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Pilar Fraile: «El problema somos nosotros, nuestra creciente incapacidad de construcción de lo común»

La escritora y profesora Pilar Fraile (Salamanca, 1975) es doctora en Teoría de la Literatura por la Universidad Complutense de Madrid. Su obra, que incluye, desde poesía a guiones cinematográficos ha sido traducida a varios idiomas. Su libro de relatos Los nuevos pobladores fue elegido en 2014 por El Cultural como uno de los mejores libros del año.

Días de euforia (Alianza Editorial, 2021), su segunda novela —tras Las ventajas de la vida en el campo—, ha sido galardonada con el Premio de la Crítica de Castilla y León —primera mujer en conseguirlo—. En ella explora la infectada moral del capitalismo y su programada alienación tecnológica. Con una narración irónica y nítida retrata las acrobacias vitales de varios personajes secuestrados por la tecnología, el Big Data y las euforias adulteradas. Una fotografía de la sociedad contemporánea ensimismada en un individualismo a tiempo completo en el que nadie escucha a nadie y en la que hasta los espejos han sido trucados.

La trampa disparatada de confiarlo todo al gélido diseño de los algoritmos y a las matemáticas afectivas que anticipan el siniestro total. Días de euforia, puede leerse como un toque de atención que induce a reflexionar sobre hacia dónde estamos yendo o a qué lugar hemos llegado ya.

¿Cómo ha sido el proceso de escritura de la novela?

Caótico a ratos, trepidante por momentos, divertidísimo casi siempre.

¿Qué leías mientras la escribías?

Me resulta difícil recordar porque hace un tiempo ya… pero creo que algo de Saunders, algunas novelas corales, recuerdo, por ejemplo, Nunca pasa nada de José Ovejero, y seguro estuve leyendo El tiempo es un canalla de Jennifer Egan que inspiró en parte la estructura de la novela.

¿Hay en Días de euforia más de futuro distópico o de presente?

Creo que la novela se construye en la tensión entre ambas. Esto provoca extrañeza en el lector y ese era uno de los objetivos principales del texto, que cuando la leyeses te preguntases: ¿pero esto está sucediendo? ¿nuestro presente o futuro cercano son así?

Yo no creo que exista algo así como la “esencia” del ser humano, somos asombrosamente plásticos.

¿Crees que los algoritmos pueden estar vulnerando las relaciones interpersonales significativas?

Sin duda. Somos sometidos a programas continuos de modificación de conducta, este es uno de los últimos, más afinado y más sutil. Pero no nos engañemos, las relaciones humanas están continuamente modificándose y dependen del contexto histórico, económico, etc., aunque no seamos muy conscientes del asunto. Yo no creo que exista algo así como la “esencia” del ser humano, somos asombrosamente plásticos.

Algo que atraviesa buena parte del libro es la sensación de inseguridad cuando el ‘guión’ salta por los aires. En un momento de la novela «A partir de ese momento las cosas se volvieron incontrolables». ¿Estamos perdiendo el control sobre nuestra vidas? ¿En qué lugar queda la noción de libre albedrío —si es que existe— bajo el asedio del capitalismo de plataformas y la toma de decisiones basadas en datos?

Bueno, la noción de “libre albedrío” es en sí misma un “invento”, que resultó muy útil para controlar a la población en la era cristiana y que luego fue muy inteligentemente aprovechado por la corriente del liberarismo y estrechamente vinculado con la noción de sujeto moderno. En los últimos tiempos hemos llegado al paroxismo de esta noción, el último capitalismo se empeña en hacer creer a los individuos que su vida entera depende de su voluntad cuando, en realidad, los que pueden decidir algo son cuatro y no siempre.
Lo divertido y paradójico del asunto es que nuestra era nos define por nuestra teóricamente ilimitada capacidad de elegir: “Si lo quieres lo puedas lograr” y todos esos lemas a los que continuamente se nos somete, y, por otro lado, nos enfrentamos a unas tecnologías y herramientas de control del comportamiento de una efectividad nunca vista. Normal que no andemos muy equilibrados.

