Julia Lescano: «La intimidad es un valor que se está perdiendo»

Julia Lescano (La Plata, Buenos Aires) es arquitecta, profesora e investigadora. En su interesante ensayo Vida Escaparate. ¿Vivir para ser visto o ser visto para vivir? (Almuzara, 2022), la autora argentina cuestiona e indaga en el estilo de vida que se ha impuesto en los últimos años, una tendencia social que exalta el espectáculo, privilegia el exhibicionismo y desincentiva todo lo que se aproxime a la prudencia.

Ya no cabe duda de que los medios, a través de internet, han logrado nublar nuestra razón y nos llevaron a deshacernos de nuestra principal herramienta: el sentido común. Internet de la mano de las redes, nos ha quitado la posibilidad de crear nuestras propias asociaciones y relaciones. Por tal motivo, estamos perdiendo la capacidad de análisis, de reflexión y de pensamiento propio.

Extracto del libro

Empecé a escribir Vida escaparate en 2018. Primero, me llamaba la atención cómo la gente estaba al tanto de todo lo que sucedía en la vida de los demás. Cada vez que escuchaba un comentario de este tipo les preguntaba: ¿cómo sabes todo eso de una persona que hace años no ves? Y la respuesta era siempre la misma: porque lo veo en las redes sociales. Luego, como arquitecta, comencé a observar que en los nuevos barrios de la ciudad donde vivo, la mayoría de las casas que se construían tenían un alto porcentaje vidrio en sus fachadas. Eso me llevó a reflexionar acerca de la forma en que la gente habitaba en esas casas, dado que esas construcciones promueven la exposición de su vida doméstica e íntima. El hecho de sustituir ladrillos por vidrio permite que la vida de estas casas pueda ser vista por todos sus vecinos, al mismo tiempo que desde el interior también se puede ver pasar la vida de otros. Caí en la cuenta de que todo era parte de un mismo fenómeno que surge como síntoma de una sociedad que parece tener la necesidad de mostrar, de exponer y de dejar ver para pertenecer y ser parte de un todo y que se estaba convirtiendo en un estilo de vida, que decidí llamar vida escaparate.

Para ser honesta, las lecturas fueron posteriores a la idea y a la necesidad de escribir sobre el tema. Durante años de mi vida fui becaria de investigación, de manera tal que con ese antecedente y como buena investigadora, lo que hice fue comenzar a revisar otras voces, para entrar en “diálogo” con ellas y poder fundamentar algunas hipótesis. La lista de material consultado es extensa, pero entre las voces que resonaron más en mí puedo citar a Pallasmaa, Augé, Debord, Packard, Maldonado y Eco, entre otros.

Necesitamos salir de esos lugares comunes y volver a los lugares propios y valorar nuestras singularidades

La intimidad es un valor que se está perdiendo como tal. En el mismo instante en que tenemos el deseo de compartir nuestra intimidad con otros a través de las redes sociales, la intimidad deja de ser íntima. Proteger la vida privada de cada uno es un derecho, pero si los que lo violamos somos nosotros mismos, perdemos el derecho a reclamo alguno. Hasta hace un tiempo el verbo intimar era solo aplicable a nuestros vínculos más estrechos, ya que la intimidad era reservada a una persona especial o al círculo familiar.

Las nuevas generaciones desconocen los beneficios de preservar el territorio más íntimo, de preservar lo que sucede puertas adentro en nuestra interioridad. Conocen mucho del afuera y muy poco del adentro. Por tal motivo, los síntomas y las somatizaciones propias de no cultivar nuestro paisaje natural se están comenzando a manifestar y expresarse.
Evidentemente, todo necesita encontrar su sano equilibrio para convivir armónicamente.

