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Fotografía de: Asís Ayerbe

Elvira Navarro: «Una sociedad que favorece las artes es una sociedad que amplía la posibilidad de mirarse con distancia»

Elvira Navarro es licenciada en Filosofía, escritora, profesora en talleres de escritura y colaboradora en diferentes medios. Actualmente tiene una columna de opinión en Mujeres a seguir.

Ha sido editora en Caballo de Troya en 2015.

Su obra ha sido merecedora del XXV Premio Jaén de Novela, del XXVI Premio Andalucía de la Crítica en la modalidad de relato o el IV Premio Tormenta al mejor nuevo autor. Entre sus libros podemos destacar La ciudad en invierno (Caballo de Troya, 2007), La ciudad feliz (Mondadori, 2009) o La trabajadora (Random House, 2014).

Su último libro La isla de los conejos (Literatura Random House) —mejor libro español de relatos 2019—, consta de once relatos calados de una cotidianidad viscosa e inquietante que evoca situaciones limítrofes con lo patológico. Una de las voces más interesantes de la narrativa española, creadora de un universo literario en constante exploración de la extrañeza y de ese impreciso artificio que llamamos normalidad.

Grosso modo y a riesgo de generalizar, ¿por qué hay tanta gente que no lee?

A riesgo yo de equivocarme, diría que la lectura es un encuentro que se tiene habitualmente a edades tempranas, y en el que intervienen dos elementos: uno, incontrolable, es dar a esas edades con un libro que sea tan apasionante como tus juegos, pelis o grupos favoritos, y que te enganche a la lectura; el otro es contextual y más controlable, y pasaría por una serie de elementos, como la apreciación social de la cultura, que será mayor cuanta más comprensión haya de que leer, al igual que otras artes, hace que la vida sea más rica a muchos niveles, desde el más básico del entretenimiento hasta el más elevado de la comprensión de lo humano. Dentro de este aspecto, otro elemento sería que la lectura fuese algo esencial y muy presente en todos los tramos educativos. Pero España tiene una asignatura pendiente con la educación, y no digamos con la valoración de la cultura. Supongo que eso es fruto de que no somos un país próspero, de que no hubo Ilustración (hemos pasado de la Edad Media a la Postmodernidad sin catar apenas la Modernidad) y de que la Iglesia haya monopolizado hasta hace tres días la educación y una manera de entender el conocimiento que se asimila al dogma.

¿En qué contexto decidiste dedicarte a escribir?

Pues muy chiquita. Desde los seis o siete años fui una lectora voraz, y un verano, después de leerme un libro que se llamaba Montes, pájaros y amigos, de Monserrat del Amo, me dije que yo quería hacer exactamente eso: crear con la palabra un mundo donde hubiera todo lo que a mí me gustaba. Tenía once años. Fue como una revelación.

Cualquier cosa que nos pasa casi siempre es comunicada, y en esa medida tiene un efecto más allá de uno mismo.

¿Qué influencias siguen siendo más determinantes en tu escritura?

Dostoievski siempre, y luego han ido cambiando según mi edad y mis intereses. Supongo que los autores que leí en mi adolescencia y primera juventud fueron determinantes: Kafka, Edgar Allan Poe, Marguerite Duras, Milan Kundera, Italo Calvino, Camilo José Cela, Carmen Laforet, Miguel Delibes, Rosa Chacel, Carmen Martín Gaite, Ignacio Aldecoa, Carson McCullers, Patricia Highsmith, Clarice Lispector, Julio Cortázar, Jorge Luis Borges, Roberto Bolaño, Thomas Bernhard, Doris Lessing, J.M. Coetzee, Paul Auster, Ana Blandiana, Lydia Davis y Belén Gopegui. ¡Pero me estoy dejando a muchos otros! Los escritores que más me han impactado recientemente son Curzio Malaparte, a quien no había leído, y que es un genio, y Olga Tokarczuk. Y me encanta lo que están haciendo algunas autoras latinoamericanas de mi quinta, especialmente Mariana Enríquez.

En tu blog Periferia relatabas —entre otras cosas— tus paseos por la periferia de Madrid. ¿Qué aprendes paseando por las periferias?

No tengo una intención tan didáctica. Camino por gusto y por curiosidad. Por otra parte, en Madrid he vivido en bastantes barrios y creo que es natural para cualquiera salir a caminar por donde vive, verlo, vivirlo. De todo ello a lo mejor aprendo algo, sobre todo cuando me acompaña alguien que sabe de ese sitio. Cuando escribía el blog intentaba que alguna persona que viviera en la zona que visitaba me acompañase, y también que me contaran historias de los barrios, de esas que sólo saben quienes han vivido mucho tiempo en ellos y recogen la memoria de los abuelos y de los padres. Además, mi pareja es arquitecto, y sabe ver y contar la ciudad mucho mejor que yo. Desde hace unos años, es mi principal fuente de conocimiento sobre la ciudad.

