Frank Zappa. Obra lírica completa, de Manuel de la Fuente

Manuel de la Fuente es profesor de Comunicación Audiovisual de la Universidad de Valencia y uno de los mayores expertos en la figura del tótem iconoclasta Frank Zappa (ha escrito varios libros sobre él). Con la recopilación, traducción y edición de Frank Zappa: Obra lírica completa (Libros del Kultrum, 2024) culmina el hito bibliográfico zappiano. Conversamos con él para acercarnos y ahondar en la extraordinaria figura del genio incomprendido de Maryland.

El primer reto consistió en establecer el corpus literario. El cancionero de Frank Zappa permanecía inédito en la bibliografía anglosajona, dado que nunca se habían recopilado íntegramente sus letras, y aunque él mismo dejó transcritas la mayoría, no siempre se ocupó de esta tarea. Se encontraban dispersas en numerosas fuentes con frecuentes variaciones y hubo que realizar una fijación textual según criterios de cohesión y coherencia. El resultado ha sido una propuesta de canon para la obra lírica de Frank Zappa.

Al tratarse de una edición bilingüe, el mismo esmero requería la escritura de las letras en castellano. Tradicionalmente, en los cancioneros de rock anglosajón se ha optado por una traducción literal al creer que la literalidad va relacionada con la fidelidad. Es justo al contrario: una traducción literal palabra a palabra vulnera una correcta comprensión en castellano. Por ejemplo, sería incorrecto traducir el saludo «Good morning» por «Buena mañana» (en lugar de «Buenos días»), o letras como «Rock around the clock» como «Rock alrededor del reloj» (cuando sería más preciso decir «Rock las 24 horas del día»). La traducción es un diálogo, dentro de los límites de pertinencia, entre dos espacios textuales, el de la lengua de origen y la de destino. Esta consideración resulta especialmente oportuna en Zappa, un autor que emplea una amplia variedad de recursos estilísticos, tanto fónicos como morfosintácticos y semánticos, para provocar un efecto de comicidad. De este modo, la traducción había de perseguir en el lector castellano la carcajada que provoca en el receptor anglosajón.

Por último, se trata de una edición crítica, con textos introductorios en cada disco y notas explicativas para aclarar las abundantes referencias culturales de las canciones, tan familiares para el oyente norteamericano como ajenas al español. Estas tres patas del trabajo (el corpus literario, la traducción y la edición crítica) han ido de la mano a lo largo de todo el proceso de escritura con el objetivo de situar la dimensión literaria de Frank Zappa, acercar un obra lírica tan rica y elaborada como sus partituras.

Es uno de los artistas del siglo pasado que mejor explican tanto el momento que le tocó vivir como la estupidez de la condición humana

Empecé a interesarme por la obra de Zappa en mis años de universidad gracias al profesor Jenaro Talens. En una clase de análisis textual, Talens nos mostró algunas de sus canciones como ejemplo de discurso contracultural. Así como la semiótica enseña a detectar las instancias de poder de los actos enunciativos, el caso de Zappa resulta paradigmático a este respecto. Lejos de reproducir la afectación sentimental de la música pop convencional, su música desvela esta máscara y se dedica a expresar sus puntos de vista como contrapeso de los dogmas políticos y mediáticos. Escuchar las canciones de Frank Zappa conlleva cuestionarse, con humor, el artificio, los intereses particulares de todas las noticias que recibimos a diario.

Frank Zappa no era un artista de izquierdas en el sentido europeo. Próximo al liberalismo estadounidense, se definía como «conservador pragmático», opuesto al intervencionismo estatal y defensor del libre mercado e impuestos bajos. Se negó a actuar en conciertos organizados por organizaciones izquierdistas y se convirtió en un icono anticomunista en los países del Este durante el proceso de desmoronamiento de la Unión Soviética. Su crítica se dirigía contra la hipocresía de la clase política, tanto de derechas como de izquierdas, y se erigió en uno de los principales arietes contra los republicanos de Nixon y Reagan, presidentes a los que consideraba responsables del empobrecimiento ético de su país. Defensor de la libertad de expresión, compareció en el Senado en 1985 para criticar el proyecto censor del reaganismo contra los discos de rock por el contenido sexual y violento de las canciones.

La única revolución posible se hallaba, según su opinión, en la mejora del sistema educativo para combatir las políticas del Partido Republicano (y también del Demócrata), encaminadas a eliminar la cultura y disponer así de una ciudadanía adormecida. Es por esto que se posicionó en contra del movimiento hippie de los años sesenta, al opinar que estaba conformado por jóvenes acomodados cuyo único interés radicaba en la diversión efímera y la protesta como mera pose. En definitiva, tan biempensante le parecía la imagen de triunfo social de los yuppies en los ochenta como la de los hippies con sus proclamas de «paz y amor». Por ello, el momento que vivió es más similar al actual de lo que pudiera parecer y las críticas de sus letras identifican muchos problemas que vivimos a diario.

