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marta sanz pequeñas mujeres rojas entrevista

Marta Sanz: «Leer es escarbar, excavar, bucear por debajo de la superficie»

«Un pueblo con dignidad ha de saber dónde están todos y cada uno de sus muertos.». Mientras la pandemia seguía royendo cada minuto de nuestra atención se publicaba un maravilloso artefacto narrativo inclasificable. Nos referimos a ‘pequeñas mujeres rojas’

Mientras la pandemia seguía royendo cada minuto de nuestra atención se publicaba un maravilloso artefacto narrativo inclasificable. Nos referimos a pequeñas mujeres rojas ( sí, con intencionada p minúscula inicial) de la escritora madrileña Marta Sanz, cerrando con ella su trilogía del detective Arturo Zarco.

En ella, armada de una desbordante prosa que intenta no dejar nada sin contar recupera la voz de una legión de hombres y mujeres que el silencio y la ignominia sistemática dejaron encerrados bajo tierra.

«Un pueblo con dignidad ha de saber dónde están todos y cada uno de sus muertos.»

Una polifónica reflexión sobre la memoria histórica y la violencia contra las mujeres atravesada de una intensidad lírica que no remite de principio y fin.

La protagonista Paula Quiñones llega a Azafrán un verano para localizar fosas de la Guerra Civil. Una vez allí el pasado y el presente se concitan para configurar una trama inquietante y negrísima que sin embargo no deja de arrojar luz sobre todo lo que permanecía oculto. No encontrarás aquí pusilánime equidistancia, ni la flácida intención de seguir imponiendo falsas cicatrices. La autora nos demuestra una vez más que la literatura también puede ser subversiva, intervención política y reparación. Ir siempre un poco más allá. Una ambiciosa novela que entremezcla a la perfección múltiples géneros y que homenajea a Dashiell Hammett y Juan Rulfo, a Peter Pan y Alicia en el país de las maravillas.

Lean despacio.

«Desde que llegaron a Azafrán, Rosa y Paula habían escuchado tristezas, ausencias, recuperaciones, metamorfosis, furias, hambre y sed, no de venganza, sino de reparación y justicia». En el contexto español: ¿llegaremos algún día a la paz social sin cicatrizar en falso?¿qué consideras que tiene que ocurrir para que eso ocurra?

Supongo que hay que articular una ley de memoria sólida, dotada de recursos económicos, y promover el ejercicio de la memoria como proceso de conocimiento en los centros educativos. La memoria nos sirve para entender la raíz de los problemas y para generar un tipo de lucidez que, en un primer momento puede ser dolorosa, pero que después repara. Abogo por la memoria frente a una utilización publicitaria de la nostalgia que nos invita a creer que cualquier tiempo pasado fue mejor y que se ha clausurado la utopía y la idea de futuro.

Leer es escarbar, excavar, bucear por debajo de la superficie.

pequeñas mujeres rojas está atravesada por multitud de juegos-hallazgos narrativos y de una dificultad estilística que, sin embargo, lejos de debilitar su coherencia interna la refuerza. ¿Cómo ha sido su proceso de escritura?

Me cuesta mucho describir el proceso de escritura de una novela que, por una parte, está incardinada en la lógica de una trilogía y, a la vez, está muy pegada a la observación de la realidad presente. Solo puedo deciros que mientras la escribía me daba cuenta de que la literatura refleja la realidad y la construye en un doble sentido: desde lo que sucede en la calle y desde lo que sucede dentro del campo y los géneros literarios. Por esta razón, consideré que tenía que armonizar tres voces de tres personajes principales que se mueven por la páginas de tres novelas: con esos movimientos y ese ejercicio polifónico quería expresar mis miedos respecto al despertar de la ultraderecha en España. También era consciente de que el estilo y los modos de representación son mi manera de compartir con los lectores y lectoras mi punto de vista sobre temas que me sobrecogen: el cuerpo de la memoria y la memoria de los cuerpos, cómo nos cuentan la historia, dónde están los desaparecidos y las desparecidas del franquismo, la violencia estructural contra el cuerpo de las mujeres, los feminicidios.

