Vacío y plenitud, de François Cheng

Creo en un principio esencial que considero que rige el arte, y es la necesidad de toda
narración por alcanzar lo insólito
, es decir, aquellos rasgos de la realidad que, precisamente por su intrascendencia, son capaces de fijar nuestra mirada en la verdad oculta de las cosas. Un recorrido a medio camino entre la reflexión y la intuición, la noción que poseemos de la consciencia y una dimensión de sí misma infinitamente más extensa. Las expresiones artísticas, bien empleadas, ofrecen esta experiencia al espectador, que tendrá evocaciones universales, según lo que haya querido transmitir el autor y, por supuesto, desvelos subjetivos, adscritos a las vivencias y al modo de ser de quien observa

este libro es como un paseo en el que la noción del tiempo se detiene y aquellas tareas que consideramos importantes en nuestro día a día adquieren el rol insignificante que habitualmente les corresponde


La poesía y la pintura son manifestaciones narrativas que mantienen una intensa
interlocución
, de nuevo, si son acompañadas con sagacidad. En oriente eran muy conscientes de la importancia de ambas disciplinas. También del rol que la sensibilidad innata del ser humano posee para una correcta evolución de la sociedad, en tanto a que esta progrese hacia el bien. Los géneros del haiku y del ukiyo-e persiguen alcanzar la esencia escondida del cosmos a través de la contemplación limpia (efímera, más bien). «Yo vi la luna:/ahora, con mi sombra,/regreso a casa», aparece escrito en un grabado asociado al poeta japonés Ihara Saikaku, del siglo XVII.


Dirigiendo la atención al continente, en China, desde antiguo, las artes pictóricas han
gozado junto con la poesía del más elevado respeto social. Durante siglos, la China imperial, con sus altibajos civilizatorios en forma de invasiones, rebeliones y disputas dinásticas fue el espejo en el que los japoneses se reflejaron. De la misma manera, la llegada de la Compañía de Jesús a la región, junto con el establecimiento de los españoles en el archipiélago filipino, condujeron a un tanteo de fuerzas entre oceánicos, chinos, japoneses y europeos que terminó con una relación de amor y odio con las naciones del continente y con la terrible persecución de cristianos en el sur de Japón y el cierre durante alrededor de doscientos años de las islas al comercio internacional por temor a una ocupación hispánica. El intercambio cultural con oriente quedó limitado, entonces, a una caricatura o al testimonio, casi siempre fantasioso, de los expedicionarios, contando por el primero de todos ellos al célebre Marco Polo.


El académico y escritor François Cheng, uno de los intelectuales chinos más reputados en todo el mundo, publicó el pasado año una nueva edición de Vacío y plenitud, en Siruela, en su colección Biblioteca de Ensayo. Su lanzamiento ocurrió en 1979. Sea una decisión a medida o accidental me ha resultado fascinante que este ensayo se haya publicado en un formato tan diminuto y manejable. El prestigio de Cheng y la calidad del texto bien merecerían haberse impreso dentro de la Serie Mayor. Sin embargo, qué mejor respaldo para el tema que Cheng ofrece a los lectores hispanohablantes en este libro que contar con la comodidad física que ofrece su escaso tamaño, que lo hace caber en un bolsillo de abrigo, en una bandolera o en cualquier bolsa. Sólo puede doler su letra ante el lector que padezca astigmatismo, padecimiento que tiene un sencillo remedio con unas gafas graduadas o unas lentillas.