Cubierta

El biógrafo Neil Slaven lo denominó «Don Quijote eléctrico». Zappa entendió al principio de su carrera que, para darse a conocer, tenía que elaborar una imagen que llamase la atención. De ahí su bigote y perilla, así como la exposición de su figura en poses extravagantes. La apuesta por el humor y la expresión de sus opiniones alejadas de la doxa imperante repercutieron además en que, al igual que el hidalgo cervantino, fuera percibido en su momento como un personaje excéntrico a quien difícilmente podía tomarse en serio. No obstante, el tiempo ha cargado de razón sus palabras. En su lecho de muerte, cuando Don Quijote recobra la cordura, quienes le rodean se descubren contagiados de su visión del mundo que tanto habían cuestionado. «Calle, por su vida, vuelva en sí y déjese de cuentos», le dice el bachiller Sansón Carrasco, palabras a las que se suma Sancho Panza: «Mire no sea perezoso, sino levántese de esa cama». Del mismo modo, la excentricidad zappiana se descubre, hoy más que nunca, cargada de una sensatez que contagia a un creciente número de seguidores.

Su huella está presente no sólo en las manifestaciones culturales situadas en los márgenes, sino también en aquellas masivas, como Los Simpson y South Park, que cuestionan la sociedad de su tiempo con el uso de diversos elementos expresivos

La canción «Dancin’ Fool», publicada en el disco de 1979 Sheik Yerbouti, ridiculiza la cultura discotequera de la época, popularizada por Nik Cohn y el film Fiebre del sábado noche. En ella se describe a un personaje que, preocupado por integrarse en los rituales sociales, se lanza a bailar en una discoteca a la manera que contempla en los demás, aunque fracasa por su incapacidad para una mínima coordinación de sus movimientos, y de ahí esa referencia al consecuente desprestigio que padece: lejos de lograr el reconocimiento, sus gestos patosos provocan la burla del resto de asistentes a la discoteca.

La canción está narrada en primera persona, lo que podría llevar a la confusión (en esta y otras canciones como «Bobby Brown») de considerar que Zappa se describe a sí mismo. No obstante, hay que tener en cuenta la diferencia básica entre enunciado y enunciación, y como decía Genette, «pasar del análisis de los enunciados al de las relaciones entre dichos enunciados y su instancia productora». El personaje de la canción no es Frank Zappa, sino una entidad ficcional que sirve al autor para expresar, mediante la parodia, su punto de vista respecto a la disco culture. La confusión radica en que Zappa, para la configuración del personaje, incorpora elementos de su propia biografía (como la ligerísima cojera), si bien la distancia se aclara por otros rasgos que fijan una distancia absoluta (el personaje lleva una cuchara para esnifar cocaína, cuando el músico sentía aversión por todo tipo de drogas).

Frank Zappa aprendió de Bob Dylan que se podía trasladar al rock la subjetividad del blues y, al igual que Dylan, sitúa siempre esta subjetividad en primer término. Eso sí, con la diferencia del humor como mecanismo de distanciamiento. Los recursos humorísticos que emplea son variados y sus letras desvelan una influencia que se nutre de numerosas fuentes, desde el dadaísmo y Jarry hasta sus raíces rabelesianas. En definitiva, Zappa parte de sus vivencias personales para escribir sus textos, pero no tanto para describir su vida como para expresar su posicionamiento ideológico.

En 1988 publicó uno de sus mejores discos, Broadway the Hard Way. Su génesis se halla en una gira de conciertos realizada ese año, el último de Reagan en la Casa Blanca, para fomentar la participación de su público en las elecciones presidenciales. Zappa había asistido horrorizado a un cambio de paradigma en la política de su país: la incorporación de la mentira al debate público. El reaganismo se había ocupado del control mediático para evitar experiencias como la de Richard Nixon, obligado a dimitir en la década anterior por el escándalo Watergate. Así, las canciones de Broadway the Hard Way recogen una serie de temas tan vigentes entonces como ahora: las fake news, la sumisión de los mass media al poder político, la banalización de la televisión o la desconexión de los partidos –conservadores y progresistas– con los problemas de la ciudadanía. Como todo clásico, Zappa realiza un fresco de su país para trazar una reflexión intemporal sobre el poder y la condición humana. Por lo tanto, no es necesario que hagamos un ejercicio de elucubración, ya que ese disco constituye una de las mejores brújulas zappianas para orientarnos en nuestro presente.

La obra de Frank Zappa vincula la música de vanguardia con la contracultura estadounidense del movimiento beat. Toma diversos elementos comunes de ambas, como el cuestionamiento de la cultura hegemónica, la asunción de la experimentación en el proceso creativo y su voluntad de intervención política, y los inserta en la cultura del rock con una perspectiva humorística. La originalidad de su trabajo se aprecia en mayor medida con el paso del tiempo. Su huella está presente no sólo en las manifestaciones culturales situadas en los márgenes, sino también en aquellas masivas, como Los Simpson y South Park, que cuestionan la sociedad de su tiempo con el uso de diversos elementos expresivos. Por eso el interés por su obra crece con el paso de los años, porque es una obra cuyos sentidos se renuevan constantemente.

Sumergirse en la obra de Frank Zappa supone un viaje fascinante por la cultura contemporánea. Su música es un torrente inagotable de ingenio, humor e inteligencia, y expresa una ética, un modo de estar en el mundo. Proporciona placer estético, porque es una música muy divertida, pero también intelectual, ya que su humor permite reflexionar sobre la sociedad en la que vivimos. Quien se aproxime a su obra sin ningún tipo de prejuicio jamás se arrepentirá. Es uno de los artistas del siglo pasado que mejor explican tanto el momento que le tocó vivir como la estupidez de la condición humana, y por ello puede considerarse un clásico incontestable que trasciende los límites del rock.

*Lázaro Santano, lector editorial, psicólogo y psicoterapeuta.