Abogo por la memoria frente a una utilización publicitaria de la nostalgia que nos invita a creer que cualquier tiempo pasado fue mejor y que se ha clausurado la utopía y la idea de futuro.

El arte y la literatura dejan de naturalizar o de normalizar el horror en la medida en que escogen palabras, imágenes, recursos retóricos que, lejos de suavizar o hermosear el tema horrible, lo presentan de un modo que provoca un efecto ético en el espacio de recepción. Por eso el fondo y la forma son indisolubles y, por eso, en esta novela, la propuesta de “leer despacio”, la propuesta de leer una novela con la profundidad y la pausa de un poema, es una propuesta política en un entorno de cultura bestsellerizada, cultura reducida a consumo e inercias del mercado.

A través de un entramado narrativo coral que parece tratar de contar todo lo que un ensayo es incapaz de nombrar en pequeñas mujeres rojas queda sigilosamente pormenorizado desde lo ‘pequeño’ y subrepticio como el franquismo sigue afectando (y no siempre de manera explícita) en las relaciones interpersonales más cotidianas y cómo ciertas dinámicas sociales heredadas dirigen implacablemente lo que decidimos encerrar bajo el cerrojo hermético de sucesivas amnesias selectivas. ¿Puede la literatura construir/reconstruir un espacio propio de reivindicación de la memoria histórica?

La literatura que me interesa, no es edificante ni políticamente correcta. No es autoritaria. Por eso, a través de las historias íntimas, de todo tipo de historias pequeñas, nos permite construir, desde nuestra sentimentalidad y nuestra ideología, un plano cenital, amplio, un fresco de un momento histórico que trascienda la local para hacerse universal.

El Alzheimer social y vivir en el país de los lotófagos conduce a que las heridas nunca cicatricen; la justicia y la reparación nada tienen que ver con la venganza…

Por otro lado, el hecho de tener que leer despacio, atendiendo a la idea de que en la palabra literaria se quedan estratificadas distintas maneras de entender el mundo y que leer es escarbar, excavar, bucear por debajo de la superficie, y que ese movimiento intelectivo produce placer, reta nuestros propios prejuicios y desarrolla el sentido crítico, no nos “adoctrina” sino que conversa con nosotros, ese punto de partida me parece fundamental para poner patas arriba muchas de las frases hechas sobre las que se construye nuestra sociedad: las ideologías y los ideales no son malos por definición, sino que la posible perversidad depende de los contenidos con los que los rellenemos; recordar no es perder ni el tiempo ni el dinero; el pasado rebrota en lo peor del presente y bloquea la posibilidad de un futuro utópico; no todo es relativo y hay asuntos que no pueden abordarse desde la equidistancia; el Alzheimer social y vivir en el país de los lotófagos conduce a que las heridas nunca cicatricen; la justicia y la reparación nada tienen que ver con la venganza… Educación, conocimiento, racionalidad, humanidad, democracia, frente a demagogias, irracionalismo, desmemoria, competitividad, visceralidad, robo del lenguaje y manipulación de la Historia Oficial y de las pequeñas historias donde se hace evidente la máxima de que lo personal es político. El relato siempre es memoria y la memoria siempre es un relato.

El relato siempre es memoria y la memoria siempre es un relato.

Yo intento trabajar desde la falta de autoritarismo de un relato literario, que no pretenda seducir comercialmente o que no espectacularice la cultura, sino que sugiera una reflexión, una confrontación de lo que nos pasa dentro y lo que pasa fuera; un relato literario que inicie una conversación y plantee preguntas a través de la forma en que está escrito, que nos produce placer y nos lleva a reformular la idea de placer en sí, los propios límites de la literatura y del papel de lectores y lectoras; un relato que puede intervenir, modestamente, en la transformación de una sociedad enferma.

entrevista marta sanz pequeñas mujeres rojas
pequeñas mujeres rojas de Marta Sanz (Anagrama editorial)

Decías en una entrevista con Javier Rodríguez Marcos: «Los libros que me interesa escribir son los que hacen visible la ideología invisible, esa que tenemos naturalizada, las creencias, los valores que ya no nos cuestionamos». ¿Qué libros te parecen buenos ejemplos explicativos de la ideología invisible de estos tiempos?

