Jose Valenzuela: «Es la historia de una persona incapaz de conectar en un mundo hiperconectado»

Jose Valenzuela es ingeniero, doctor en humanidades, colaborador de medios culturales como Jot Down y escritor; es autor de ensayos como Todos nacemos locos (Editorial UOC, 2018) y Hacia tierras lejanas (Ediciones Complutense, 2019), y guionista del cómic Locura. Un elogio de la diferencia (Norma Editorial, 2023).

Una (Mutatis Mutandis, 2025) es su primera novela, especulativa, multiforme, atrevida y repleta de acertados recursos narrativos, y un reto —bienvenido— estimulante para lectores exigentes.

He nacido para evitar el conflicto en un mundo donde todo es conflicto. Lo que pasa es que estoy estropeada. No sirvo para nada. No sirvo ni para ser yo.

*Extracto de la novela.

Empiezo por tu segunda pregunta, que la primera me intimida demasiado para arrancar. Mi idea con Una, una vez la estructura de la novela estuvo definida y era consciente de los distintos juegos narrativos que tenía intención de introducir, era que pudiera ser leída y disfrutada tanto por mis colegas académicos (críticos, teóricos literarios, doctores en literatura, ponle un Vicente Luis Mora) como por mi familia y mis amigos del barrio, que disfrutan más de una historia bien contada pero no tanto de la narrativa experimental. Me negaba a que el resultado final fuera un artefacto inaccesible para el lector más ocasional, por lo que le di una especial importancia a la propia trama de la protagonista en, digamos, su realidad. Quería emocionar tanto desde el lado estético (una emoción más fría, intelectual, de puro juego) como el narrativo (que empatizaran con sus personajes, que se pusieran en su lugar, que conectaran, a fin de cuentas).

Ahora bien, ese resultado se me hace tremendamente complicado de definir. Hace nada, hablaba con Javier Calvo y me retaba a que resumiera Una en una sinopsis breve. Se me hace muy difícil condensar todo lo que he pretendido escribir en pocas líneas, lo que no sé si es un pequeño fracaso. Tal vez diría que es la historia de una persona incapaz de conectar en un mundo hiperconectado. Siempre digo que es ciencia ficción, pero con la misma dosis que, por ejemplo, Eternal Sunshine of the Spotless Mind. Sí, la cosa nace de un aparatito futurista, pero en un futuro tan cercano que bien podría ser pasado mañana.

Quería emocionar tanto desde el lado estético (una emoción más fría, intelectual, de puro juego) como el narrativo

Te agradezco mucho tan amables palabras. Sin tener muy claro eso de extraordinariamente bien escrito, te diré que sí, han sido un buen puñado de reescrituras. Empecé por la historia base, la de Una y su trabajo como cuerpo de alquiler, pero a la mitad de lo que tenía planteado frené en seco porque no me convencía. Caía demasiado en estereotipos, o tal vez la atmósfera era demasiado ciberpunk. No tengo nada en contra de ese género, de hecho, me apasiona, pero no quería escribir un relato de ese tipo. Ahí fue cuando exploré más en profundidad la psicología de la protagonista, y con ello, su forma de expresarse (y la mía de narrarlo), hasta dar con esa idea de narrar en esa especie de primera persona invasiva. Vino una reescritura donde empecé a acercarme al tono final, pero seguía demasiado inmerso en una única capa de lectura, la principal. La notaba coja, necesitaba dar más cuerpo a lo artificioso, y fue cuando entré en los recursos del teatro y los diálogos a pies de página. Curiosamente, en la siguiente reescritura me pasé de frenada, y siendo la primera versión que tuvo lectores, todas las personas coincidían en lo mismo: los juegos narrativos se sentían como una interrupción de la historia principal. Eran demasiado. Querían saber más de Una, y les clavaba como ciento y pico páginas de teatrillo. Le di un par de vueltas a esas reflexiones, y me lo acabé cargando: todo el juego metanarrativo, a la mierda. Pensé que, si era Una quien interesaba, sólo podía quedar ella. Pero no era consciente de que la novela volvía a quedar coja porque lo que necesitaba era encontrar un equilibrio entre las partes.