El último capitalismo se empeña en hacer creer a los individuos que su vida entera depende de su voluntad cuando, en realidad, los que pueden decidir algo son cuatro y no siempre

Menciona Shoshana Zuboff en La era del capitalismo de la vigilancia que «El capitalismo de la vigilancia actúa por medio de unas asimetrías de conocimiento sin precedentes, y del poder que se acumula con ese conocimiento. Los capitalistas de la vigilancia lo saben todo sobre nosotros, pero sus actividades están diseñadas como lo están para que no puedan ser conocidas por nosotros. Acumulan montañas ingentes de nuevos conocimientos extraídos de nosotros, pero no para nosotros». ¿Es realmente posible permanecer ajenos a las nuevas plataformas?

Últimamente tenemos noticias de grupos de gente o sujetos individuales que deciden “desconectarse”. Creo que este fenómeno va a ir al alza, lo que no veo muy posible es que se convierta el algo masivo porque la mayoría de la gente necesita de las redes en la vida diaria y últimamente en el trabajo también. Veremos.

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Uno de los personajes comenta que «Ya nadie dice crisis, ¿te das cuenta? A pesar de que todos los indicadores económicos apuntan hacia ella, dura ya tanto tiempo que la palabra ha perdido su efecto». El psicólogo Edgar Cabanas y la socióloga Eva Illouz mencionaban en Happycracia como «La industria de la felicidad no solo perturba y confunde nuestra capacidad para conocer las condiciones que moldean nuestra existencia; también anula y deslegitima esa capacidad, la vuelve irrelevante». ¿De qué manera están los personajes de la novela imbuidos de los efectos distractores que durante décadas han ido depositando negocios como el del pensamiento positivo, el coaching o el desarrollo personal?

Los personajes de la novela son víctimas propiciatorias de esa nueva ingeniería de las emociones que señalas. Lo paradójico y terrible del asunto es que no tienen que acudir a ninguna terapia ni sesión de coach, aunque algunos sí lo hagan, para caer bajo el influjo de ese diseño de su sentimentalidad, porque es omnipresente, se ha naturalizado, se ha convertido en moral. Supongo que os suena.

Los confinamientos duros y las restricciones obviamente han acrecentado el deseo de huida. El problema, bajo mi punto de vista, es que esta solución, como todas las que se plantean en el capitalismo avanzado, no es una solución real sino otra alternativa de consumo.

En La nueva edad oscura: la tecnología y el fin del futuro James Bridle propone una alfabetización tecnológica «Es habitual que tengamos dificultades para imaginar y describir el alcance y la escala de las nuevas tecnologías, esto es, que nos cueste incluso pensar sobre ellas. Lo que se necesita no es tecnología nueva, sino nuevas metáforas: un metalenguaje para describir el mundo que los sistemas complejos han forjado». ¿Puede la ficción ayudar a forjar ese metalenguaje para comprender mejor el funcionamiento de las nuevas tecnologías?

Ojalá, claro. Como escritora de ficciones ese es mi objetivo fundamental, dotarnos de símbolos nuevos que puedan usarse como instrumentos para comprender y modificar nuestro presente. Si lo logro, pues ¡imagínate!

En tu anterior novela Las ventajas de la vida en el campo, una pareja joven decide irse a vivir fuera de la ciudad para tener una vida más relajada (aunque luego comprueban que no será del todo así). ¿Crees que lo vivido durante la pandemia reactivará ese estilo de vida?

Es posible, de hecho parece una tendencia, al menos entre ciertas clases sociales, abandonar las grandes urbes y establecerse en entornos rurales. Los confinamientos duros y las restricciones obviamente han acrecentado el deseo de huida. El problema, bajo mi punto de vista, es que esta solución, como todas las que se plantean en el capitalismo avanzado, no es una solución real sino otra alternativa de consumo.

Que no te gusta la vida en la ciudad porque es estresante, alienante, lo que sea, no te preocupes, tenemos la alternativa, si te lo puedes permitir porque eres rico o porque teletrabajas, vete a vivir al campo y compras desde allí, que ya lo tenemos todo organizado. En ese sentido la pareja de Las ventajas de la vida en el campo era paradigmática, se habían creído todo el “paquete de la vida rural”, y cuando se mudan se topan con algo que no son capaces de ver: el problema no es la ciudad, el problema son ellos mismos. El problema somos nosotros, nuestra creciente incapacidad de construcción de lo común.