Creo que sobre todo la autoimagen. En el afán de construir una imagen ideal para ser mostrada, nos olvidamos de quienes somos en realidad. Cada uno de nosotros somos los primeros en desvalorizarnos en el momento que renegamos de nuestra identidad y creamos una artificial que nos parece mejor, más linda o más divertida. Frente a esto, el aceptarnos tal y como somos, el abrazar nuestra identidad y con ello nuestras raíces, nuestros dones, virtudes y defectos resulta elemental. La sociedad actual necesita trabajar mucho la autoaceptación. Valorarnos nos da seguridad y nos hace menos vulnerables frente al contexto y, en consecuencia, menos manipulables e influenciables. Nos hemos convertido en expertos en conocer nuestros defectos, ahora nos toca aprender a reconocer nuestras virtudes y celebrarlas para que se expandan.


Sin duda es parte del “plan” diseñado por los ideólogos de las redes sociales. El hecho de que esté de moda agruparnos e identificarnos con “colectivos” que son cada vez más específicos y tan cerrados como guetos, no favorece el pensar distinto. Es curioso y hasta gracioso ver cómo, luego de rechazar los uniformes y ciertas formas de vestir, han surgido “nuevos uniformes” creyendo que no lo son. Me recuerda esta frase del libro: Etiqueto, encasillo, agrupo y así condeno, encierro y limito.


Está demasiada instalada la comparación y eso lleva a la diferencia, al descontento. Instala la famosa “grieta” en la que necesariamente “debes ser” de un bando o de otro. Todo parece indicar que para encajar tenemos que sentirnos identificados por alguna de las formas de ser que se nos ofrece. Esto se aleja demasiado de la elaboración de un pensamiento propio y mucho menos, crítico. Falta el espacio para pensar, la pausa para procesar, para crear ideas propias, para permitirse disentir y proponer, incluso elaborar. Hoy todo nos es dado, nos gana la prisa y la ansiedad y no está de moda demorarse en construir lo propio. Se ha puesto de moda tomar lo ajeno y adornarlo un poquito.

En la sociedad en la que vivimos el tema de la exposición extrema es algo que se ha instalado. Pero, llamativamente, no tiene connotación negativa. Bajo el lema de que no tienen nada que ocultar, gran parte de la población lo muestra todo de sí y con gusto. Reina el deseo de ver y ser vistos. Quien decide preservar su mundo privado es percibido como un paranoico y ocultador por la mayoría de la población que, lejos de sentir temor, vergüenza o pudor, confía ciegamente y se entrega al mandato de exhibirlo todo.
Esto pone de manifiesto que, de la mano de estas “nuevas costumbres”, nos estamos acostumbrando a vivir en el mundo del revés. Necesitamos ir al rescate de los valores perdidos, puesto que para que la sociedad comience a sanar, la polaridad necesita invertirse.

Creo que toda persona que experimenta esa sensación ha caído en la trampa y es víctima de sus elecciones. El ser humano cuenta con una mente que le permite pensar, analizar, reflexionar, conocer y desde ahí decidir y tomar decisiones. También, tenemos la posibilidad de reconocer el error y volver a nuestro camino, como lo ilustra el cuento de Frank Baum “El mago de Oz”. Todos somos Dorita, en la vida acertamos y erramos, lo importante es transitar el camino y no perder nuestros objetivos.

Ocurre que hoy la presión social es muy grande y la gente se deja manipular muy fácilmente por los medios, que se han vuelto expertos en esto. El miedo a la soledad y a no pertenecer si no hacemos lo que hace la mayoría es muy grande. Necesitamos salir de esos lugares comunes y volver a los lugares propios y valorar nuestras singularidades.

Estoy de acuerdo a medias… Coincido en que la mentira en muchos casos ha conseguido convertirse en verdad. Desde los tiempos más remotos la máscara se asocia a la fiesta, al carnaval, al teatro, a lo lúdico. Curiosamente, se trata de un accesorio que ha sabido permanecer en el tiempo, contrariamente al caso de una armadura, por ejemplo. Evidentemente, esto tiene que ver con la posibilidad que encierra la máscara de ser distinto, al menos por un rato.

Cada vez que usamos una máscara indefectiblemente ocultamos o escondemos algo. Sea de manera consciente o inconsciente, eso sucede.