Desgracia de Coetzee. El homóvil de Jesús López Pacheco. Lectura fácil de Cristina Morales. Desde distintos planteamientos formales que son a la vez ideológicos, incluso políticos. Algunos no los comparto, pero me parece sobresaliente como el modo de contar una historia se constituye en la historia misma y plantea una cosmovisión que no es la dominante. Me fascina la transparencia que se produce entre un planteamiento estético y un planteamiento ético rigurosos, que se exigen mutuamente, más allá de cualquier otra posibilidad.

A mí me interesa trabajar con un tipo de exceso lingüístico que pueda resultar tan insoportable que nos obligue a salir del texto. Que apunte hacia la realidad. Porque creo que no todo es lenguaje

¿Puede la literatura funcionar como aquellas líneas de fuga de las que hablaba Deleuze para referirse a esos movimientos concretos que escapando del poder abren la posibilidad a otros mundos posibles? Yo quiero creer en que la literatura es un espacio de juego y subversión que visibiliza los ángulos muertos y las zonas oscuras de una sociedad imperfecta.

Quiero creer que a través de las violencias sintácticas y de la imprevisibilidad de lo que se escribe, de las piedras que se tiran contra los escaparates de la convención canónica, se genera un tipo de lucidez transformadora. Quiero creer que, por ejemplo, sacando el relato de la memoria de su sentimentalismo y de su solemnidad, y llevándolo al territorio de un sentido del humor iconoclasta, irreverente e insecticida estamos llevando a cabo una acción y que esa acción repercute en la comunidad. Sin embargo, no sé hasta qué punto esas ideas no implican una sacralización excesiva del lenguaje.

A mí me interesa trabajar con un tipo de exceso lingüístico que pueda resultar tan insoportable que nos obligue a salir del texto. Que apunte hacia la realidad. Porque creo que no todo es lenguaje. También experimento dudas respecto a la posibilidad real de poder generar un discurso en los márgenes – a menudo muy autocomplacidos- de la pegajosa tela de araña sistémica. A veces pienso que hay que intentar hablar desde esa centralidad, abrirse hueco, porque es fundamental llegar a más lectores y lectoras, y hay que dejar de hacer apología de lo selecto. Pienso que lo importante es educar universalmente y hacia arriba, estirando el cuerpo, formulando preguntas que sirvan para acercarse de un modo problemático a lo real. Visibilizar los elementos de la ideología invisible como comentábais antes.

La literatura que me interesa, no es edificante ni políticamente correcta. No es autoritaria.

Imaginemos una utopía. Por desconocidas circunstancias la literatura de compromiso social comienza a escalar posiciones en las listas de ventas desplazando a los bestsellers habituales, produciéndose en torno a ella un boom global del que de repente todo el mundo habla y quiere formar parte, bien sea por mero postureo o por una disposición genuina. Inmersos en esta alocada remota posibilidad y puestos a jugar, ¿cómo crees que afectaría esa irrupción al orden social existente?

Podríamos tener una salida distópica en la que el postureo diese lugar a sectas autoritarias de culturetas insoportables contra los que se rebelasen personas que necesitan volver a las Pulp fictions y las novelas románticas de Corín Tellado, obviando incluso el gesto posmoderno de fundir lo paleto y lo pedante, la cultura popular y la alta cultura. Y aquí me quedo porque me cuesta tanto imaginar el escenario que planteas que no sabría describir una utopía más allá de la formulada por Gramsci: pesimismo del pensamiento, optimismo de la voluntad, que en mi caso coincide con la opción de desempeñar con honestidad el oficio de escribir. En todo caso, en vuestra pregunta se juguetea con los conceptos de centralidad y de relativismo: yo no creo que las cosas sean buenas o malas en la medida en que tocan o no tocan centro. Tampoco creo que todas las ideologías son iguales ni que todos los políticos son iguales ni que los extremeños se tocan. Hay propuestas de escritura excelentes que ocupan posiciones centrales en el campo, y propuestas de escritura deleznables que se precian de habitar los márgenes. Yo no soy relativista. Soy materialista dialéctica. Busco la síntesis. Creo en la razón, en la historia y la posibilidad de la verdad y la utopía. Siento mucho que me hayan dibujado así.