Luego tuvo lugar un suceso muy gracioso. Recordemos que llevo, en la cuenta, cuatro escrituras: en dos me quedé a la mitad, y las siguientes dos ya completas. Esa última versión sin metanarrativa es la que empezó a moverse por editoriales, con negativas de todas ellas hasta que Mutatis Mutandis empieza a leerla. Les gustaba, pero sin más. Curiosamente, ese mismo día, uno de mis primeros lectores en una conversación telefónica me animó a que pensara en qué quería escribir. Que volviera a reflexionar sobre algo tan aparentemente sencillo. Y joder, aquella misma noche me di cuenta de que lo que yo quería era contar esa historia, pero no renegar de los distintos juegos de realidades porque eran lo que, a mi entender, hacían de la obra algo más redondo. Volví a la versión anterior y reescribí sólo el primer capítulo. Se lo envié a mis editores de Mutatis (cuando, recordemos, aún no lo eran) y aquella misma madrugada me escribieron diciendo que por fin habían sido capaces de verme en esas páginas. Recuerdo perfectamente levantarme porque mi hijo pequeño pedía agua y ver el mensaje a las tres y pico de la noche. Les había entusiasmado. Volví a ser honesto conmigo mismo, y eso se notó en mi escritura.

vivimos disociados a niveles muy poco sanos

Creo que no estamos tan lejos de ello. En la novela todo se siente exagerado por el efecto de esa distancia percibida entre nuestro mundo y el universo planteado en la historia, pero si uno se pone el gorro de antropólogo y trata de explorar las redes sociales intentando abstraerse de sus propios sesgos (intentándolo, ya que es obvio que no podemos quitárnoslos de encima), o simplemente echar un vistazo a la gente en el transporte público, o por la calle, verá que vivimos disociados a niveles muy poco sanos. Todo son prisas, miserias y miedo por nuestras circunstancias y por lo que vemos a diario en las noticias, y eso hace que nos encerremos cada vez más. Ante un ambiente cada vez más hostil, la solución de nuestra mente es clara: aislarse.

Por ejemplo, me preocupa mucho (supongo que más desde que soy padre) el hecho de que la gente ya no escucha cuando les hablas, sino que reacciona a lo que tiene preconcebido, lo que espera que vas a decir. Vivimos con un ruido en nuestras cabezas que no nos permite oír ni ver lo que tenemos frente a nuestras narices. No hay comunicación en la llamada era de la comunicación. Cada vez hay menos conexión con los otros. O eso es, al menos, lo que sucede a gran escala. Quiero pensar que, a menor escala, hay personas, grupos, que están reaccionando a ello de la manera en la que pueden.

El concepto de metamodernismo me atrae muchísimo y, sin haberlo hecho de manera deliberada, creo que la novela, afortunadamente, transpira esos intereses

Les echo tanto de menos que estoy pensando en escribir la segunda parte. O bueno, pienso más bien en una segunda parte con personajes que han tenido relaciones tangenciales con Una o el padre de Jana. Es una relación muy interesante la de un autor con sus personajes: nacen de ti, de tu experiencia mezclada con tu imaginación, y crecen en tu interior, como decía Coetzee, siendo tú ese Atlas que sostiene un mundo que simplemente evoluciona. En definitiva, acabas conociéndolos en profundidad conforme crecen en tu mente, pero no dejan de formar parte de ti.

