Martín Rodríguez Gaona

Martín Rodríguez Gaona: «La raíz del problema está en que el sistema busca crear personajes públicos, pero no se profundiza críticamente en los libros»

Balzac ya afirmaba que, el gran problema que debían resolver los artistas era cómo hacerse notar; en Contra los influencers: corporativización tecnológica y modernización fallida (o sobre el futuro de la ciudad letrada) ―Premio Celia Amorós XL Premios Ciutat de València― (Pre-textos, 2023), el poeta y ensayista Martín Rodríguez Gaona adopta una mirada crítica que impugna y coloca en perspectiva al mercado editorial, cuestionando algunas de sus dinámicas imperantes; el abuso de lo mainstream y los aspectos comerciales como criterios de valoración de la calidad de una obra literaria.

La ciudad letrada está conformada por distintos agentes de la sociedad literaria como escritores, editores, críticos, profesores, libreros y periodistas. Es decir, todos quienes contribuyen a la creación de un gusto entre los lectores, permitiendo la consolidación y posterior canonización de autores y propuestas literarias. En un plano ideal, éstas deberían ser fuerzas complementarias, pues su función sería la continuidad de una escritura artística como cultura viva y patrimonio simbólico.

En la actualidad, como una deficiencia estructural, la ciudad letrada hispánica está excesivamente condicionada por lo corporativo y la política partidaria, restándole una importante autonomía, pues a través de los medios, con fines comerciales y no artísticos,  se proyecta a los escritores como figuras públicas o personajes menores de la industria del entretenimiento. Por eso los influencers culminan un proceso de masificación iniciado a través de la publicidad televisiva. Mi definición de la ciudad letrada parte de conceptualizaciones de Ángel Rama (la sociedad barroca colonial) y George Dickie (el circuito artístico contemporáneo).

la modernización fallida de la ciudad letrada española responde tanto a deficiencias cívicas heredadas de la dictadura como a la visión hipercomercial que impuso la globalización neoliberal desde los noventa

En cuanto al mainstream, la situación es grave, puesto que se impone una sensibilidad postilustrada a través del constante flujo de tendencias y productos editoriales, condenando a los márgenes o a la invisibilidad a todo lo que no logre acceder a dicho circuito. Esto puede llegar a situaciones nunca antes vistas a través del uso de la inteligencia artificial o la edición de autores surgidos de plataformas como Wattpad.

No obstante, creo que hay sectores con indicios de cierta reformulación, aún incipientes, como en el caso de la producción poética femenina y su liderazgo dentro de la generación millennial. Este es un fenómeno saludable por justicia histórica y porque dicho giro está permitiendo un mayor acceso a escritoras literarias: un acceso que la institucionalidad y los medios habían otorgado hasta hace poco, sin ninguna responsabilidad, a la poesía pop tardoadolescente y a alguna influencer corporativa. No obstante, el sistema sigue fiel a sus principios, pues busca convertir a las poetas en celebridades por una cuestión de representatividad generacional o de género, otorgándole una gran visibilidad a quienes elige, esperando una contraparte rentable para dicha inversión (una extrapolación estricta de las prácticas monopólicas de las grandes tecnológicas). Esto es extremadamente peligroso, pues se vende una imagen aspiracional que equipara el éxito artístico con el reconocimiento social y económico, algo totalmente perjudicial como modelo para las nuevas generaciones.

La raíz del problema está en que el sistema busca crear autores o personajes públicos, pero no se profundiza críticamente en los libros: la imagen, el espectáculo y la noticia siguen siendo más valiosos que la obra. Digamos que en los medios se celebra el fenómeno y se consagra a alguna autora, pero no hay crítica ni contexto para escoger y analizar cinco libros de la poesía joven femenina desde una perspectiva formal e histórica.

La investigación surgió en paralelo a mis ensayos previos, Mejorando lo presente. Poesía española última: posmodernidad, humanismo y redes (2010) y La lira de las masas. Internet y la crisis de la ciudad letrada (2019). Por lo tanto, algunos de los textos, en concreto los dedicados a poetas canónicos, se concibieron desde 2005. La idea es establecer un retrato intergeneracional de la ciudad letrada, rastreando el inicio de la actual crisis, por lo que se hizo necesario remontarse al despegue de la industria editorial española y a la transición. Así, sostengo que la modernización fallida de la ciudad letrada española responde tanto a deficiencias cívicas heredadas de la dictadura como a la visión hipercomercial que impuso la globalización neoliberal desde los noventa. Un proceso que se termina de consolidar con la revolución tecnológica y la hegemonía de los prosumidores millennials.

En consecuencia, la pérdida de lo literario y la condena populista de la ambición artística se manifestaron mucho antes que el surgimiento de la generación millennial: si se hubiesen respetado los criterios artísticos, nunca hubiesen tenido repercusión fenómenos como la poesía teen corporativa y los best-sellers paraliterarios promovidos incluso por instituciones públicas.