La democracia muta en demagogia cuando confundimos conocimiento con opinión y ensoberbecemos la ignorancia.

Walter Benjamin en su ensayo La obra de arte en la época de su reproductividad técnica considera la democratización del arte como una herramienta emancipatoria: ¿De qué manera o con qué argucias el statu quo impide o dificulta esa emancipación a través del arte?

Me parece que el arte y la cultura se han devaluado tanto, han perdido tanta trascendencia social, que ya no se utilizan como estrategias de disgregación de clase al modo que relata Hauser en su Historia social de la Literatura y del Arte cuando habla de que la abstracción del arte egipcio era una manera de subrayar el poder de los sacerdotes como exegetas. La CIA pretendió algo parecido con el expresionismo abstracto, convirtiéndose en su mecenas en la época de la Guerra Fría, según cuenta Frances Stonor Saunders.

A la cultura no se le pueden echar cuentas. No ha de ser rentable ni sostenible, porque es imprescindible para que los seres humanos lo sigamos siendo.

Casi podría deciros que me encantaría vivir en un statu quo que tuviese estrategias planificadas en torno al arte y la literatura. No le ha hecho falta. La literatura y el arte están tan íntimamente atravesados por la lógica de la sociedad de consumo, que a esa cosa nebulosa que es el statu quo o al invisible jefe de todo esto, no le hace falta ni conspirar ni hacer planes para clientelizar el espacio de recepción, vinculando los eventos culturales con el consumo que da prestigio, más que con un conocimiento que no solo no da prestigio, sino que a veces te convierte en culpable: la democracia muta en demagogia cuando confundimos conocimiento con opinión y ensoberbecemos la ignorancia. Creo que en este momento solo se trata de tener muy interiorizado aquello de “Laissez faire et laissez passer”, convertirlo en música ambiente, no pensar que ese estribillo francés, que suena tan bien, puede ser un postulado ideológico que anula la cultura como herramienta emancipatoria y abre todas las brechas de desigualdad. Porque yo creo que a la cultura no se le pueden echar cuentas. No ha de ser rentable ni sostenible, porque es imprescindible para que los seres humanos lo sigamos siendo. Y hay que revalorizarla y vincularla con lo educativo, no con lo espectacular.

Por esto, en el contexto en el que vivimos, me parece fundamental enseñar a leer a la ciudadanía con conciencia crítica, mantener la salud semántica evitando el robo de palabras como libertad o revolución que se han “cayetanizado” -y la cosa tendría gracia si no fuese terrorífica- y trabajando la idea de que las formas no son asépticas, que las formas aparentemente inofensivas pueden apuntalar el discurso dominante y construir un concepto absolutamente perverso de lo normal: eso sucede con la estetización de la violencia contra el cuerpo de las mujeres, con el morbo con el que se retrata la violencia contra el cuerpo de las mujeres. Mi trabajo consiste en retratar, escribir, visibilizar de otra manera para intentar transformar el punto de vista oficial y oficioso.

Me parece fundamental enseñar a leer a la ciudadanía con conciencia crítica, mantener la salud semántica evitando el robo de palabras como libertad o revolución que se han “cayetanizado”.

Escribía Rafael Chirbes en el prólogo de tu novela La lección de anatomía:«Trabaja en una literatura de intervención que obliga al lector a ponerse en el sitio en el que no quiere estar, porque desde allí acaba viendo lo que nunca debería ver, eso que, una vez descubierto, te parece tan evidente que ya no puedes quitártelo de encima». En la introducción del libro Correspondencia entre Carmen Martín Gaite y Juan Benet el filólogo José Teruel escribe que «Martín Gaite concibió a su interlocutor ideal -y Juan Benet lo fue- no como aquel que asiente, sino como el que es capaz de desbaratar ideas, de desconcertar o de pensar en qué sentido lo contrario podía ser también verdad». ¿Estás de acuerdo? ¿Cuál sería tu interlocutor ideal?

