Pablo Matilla: «Me gustan las historias que no rebajan la complejidad de la realidad»

Pablo Matilla es escritor, profesor de escritura y codirector de la Revista Literaria Kopek; hemos mantenido una charla sobre su interesante visión de la literatura y Barrancos (Témenos, 2023), extraordinaria primera novela; una historia de incomprensión, dolor, redención y silencios tan áridos como el paisaje que habitan y transitan sus personajes.

Todo empezó con un paisaje. Estando de viaje por la Terra Alta, una comarca de Tarragona, me sorprendió su combinación de aridez y belleza: los olivos, las viñas, las encinas, el silencio… Las imágenes y el color de la novela nacen en ese momento.

La historia echa a andar desde ese paisaje, con la misma intención de aunar, si fuera posible, aridez y belleza. Los personajes, la trama, la prosa, las imágenes, los diálogos… Todos los elementos de la novela tratan de expresar esa mezcla de opuestos. Su núcleo se sostiene en una contradicción, en una especie de oxímoron, si se quiere.


Fue esa contradicción la que me atrapó y me hizo seguir escribiendo y reescribiendo hasta llegar al final.

Mi primer libro surgió de una pura necesidad de expresarme, de escribir. Está escrito con rabia, a golpes, a bandazos, a borbotones. A pesar de que los cuentos de La sabiduría de quebrar huesos no narran ningún aspecto autobiográfico (más bien todo lo contrario), para mí escribirlos fue un proceso en carne viva. En ellos quise ponerme en la piel de un puñado de personajes que no tenían nada que ver conmigo, personajes atravesados por la violencia y que habitaban el margen de la sociedad: un asesino, un pederasta, un loco… ¿Qué sienten esos personajes tan oscuros, tan lejanos a mí? Esa búsqueda me generaba curiosidad y me permitió dedicar varios años a un librito de apenas 150 páginas.

En cierto modo, el proceso de escritura de Barrancos fue similar y muy diferente a la vez. Cuando escribía los cuentos, tenía la sensación de expandir la historia de manera, por decirlo así, horizontal. Con la novela me he sentido muy a menudo una especie de minero, picando cada vez más profundamente, en busca de alguna veta de carbón. La familia Barrancos está, igual que los personajes de mi anterior libro, marcada por la violencia, pero la rabia, los golpes, los bandazos, los borbotones que tan lejos me llevaron en los cuentos, no sirvieron para avanzar demasiado en la novela. Tuve que arremangarme, bajar un poco la cabeza y aprender a planificar, a preguntar, a prever. En cierto modo, tuve que aprender a ser más humilde. Aún así, creo que Barrancos es una novela con espíritu de libro de cuentos. Hay una búsqueda de lo esencial, de utilizar los mínimos elementos posibles, de no irse nunca por las ramas (aunque la novela esté llena de árboles): trabajar con una trama sencilla y un reducido conjunto de personajes. Para mí, es indudable que Barrancos es hija de La sabiduría de quebrar huesos.

Quería que Andrés Barrancos fuera un personaje moralmente complejo

Quería que Andrés Barrancos fuera un personaje moralmente complejo. Buscaba que, al menos en un primer momento, la empatía con el lector no fuera inmediata. Quería un sinvergüenza, un vago, un caradura. Y que, poco a poco, fuéramos descubriendo más capas, más elementos que fueran añadiendo complejidad psicológica y emocional. Siempre, como decía en la primera pregunta, trabajando desde las contradicciones.

Cuando empecé a escribir, sabía que tenía entre manos una novela de aprendizaje, me situé conscientemente en esa tradición, en ese esquema. Quería ver a dónde me llevaba. Por tanto, sí puede decirse que Andrés está buscando su identidad para sobrevivir, pero no solo eso. Hasta cierto punto, el tema de la identidad es una excusa para tratar temas que sobrepasan el individuo, cuestiones que lo atraviesan y que van más allá de él: el amor, la muerte, la posibilidad de la reconciliación…

He buscado crear una atmósfera onírica, algo surreal, extraña, en la que la frontera entre los muertos y los vivos fuera haciéndose cada vez más fina. Creo que, hoy en día, casi todo se lee desde una perspectiva realista. Y creo que leer Barrancos desde ese reduccionismo realista sería un error. Desde ese punto de vista, es un libro antiactual, anticomercial. Lo que yo buscaba era un realismo alterado, distorsionado, deformado. Un realismo coloreado con pinceladas de expresionismo, de romanticismo incluso, de surrealismo; con los pies en la tierra y la cabeza en muchas partes.