Todo esto que comento es especialmente intenso con Una, desde luego. Narrar en primera persona requiere (o eso creo, si quieres hacerlo bien) ponerte en la piel de ese personaje (ojo con el metaquiebro que acabo de meter aquí para quienes ya hayan leído la novela) y emocionarte con ella y odiar con ella y querer con ella. Había momentos en que el cuerpo me pedía justicia con ella y con todo el sufrimiento y soledad que arrastraba, pero me debía a la coherencia interna del relato. Y, para qué engañarnos, me fascinó imaginar una psique como la de Una, que a simple vista puede sugerir que es una hija de puta en toda regla, pero donde ahí hay ciertos motivos para que lo sea (huyendo, eso sí, de esa moda relativamente reciente de justificar toda maldad en la ficción por un pasado traumático o lo que sea; me gusta que existan historias donde la maldad es maldad porque sí).

A esto se le llaman lanzar a uno a los leones. Tratando de sintetizar mi opinión en línea y media, diría que, en función del grado de experimentación, sigue viva con mejor o menor salud. Está claro que la época de los Benet y Goytisolo y Marsé y Martín-Santos ya pasó, y que experimentar es cada vez más difícil conforme más se ha experimentado, pero creo que sigue habiendo espacios para trabajar en ello. Me explico.

Ya sabemos todos cómo está el mundo de la literatura en la actualidad: cada vez se publica más, pero se lee menos (quiero decir, una obra tiene potencialmente menos lectores ahora que antes porque existe esa mayor dispersión de títulos). Con este panorama, atreverse a publicar novela experimental es casi un suicidio económico, por lo que creo que se está haciendo de dos formas en función del tamaño de la editorial. Ahí tenemos a las medianas, como por ejemplo Anagrama, publicándote un Lectura fácil de Cristina Morales (librazo), a Javier Pérez Andújar y su El año del Búfalo, o desde hace tiempo a Juan Francisco Ferré, del que no creo que haya sido por casualidad que apenas he visto publicidad de su más reciente obra, Todas las hijas de la casa de mi padre. En todos esos casos hablamos de novela experimental, pero con un grado de experimentación muy accesible, en el buen sentido de la palabra. Pasa un poco lo mismo con Vicente Luis Mora, pero en su caso no lo veo tanto en novela experimental como escritor experimental. Ahora te escribe Cúbit, obra de ciencia ficción con una milimetrada fragmentación narrativa que fluye de maravilla con la trama, ahora te casca Circular (luego Circular 22) que no sabes ni cómo definirla pero que te recuerda a esos pintores que querían no copiar la realidad, sino contenerla en sus cuadros, ahora te escribe poesía sobre ciencia en Mecánica. Bendita sea Galaxia Gutenberg (y el resto de sus editoriales) por darle libertad absoluta en todo lo que se le ocurre, porque nosotros nos beneficiamos de ello.

Luego tienes toda esa experimentación que, de alguna manera, ya está asumida en el propio registro lector de quienes han nacido en el siglo XXI: la incorporación de chats, imágenes y demás que, personalmente, dejaría fuera del ámbito porque creo que no traen ninguna innovación y, como digo, puedes encontrar incorporada en cualquier tipo de novela tradicional de hoy en día. Esto creo que poco aporta al ámbito, e incluso desvirtúa al verdadero experimentalismo por simple agrupación.

Y después están los valientes, esos que se mueven entre la edición independiente y el underground y que van a por todas para lanzarnos bombazos intelectuales para quienes disfrutamos de todos estos juegos. Me atrevería a decir que son los herederos naturales de obras como Larva, de Julián Ríos. Lee algo de Francisco Jota-Pérez, por ejemplo, y dime si eres capaz de salir de cualquiera de sus libros sin heridas. Imposible. Y aunque está claro que la edición de una obra de este último grupo no va a llegar a tantos lectores como las otras, pienso que sigue habiendo cierto ecosistema que permite que vayan apareciendo en ediciones más modestas, pero no por ello, menos relevantes.

Me gusta mucho Laura Fernández por su desbordante capacidad inventiva y esa locura que la empuja a escribir ideas que a cualquiera de nosotros nos parecerían completamente pasadas de vueltas. Pero mírala, con universos habitados por limoneros parlanchines, fantasmas, maletas pensantes o lagartos telépatas. Siempre digo que leer a Laura me retrotrae a cuando descubrí el anime y todos aquellos universos tan puros (locos) a nivel imaginativo.