Estas problemáticas sistémicas hacen necesario poner en diálogo generaciones y estéticas, en contra de la compartimentación generacional que promueve el mercado. Así, por ejemplo, estudio en un mismo capítulo a Caballero Bonald y a Gata Cattana como exponentes y mutaciones del barroco.

La visión ecléctica de mi ensayo, que complementa la crítica literaria con incursiones en la historia, la sociología y la semiótica, corresponde a demostrar que lo artístico o lo literario necesariamente está en contra del mainstream. Contra los influencers rechaza esa idea, profundamente conservadora y falsa, de que a las clases medias -esa ciudadanía surgida por el desarrollismo- no les corresponde una expresión artística (es decir, investigación, ambición o riesgo), pues deben conformarse con el consumo pasivo de los productos editoriales en los que se vean masivamente representados. De allí la tiranía de las ventas y el algoritmo. 

Faltan optimismo y ciudadanía en la ciudad letrada o la humildad necesaria para trabajar constructivamente desde los márgenes

No. Siempre he concebido mi obra con la autonomía que corresponde a un intelectual y a un artista. Al mismo tiempo, el reto es decir algo nuevo, poder articularlo y contrastarlo. No me interesan los libelos ni la mera opinión. Es más, en la ciudad letrada existe mucha conciencia sobre quienes la han usufructuado bajo fines personales, pero se cede al temor o se opta por el oportunismo: el “sálvese quien pueda” del todo vale posmoderno y el clientelismo atávico de una sociedad que no confía en la meritocracia ni exige transparencia. Faltan optimismo y ciudadanía en la ciudad letrada o la humildad necesaria para trabajar constructivamente desde los márgenes.

La calidad literaria o intelectual no es en realidad relevante para los autores marca que viven de su imagen y que son preferidos por lo corporativo

La recepción ha sido buena, incluso elogiosa, en medios independientes electrónicos y a nivel de comentarios personales de poetas de diversas estéticas y generaciones. Aunque los críticos de los grandes medios no se hayan manifestado directamente todavía, supongo que por mi cuestionamiento de prácticas del entramado comercial y publicitario, los conceptos y las categorías planteadas van calando, como en el reconocimiento de la producción poética femenina de mayor riesgo formal, incluso experimental: algo impensable hasta después de la pandemia, cuando en una entrevista con la Casa Real se llevó exclusivamente autores de la poesía pop tardoadolescente; es decir, lo de más baja calidad de toda aquella generación. Esto muestra que incluso el mainstream se va haciendo más sofisticado e inclusivo, algo que sería imposible sin la crítica independiente. Precisamente ese tipo de acciones y autorregulaciones son las que corresponden a la ciudad letrada como un organismo vivo: un asunto que es mucho más que un constante desfile de poetas siendo fotografiados y recibiendo distinciones de manos de algún político.

pese a sus disfraces literarios, filosóficos o militantes, los influencers aceptan y promueven abiertamente la competitividad, la hiperproducción y la alienación del sistema

Las redes sociales, en su afán comercial, promueven el espectáculo y la viralidad propios de la economía de la atención y el populismo electrónico. El objetivo último supone crear una sensibilidad homologada, uniforme, que tiene dos vías: la promoción de la agenda comercial o política de los productos propuestos por los influencers y la adicción al entretenimiento virtual. De ahí el peligro de seguir a autores mediocres (poetas, filósofos o activistas) que, por su reconocimiento mediático, se convierten en modelos de conducta. Así se acostumbró a un gran sector de los nativos digitales a seguir melodramas y aventuras con un vago trasfondo aspiracional literario.  Este simulacro es muy perverso, pues se ha empleado para promover catálogos editoriales, autores e incluso figuras públicas. Así, influencers y booktubers pueden ganar mucho más dinero a través de dichas prácticas publicitarias transmediales que sus contemporáneos dedicados a sólo ser escritores, quienes viven y crean desde la precariedad: un desequilibrio que perjudica incluso la publicación de estos últimos (no hablemos ya de reconocimiento mediático o institucional). La calidad literaria o intelectual no es en realidad relevante para los autores marca que viven de su imagen y que son preferidos por lo corporativo.

Consecuencia, si entendemos que en la actualidad la cultura y la identidad (sea propia como ajena) son promovidas desde internet y el mainstream simplemente como productos dispuestos a ser consumidos. Y tanto el narcisismo como el deseo son parte fundamental de dicha estrategia mercantil: así los influencers se cosifican a sí mismos y proponen como personajes y productos a partir de la comercialización de sus imágenes, buscando posicionarse, ser viralizados y, finalmente, si escriben, ser convertidos en autores marca. Consecuentemente, pese a sus disfraces literarios,  filosóficos o militantes, los influencers aceptan y promueven abiertamente la competitividad, la hiperproducción y la alienación del sistema. El problema de la primera generación de nativos digitales es que se formó desde la niñez con ese orden de cosas, sin explorar otros referentes, creyendo que la meta de la escritura era hacerse parte de un star system.