Me gusta la idea de pensar las pantallas, como fenómeno social, e incluso analizarlas como máscaras de sombra, es decir, como un espacio virtual que funciona como una máscara capaz de esconder o disimular lo que Carl Gustav Jung denominó nuestra sombra, es decir, nuestra parte más oscura, aquella que tenemos, que portamos pero que elegimos no mostrar.

Frente a esto cuando habitamos la red deberíamos preguntarnos: ¿quiénes somos realmente?, ¿qué representamos para el otro cuando jugamos un rol? Muchas veces usamos una máscara, que nos hace lucir diferentes, es decir, que le mostramos a los demás otra cara. Las caretas nos ayudan a sentirnos más seguros, aunque a veces sean asfixiantes. La ironía es que cuando estamos frente a alguien que se oculta o se protege con este antiguo disfraz, nos sentimos frustrados y desconectados. Esta es la paradoja: la vulnerabilidad es lo último que queremos que se vea en nosotros, pero lo primero que buscamos en el otro.

Todo esto nos permite pensar en las redes sociales como espacios pocos genuinos y carentes de vitalidad.

Considero que este libro, como tantos otros, merece mayor difusión y prensa. Muchos lectores lo han calificado como una lectura “necesaria”, lo cual me parece oportuno y justo. Pero, entiendo que hoy vende más la ficción, el entretenimiento, incluso el autor de moda que se ha vuelto mediático porque publica todo lo referente a su vida privada en las redes. Cuando el autor se convierte en producto, el libro, que es el producto real, pasa a un segundo plano.

Si bien no me gusta generalizar, no puedo negar que esto es una consecuencia más de vivir una vida escaparate. Vende lo que cautiva a la audiencia que se encuentra con ansias de más tras la pantalla. Ese tipo de público no quiere tomar conciencia de que su estilo de vida no es “saludable”.

Sí, llevo tiempo trabajando en el manuscrito de un nuevo libro, de momento sin compromiso con ninguna editorial. En él me dispongo a analizar la “existencia híbrida”, en la que el habitante, devenido en usuario, se ve obligado a mutar sus hábitos para adaptarse a una nueva forma de habitar que tiene lugar en entornos que oscilan entre lo virtual y lo real.
Es sabido que nosotros moldeamos al espacio y el espacio nos moldea. Por tanto, el territorio que habitamos nos afecta, tiene el poder de modificar nuestros comportamientos, nuestros hábitos y nuestros sentires. La idea nace al evidenciar que, además de un espacio real y un espacio virtual, ha surgido un tercer paisaje: el “espacio entre”, producto de movernos de un sitio a otro. Por este motivo, resulta importante y urgente aprender a gestionar estos nuevos tránsitos y migraciones que hacemos los humanos de un entorno a otro, dado que mentalmente y emocionalmente existe un traslado, aunque no haya desplazamiento físico.

Cotidianamente, pasamos de un lugar real y conocido a un espacio virtual que carece de mapas puesto que se trata de una cartografía imaginaria, sin precisiones. El objetivo del libro es analizar cómo todo ese cambio espacial nos afecta, cómo nos hemos tenido que adaptar y acostumbrar, en algunos casos movidos por el deseo y, en otros, por la obligación. Hoy son tantas actividades que han migrado a lo digital que estamos obligados a adaptarnos para poder «sobrevivir».

El libro es una invitación a pensar nuestra interacción con los nuevos territorios con una mirada integrativa, aceptando que comenzamos a transitar una “existencia híbrida” para poder habitar y vivir mejor en cada layer o estrato, los cuales conforme se van entrecruzando y superponiendo, comienzan a conformar un todo. También, me ocupo de evaluar cuáles son los efectos, algunos constructivos y otros no tanto, de habitar este tipo de espacios. El objetivo es poder identificar los negativos y modificarlos a tiempo o cambiarlos por otros comportamientos, que garanticen la continuidad de la especie sin tanto impacto.

*Lázaro Santano, lector editorial, psicólogo y psicoterapeuta.