A lo largo de las páginas de Vacío y plenitud, Cheng va tejiendo una obra de arte ensayística.
Con un ritmo pausado y huyendo de cualquier tono petulante, el escritor chinofrancés presenta la que es la cuestión central de la pintura china: el vacío. Advierto al lector de estas líneas que debe ser cauteloso al asimilar esta noción. «Vacío» y «nada» no son conceptos equivalentes en la tradición occidental y en la china. En la región oriental, la noción de un cosmos formado por distintas «fuerzas» o «inclinaciones» que se manifiestan en naturalezas múltiples, pero con rasgos claramente diferenciables, ahonda en su prehistoria. Los primeros eruditos chinos bucearon en la tradición de las costumbres y mitos que dieron lugar a esta sutil manera de comprender el mundo. El yin y el yang se complementan entre sí para formar una totalidad que exploraron más profundamente los taoístas, con Lao-Tsé a la cabeza. Explica Cheng al respecto: «[El vacío] Vinculado al aliento, que es espíritu y materia al mismo tiempo, principio de vida y vida realmente encarnada, el vacío es percibido como perteneciente a dos reinos: nouménico y fenoménico». En otras palabras, esta idea de «vacío» no imagina una dimensionalidad enajenada de capacidad, estática y hermética, aislada de la existencia (salvo por su existencia estructural, cuando no meramente dialéctica), sino que se trata de una especie de pura potencia, salvando enormes vaguedades para facilitar el entendimiento de este modo de pensar que sé bien que me están haciendo ser profundamente incorrecto.


Cheng conduce con mansedad al lector por el camino de esta noción de «vacío» anterior que se expande y cobra un sentido múltiple mediante el taoísmo. Múltiple en tanto a que la corriente filosófica se convierte en culto, referencia social y política, y escuela de pensamiento. Tomando con la referencia el milenario Libro de las mutaciones, el autor engarza una explicación de pensamiento y la percepción china del cosmos con las referencias que los artistas fueron tomando en el lento avance de los siglos. Desde las técnicas hasta la cuestión del volumen, el color o su ausencia (oscuridad y claridad, yin y yang), la relación de objetos de un latente origen mitológico y de las antiguas religiones animistas que se han perdido en el devenir de la historia, como el agua, el jade, la montaña o el paisaje. La sencillez de las composiciones, la búsqueda de lo permeable, la riqueza muda que inunda una perspectiva sutil y cotidiana en la que el vínculo entre el ser humano y el cielo (y la deidad anterior y universal que existió en por encima y en el lugar del propio cielo), lo terrenal y lo espiritual, forman parte de la naturaleza del arte chino. François Cheng revisa y desglosa tanto la terminología original como los detalles de la naturaleza de las composiciones tradicionales. He aquí el inmenso valor de esta obra que es canon de la historia del arte asiática: siguiendo los mismos ideales que Cheng expone ante el lector es capaz de ofrecer una lectura profunda, interesante y enriquecedora, no sólo para quienes estén interesados en el arte y en la cultura china, sino para cualquier lector. Y digo bien: este libro es como un paseo en el que la noción del tiempo se detiene y aquellas tareas que consideramos importantes en nuestro día a día adquieren el rol insignificante que habitualmente les corresponde.


Este ensayo ofrece una clase de lectura que no es frecuente hoy en día, donde prevalece la sensiblería, las aladas palabras, el narcisismo a modo de falsa confidencia y, en fin, la impostura. El lector que aún tenga honra de considerarse a sí mismo como tal encontrará en Vacío y plenitud un ensayo de calidad, magníficamente bien escrito, que trata a quien lo lee como un adulto y lo enfrenta a un ajustado reto de entendimiento. Considero un acierto que Siruela haya reeditado la obra, dándole una nueva oportunidad de seguir alcanzando nuevos lectores sobre la infinidad que ya poseía. También recordándonos de nuevo cómo un libro se hace clásico: no por vender miles o millones de ejemplares, tampoco por estar bien o mal escrito, sino porque es capaz de aportar algún grado de trascendencia que permite que quien lo lee, pasadas las décadas, siga otorgándole un hueco en el más privilegiado de los rincones en los que un libro puede habitar, la biblioteca personal.

*David Lorenzo Cardiel (@davidlorcardiel), es filósofo, escritor y crítico literario.