejadas también estamos nosotros, como Carrère estaba en El adversario y Dostoievski en el Raskolnikov de Crimen y castigo. Ese es el poder de la ficción, en su acepción más clásica, y por eso me interesa cada vez más la ficción, pues la fidelidad al pacto autobiográfico puede terminar cortándote las alas. (Y en ese sentido abrí un poco la mano en La vida suspendida, con esos «injertos de ficción»). Si Flaubert decía «Madame Bovary soy yo», también se podría afirmar que, no sé, todos podríamos ser el carnicero de Milwaukee.

Se complementan pero se agotan la una a la otra. Hay días en que me gustaría trabajar de algo que no tuviera nada que ver con las palabras, no sé, profesor de taichí, pero uno vuelve al teclado, al lenguaje, a esa zona confortable del logos.

Difícil y amplísima pregunta, pero yo diría que goza de una mala salud de hierro. Aunque empieza a pasar lo que en todos los ámbitos: una fragmentación tal de la oferta que se vuelve más complicado el debate, el encuentro, coincidir en lecturas. Aunque las redes sociales y los clubes de lectura hacen por cohesionar esos movimientos centrífugos, la cosa se está yendo un poco de madre. Respecto a la literatura en sí, echo en falta un poco más de riesgo, más escritores y menos redactores y, como apuntabas tú, menos postureo y más autenticidad. Por otra parte, veo que hay dos castas, la de los consagrados, nacidos en los cincuenta y sesenta y bien instalados en la inercia de los privilegios que cosecharon hace unos treinta años, y los demás, que vamos un poco como pollos sin cabeza. Es más, he constatado que esas viejas glorias no solo rara vez se avienen e echar un capote a escritores de generaciones más jóvenes, sino que se molestan, ¡se pican!, cuando alguien de dicha generación no les hace la ola y publica una reseña donde no todo son parabienes. ¡Pero bueno! Si sois los reyes de la baraja, dejad que al menos os pongan algún pero que otro.
Me cansa un poco ese estado de reverencia constante que, por otro lado, tampoco sirve para mucho en este mundo hiperfragmentado. El café Gijón murió, figuradamente, hace mucho. Y quizá mejor así. De lo que he leído este año, me han gustado especialmente dos obras de autores fueran de la casta privilegiada: Mejor que muerto, de Fidel Moreno, y Los retratos desparejados, de Gonzalo Núñez.

He recuperado una novela que dejé a medias y la he vuelto a empezar desde otro ángulo. Una novela de formación de aprendizaje. El otro día leí una cita de Jean-Jacques Rousseau que decía: «La juventud es el tiempo del aprendizaje y la madurez el del poner en práctica ese aprendizaje». Yo diría que también el de compartirlo. Y ya se nos va poniendo cara de maduritos… También ando ilusionado con un proyecto de biografía, o de ensayo biográfico a mi manera, sobre un escritor español.

Porque no lo entiendo. Y quizá nadie lo entienda. Ojo con los escritores alcohólicos, alcoholizados. ¿No será toda su obra fruto de un largo delirium tremens? Pero vamos, el problema lo tendré yo. Ha influido a muchos y muy buenos. Aunque aún recuerdo con horror el día que lo intenté con ¡Absalón, Absalón! Me he hecho mayor para leer textos que no entiendo. Una cosa es el misterio, y otra la opacidad. Pero, insisto, es por mí, William, no por ti.

*Lázaro Santano, lector editorial, psicólogo y psicoterapeuta.