En este sentido, es muy importante la influencia de la literatura rusa (me obsesiona la literatura rusa). Concretamente, el concepto de ostranénie acuñado por los formalistas rusos es clave en varias decisiones narrativas y estéticas de Barrancos. El extrañamiento geográfico, temporal, incluso un cierto toque exagerado, casi expresionista, en las emociones y la relación entre el protagonista y su padre tienen que ver con esta búsqueda de generar una experiencia de extrañamiento, hasta cierto punto incómoda, para el lector. Me parecía la manera apropiada de mostrar la extrañeza que genera estar vivo. Esa es la emoción que Andrés Barrancos no sabe cómo expresar, no entiende, sobre ella piensa al inicio de la novela y sobre ella sigue rumiando a lo largo de todo su viaje.

para mí la literatura es una búsqueda

Como lector, me gustan las historias que no rebajan la complejidad de la realidad. Dice Sergio Chejfec que “la literatura, si sirve para algo, es para complejizar lo existente”, y creo que tiene razón. Quería que los personajes de la novela fueran difíciles: difíciles de escribir y difíciles de comprender. ¿Para qué sirve un libro si no es para, como escribió Kafka, “ser el hacha que rompa el mar helado dentro de nosotros”? Puede que estas convicciones no tengan absolutamente ningún valor comercial, que estén obsoletas y fuera del mercado, pero son mis convicciones estéticas. Si no, ¿qué sentido tiene escribir?

La lectura es una conversación, un tejido de confianza y complicidad. Los libros tienen, afortunadamente, toda la paciencia que les falta a los escritores. Hay una frase que nunca olvido de La subasta del lote 49, de Thomas Pynchon, que adapto a mis necesidades: “La verdadera literatura nos la proporcionan profesionales que saben sentarse en el banco de la paciencia”. Me gustaría sentarme, con los demás lectores, en el banco de la paciencia.

Como decía al principio, el paisaje es esencial en la concepción de la novela. No en vano en la cubierta aparecen dos piedras. Como curiosidad, no fui consciente de la importancia narrativa que tenían las piedras en mi novela hasta que el diseñador (Dani Rubio, de Arauna Studio) me lo señaló. Dos piedras como metáfora de la arisca relación entre padre e hijo, por supuesto, pero también como un aviso de la recurrente aparición de las piedras a lo largo de toda la trama. Se podría decir que el paisaje es la novela. La naturaleza es la novela.
Los escenarios vacíos son un elemento recurrente en mis textos. En Barrancos, la ciudad, las casas, las gasolineras, el pueblo, todos los lugares están despoblados. Esto tiene que ver, por un lado, con esa esencia de libro de cuentos de la que hablaba antes, de recurrir a lo mínimo, pero también con un deseo de soledad por parte de Andrés. Hay un deseo de silencio presente en muchas escenas, como si Barrancos quisiera escuchar algo dentro de sí mismo, algo que no es capaz de entender pero que se esfuerza en descifrar. Son los otros solitarios, esa “colección de ángeles de la guarda”, como los llamó una buena amiga cuando leyó la novela por primera vez, quienes le van ayudando a entender ese silencio que quiere escuchar dentro de sí: el camionero, la mujer embarazada, el viejo Meseguer, todos ellos son solitarios convencidos, irredentos. Como el paisaje, parece que están convencidos de que siempre estarán solos, pero a través de su soledad tratan de ayudar a Barrancos.
Otro aspecto que también surge del paisaje es la dureza de las relaciones. Varios lectores me han señalado que la novela les parece “muy dura”. Un amigo me dijo que era una novela “a cara de perro”. Lo cierto es que la relación entre Andrés y su padre no es fácil, hay un claro maltrato (aunque no quería centrarme solo en eso), pero no considero que la novela sea especialmente dura. Lo que no quería era dulcificar o facilitar las cosas.

Para mí la literatura es una búsqueda. La literatura no es mi manera de ver la vida, es mi manera de vivir. Si no estoy escribiendo algo me siento inquieto, irreal, como un fantasma. Así que la literatura es la manera de dejar de ser un fantasma, de volver a ser, aunque solo sea un rato y a breves chispazos, real otra vez. Voy deambulando por ahí, transparente, ingrávido, igual que el padre de Barrancos le habla en la oscuridad, le roza a veces con su mano espectral, y no me vuelvo real hasta que converso con la voz de los libros. Por eso Barrancos expresa mi manera de entender la literatura: ese lugar en el que la realidad se vuelve más real, en el que la frontera entre los vivos y los muertos casi (casi) se desvanece.

¿Es beneficioso para un gestor financiero trabajar en otras actividades? ¿Sería positivo que, no sé, trabajara como pescadero? ¿Como enterrador? ¿Debería un barrendero trabajar como escritor? ¿Debería un escritor ser profesor o marchante de arte o deshollinador o psicólogo?

Diría que sí. Creo que un gestor financiero, un pescadero, un enterrador, es decir, un escritor, debería ser muchas otras cosas. Que trabaje de cualquier cosa, de lo que pueda. De lo que le dejen. Me da la sensación de que un carpintero que se pasa la vida haciendo muebles acaba apoltronándose. Ser solo un profesional no es bueno. Me da la sensación, aunque no lo sé, claro, ¿quién lo va a saber?, de que si solo te dedicas a escribir alguien te acaba robando el banco de la paciencia, y sin ese banco no hay manera de escribir nada que valga la pena. ¿Dónde está, por cierto, el mío? Creo que me lo han birlado.

Necesito que sea algo diferente a todo lo anterior. Así que estoy tratando de ver cómo voy a ser capaz de huir de mí mismo y escribir desde otro lugar, algún lugar en el que no haya estado nunca. Estoy buscando: la búsqueda es lo más interesante, lo más emocionante.

*Lázaro Santano, lector editorial, psicólogo y psicoterapeuta.