Luego tengo un bueno puñado de autores en los que no me quiero extender tanto pero que igualmente han sido fundamentales en mi educación lectora: Javier Orejudo, Luis Landero, Andrés Ibáñez, Esther García Llovet, Enrique Vila-Matas, Rodrigo Fresán, Juan Francisco Ferré, Beatriz García Guirado, Guillem López, Gustavo Faverón

Al mencionar a Gustavo, me doy cuenta de que no me has pedido autores nacionales, así que viendo que esto ya se descontrola del todo, intentaré darte unos pocos nombres: la mayoría de los posmodernos estadounidenses (con Pynchon a la cabeza), Gospodínov, Cartarescu, William Gibson, Ishiguro, Chimamanda Ngozi Adichie, Yasutaka Tsutsui, Toni Morrison, Zadie Smith, China Miéville, y si no menciono a Charlie Kaufman, exploto.

Coetzee tiene capítulo aparte. Dediqué una tesis doctoral al análisis de su escritura, y la capacidad que ha tenido para escribir obra maestra tras obra maestra tanto en lo que podríamos llamar literatura convencional como jugando con lo experimental es para enmarcar.

Mucho más de lo que puede parecer a simple vista. En esta novela no pretendía (o no sólo) quedarme en contar una historia de ciencia ficción, sino en emplearla como metáfora, en algunos momentos, del proceso de lectura o recepción literaria. Dicho de otra forma: cuando juego con distintos niveles de realidad en el universo de la novela, algunos de ellos pretender ser la analogía del lector, el autor y la obra. Dicho esto, que cada cual explore cuáles creen que son, y qué pretenden significar.

Me preocupaba el hecho de que, siendo ingeniero que trabaja en un laboratorio de neurociencia, me empeñara demasiado en hacer que toda tecnología o propuesta científica fuera plausible desde la perspectiva actual de conocimiento. Algo así como “esto no tendría sentido ni dentro de cien años”. Por suerte, anulé esa parte más racional con reescrituras a mansalva y mucho alcohol. (Es broma, soy abstemio).

Aún así, reconozco que no he sido capaz de escaparme demasiado de nuestra realidad. Mis propuestas científico-técnicas siguen estando bastante arraigadas a una posible consecuencia de lo que tenemos hoy en día, aunque en algunos casos sí que fantasee con posibilidades que se apoyan algo más en la imaginación que en esos pilares de nuestra realidad.

Siento un profundo agradecimiento por la valentía que han tenido al lanzarse a publicar mi obra. Soy (somos) conscientes de lo poco comercial que es la propuesta, no tanto en su historia principal como en esas capas de metaficción que aparecen regularmente a lo largo del texto (y que, a mi entender, son imprescindibles para llegar a un significado completo de la novela). Eso convierte la publicación de un autor novel, ya de por sí, arriesgada, en casi que un salto a ciegas.

Dicho esto, y no por casualidad, las primeras opiniones y reseñas sobre la obra respiran una atmósfera que rodea a la editorial desde sus inicios. El concepto de metamodernismo, que confieso no haber conocido hasta que no me lo descubrieron mis editores (quiero decir, lo intuía, sentía que estaba ahí, pero no era conocedor de que se hubiera establecido y estructurado ese conjunto de ideas alrededor de ese sentimiento y tuviera nombre y apellidos), me atrae muchísimo y, sin haberlo hecho de manera deliberada, creo que la novela, afortunadamente, transpira esos intereses. Así que es muy satisfactorio ver que no es una obra extraña incluso para una editorial extraña, sino que ese extrañamiento va de la mano por las mismas coordenadas culturales y estéticas. Oh, qué pedante me ha quedado esto último.

*Lázaro Santano, lector editorial, psicólogo y psicoterapeuta.