Alguien con quien dialogar racionalmente y del que aprender cosas. En la idea del aprendizaje incluyo la posibilidad de ampliar el conocimiento y la de corregir o matizar los prejuicios. Alguien con quien conversar sin que en el intercambio prevalezca la visceralidad, la falta de argumentación, la mentira o el discurso del odio, alguien que me llame la atención sobre aspectos de los libros o de la realidad, de la realidad que son los libros, que a mí se me habían pasado por alto. A todo esto añado que Martín Gaite era una mujer muy valiente y Rafael Chirbes un lector muy generoso que, por cierto, me hizo ver algo de La lección de anatomía en lo que yo no había reparado: es una novela de aprendizaje emparentada con la picaresca.

Entre los medios de comunicación higienizando la realidad y el exceso de corrección política en la esfera pública neutralizando casi cualquier intento de honestidad cada vez es más difícil escuchar voces críticas que funcionen ajenas a la impostura y a la trampa de la posverdad. ¿A qué se debe tanto desprestigio de la verdad?

A la destrucción de los metarrelatos, es decir, a la fobia hacia las explicaciones globales de lo real, por parte de filósofos posmodernos que, de algún modo, se convirtieron en paladines de la perfección de una Europa ochentera que estaba muy lejos de ser una Europa perfecta y necesitaba poner en solfa la idea del marxismo incluso como herramienta de análisis económico y social. Se propaló la idea de que todo vale y se demonizaron las aproximaciones ideológicas -entendiendo ideología por ideología de izquierdas- a la realidad sin reparar en el hecho de que su propia aproximación irónica a la realidad también era una forma de ideología.

Sin embargo, a la posmodernidad le debemos la inestimable vocación de analizar críticamente un lenguaje, que no es aséptico, sino que está empapado por el discurso dominante que en cada periodo deja de percibirse como ideología: “No importa lo que las palabras signifiquen lo que importa es saber quién es el que manda: eso es todo”. Lo dijo Humpty Dumpty demostrando, en mi opinión, una gran inteligencia preposmoderna. Por cierto, una de las corrientes del feminismo que más me interesa es el ecofeminismo, que reivindica un feminismo ilustrado e integrador. La posmodernidad tuvo cierta manía a la razón ilustrada y esto no nos ha venido del todo bien.

Escribes en tu libro Monstruas y centauras que «sus páginas nacen del desconcierto que provoca la saturación informativa. Estoy expuesta a tantas fuentes que ya no sé casi nada».¿Qué síntomatología está dejando a su paso la infodemia general?

Mucho miedo.

Yo no soy relativista. Soy materialista dialéctica. Busco la síntesis. Creo en la razón, en la historia y la posibilidad de la verdad y la utopía. Siento mucho que me hayan dibujado así.

¿Nos cambiará en algo la pandemia?

Ojalá se refuerce la conciencia sobre la necesidad de fomentar una teoría de los cuidados desde instancias gubernamentales y personales. Los cuidados no pueden ser la consecuencia de ejercer una caridad filantrópica que refuerza el sistema parcheando sus fallas. Los cuidados han de ser sistémicos y los países no deberían funcionar como empresas. Sin embargo, temo que la pobreza traiga de la mano la visceralidad política y la fe en salvapatrias que solo buscan llenar su propio bolsillo y mantener sus privilegios.

Los cuidados no pueden ser la consecuencia de ejercer una caridad filantrópica que refuerza el sistema parcheando sus fallas.

Temo que personas desaprensivas se aprovechen de la extrema vulnerabilidad de una capa de población que cada vez va a ser más grande. Yo personalmente me siento muy inquieta con la degradación de lo público. Concretamente del sistema público de salud. También me siento inquieta y triste por el destino de los ancianos y ancianas que seremos en un país cada vez más envejecido. Me parece que salimos de la pandemia sin haber aprendido esas lecciones.

Mi trabajo consiste en retratar, escribir, visibilizar de otra manera para intentar transformar el punto de vista oficial y oficioso.

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