Por supuesto, cada vez es más común la dificultad que los autores poseen de editar o tener una recepción adecuada si no poseen una imagen, un personaje o un discurso que se adecue a un relato ya homologado y convertido en tendencia. El número de seguidores es simplemente el primer indicio de una potencial rentabilidad, pero los medios masivos siguen siendo determinantes para el prestigio y el acceso a una mayor exposición, la que conduce al reconocimiento institucional. Digamos que, ante la ausencia de la crítica, los medios y la edición tradicional, como pilares publicitarios de lo corporativo, desde la prensa cultural y la televisión, pueden crear un simulacro que maquilla el amateurismo de aquellos escritores influencers que emplean lo electrónico como primordial medio de expresión.

El foco de resistencia pasa por una revaloración de la crítica y por la acción de comunidades editoriales, de autores y lectores, con programas estéticos y discursivos cada vez más definidos, que trabajen desde los márgenes. Propuestas que no esperen una improbable reseña en los grandes medios ni tampoco busquen subsistir por el deficiente y saturado sistema de subvenciones y premios. Es decir, espacios y agentes que apuesten por una sofisticación, ambición e independencia imposibles en el mainstream. Esta acción se ve claramente en el florecimiento de nuevas editoriales independientes de poesía, como la Uña Rota, Greylock, Ril Editores o Libros de la Resistencia que continúan el trabajo realizado por Aristas Martínez, Torremozas, Arrebato, Varasek, Liliputienses, Amargord, El sastre de Apollinaire o colecciones como Rayo Azul de Huerga y Fierro.

El que la literatura del siglo XXI escape de la hegemonía de lo corporativo depende de que la ciudad letrada tome conciencia de su situación y exija que el dinero público sea empleado para preservar la escritura artística como patrimonio y cultura viva. En otros términos, se deben reformar las políticas culturales para que sean más eficientes, transparentes e inclusivas, con una modernidad más compleja que el seguir los productos editoriales de moda o  ser cajas de resonancia de la política partidista y sus populismos. En este sentido, las instituciones deben buscar gestores que sean profesionales, no escritores convertidos en figuras públicas. Gestores que concilien el conocimiento de sus materias con los intereses de la ciudadanía, que trabajen desde lo local y no estén dispuestos a ceder frente a lo cuantitativo ni al espectáculo. Hace poco falleció Jesús Bárez Iglesias, concejal de cultura del Ayuntamiento de Soria, que fue un gran ejemplo al respecto. Bárez fue una persona muy respetada por su criterio, inclusividad y transparencia, que creó el festival literario Expoesía, que da cabida a la edición independiente.

En esta misma línea, es muy importante el trabajo desde las asociaciones que defiendan los intereses de los autores, editores independientes y lectores asiduos, como en el caso de la Asociación Colegial de Escritores, con su asesoría jurídica y asistencial, como en su defensa de los derechos de propiedad intelectual frente a la inteligencia artificial. Resulta fundamental dejar en claro que la literatura representa un sector cada vez más precarizado, que enfrenta graves problemas como la concentración editorial y la pérdida de la comprensión lectora derivada del consumo electrónico (la irrupción de una cultura postilustrada a partir de la hegemonía de lo electrónico). Esta reformulación de la ciudad letrada, desde sus bases, requiere desmontar la fantasía del escritor o escritora como figura pública o celebridad, que es lo que consume y sostiene al mainstream.

Existe una minoría de poetas y lectores nativos digitales cada vez más exigentes y sofisticados, que exigen un mayor riesgo y trabajo de propuestas poéticas desde el lenguaje. Esos proyectos pueden marcar una diferencia y llegar a ser lo que quede de este inicio del siglo XXI, si logran trazar genealogías y un aparato crítico adecuado. Mas, con dicho propósito, una perspectiva civil resulta asimismo imprescindible. Por esto es necesario reconocer que el realismo, si no fue ingenuo o de sentimentalidad comercial, también  constituye una propuesta artística válida y con una tradición que en Occidente se remonta a lo grecolatino.

En otras palabras, Internet, con el acceso a una cultura posnacional que ofrece grandes referentes y diversidad de modelos, ha acabado con la pasividad de la torre de marfil y los privilegios del mundo burgués, que se intentaban sostener mediante una alta cultura impermeable a renovaciones y supuestas contaminaciones (de allí la tendenciosa, tardía y deficiente asimilación del posmodernismo en España). El reto, intergeneracional pero en el que los nativos digitales llevan el liderazgo, consiste en hacer que la sofisticación estética y discursiva de una minoría perteneciente a las clases medias llegue a hacerse visible, que su escritura artística sea en algún momento digna de reconocimiento o estudio: es decir, que suponga una digna y legítima continuidad con el canon o la tradición literaria, a ambos lados del idioma. Algo que requiere oponerse, en primer lugar, tanto al clasismo como a la tentación de los espectáculos masivos.

*Lázaro Santano, lector editorial, psicólogo y psicoterapeuta.