Por cierto, ¿qué fue de él?

El blog está parado y tengo a medias un libro sobre los barrios que recoge el espíritu del blog, aunque no sé cuándo lo terminaré.

Cuenta Jorge Carrión en su libro Contra Amazon que mientras paseaba con el escritor Iain Sinclair por el centro de Londres invadido de carteles y publicidad este le dijo «Expulsaron a los habitantes legítimos de esta zona, derribaron sus casas proletarias, construyeron esos bloques de edificios que ignoran su origen homicida, sin raíces en el territorio». ¿Qué parte humana está arrancando la gentrificación masiva de los barrios del centro de cualquier ciudad?

La globalización se traduce en que las grandes multinacionales condicionan las políticas y la idiosincrasia misma de los países. Se hace negocio con los centros históricos, que se convierten en escenario para turistas; los alquileres de los negocios de toda la vida suben y sólo los pueden pagar las franquicias, el centro se vacía de su particularidad y se llena de H&M, Zara, Starbucks, Burguer King y su variante pija, la llamada “cocina internacional”, servida en restaurantes cuquis. Da igual que estés en Londres, Barcelona, Madrid o Segovia: todos los lugares terminan siendo iguales, cada vez es más difícil ir a un sitio y toparte con negocios de productos locales y restaurantes de comida casera, familiares, que antaño eran de calidad y baratos, donde además de probar los sabores propios de cada región te encontrabas con la gente que vivía allí, y no con otros turistas como tú. También sube el alquiler de los pisos, y las calles acaban siendo inhóspitas debido al continuo tránsito, los bares y restaurantes para guiris, tan caros como malos, y a que terminas haciendo la compra en El Corte Inglés o en el Opencor.

Marta Sanz decía en una entrevista «Me interesa una literatura que cuestione los esquemas retóricos, que se implique en la realidad y reivindique nuestro lugar en el mundo como ciudadanos». ¿Puede la literatura contribuir a la transformación social?

Puede contribuir a la transformación individual, que en verdad nunca es del todo individual, porque somos seres sociales y vivimos con los demás. Cualquier cosa que nos pasa casi siempre es comunicada, y en esa medida tiene un efecto más allá de uno mismo.

En tus libros suelen aparecer personajes limítrofes a la ‘locura’ o cruzados de abundantes elementos ‘psicopatológicos’, ¿qué encuentras en esos personajes? ¿tienen alguna intención explicativa del presente?

Tiene primeramente una intención literaria: romper los códigos a veces demasiado estrictos del realismo. Y luego también señalar que la realidad es siempre una construcción, una gran alucinación individual y colectiva, en la medida en que no hay un acercamiento a los hechos puros sin que medie la interpretación. Quizás el presente, debido a la virtualidad, lo exacerba, pues ahí interviene aún más la proyección sobre el mundo. Si algo estamos aprendiendo es que da igual lo fundadas que estén las interpretaciones de los hechos: lo determinante es lo que la gente quiere creer. De ahí el poder de las fake news, y que dé igual lo que hagan los políticos: les basta con el marketing. Y está también el tema más evidente de la relación entre la precariedad (laboral, sentimental) y las patologías, que no es nuevo. Lo único que es nuevo es que desde el siglo XIX existe la psicología como disciplina que aspira a ser científica, que pone luz, pero también sombra, en todos esos procesos. Con lo último me refiero a que hay una tendencia a patologizar todo. Sin duda la industria farmacéutica está muy contenta.

Una sociedad que favorece las artes es una sociedad que amplía la posibilidad de mirarse con distancia, pensarse a sí misma, ampliar horizontes y hasta quererse más.

¿Qué relato de la La isla de los conejos es más representativo de la sociedad actual?

Quizás, por la urgencia que parece estar tomando el asunto del cambio climático, el que da nombre al libro, donde un falso inventor introduce conejos en una isleta para modificar el ecosistema, y al final acaba horrorizado por el resultado.

En tu libro La trabajadora «Susana nunca se comportaba como cabía esperar de alguien que no había dado más que tumbos, que no había conseguido nada de lo que ansiaba, que casi en la cincuentena vivía en una precariedad poco envidiable». Según lo que observas a tu alrededor. ¿A qué obliga la precariedad en el contexto cultural español?

Esa cita es para mí una poética. En literatura los lugares comunes son poco interesantes, también en la construcción de los personajes, pues en ellos el pensamiento navega por vías consabidas. No hay creación. Contestando a vuestra pregunta, la precariedad en el contexto cultural español es la pescadilla que se muerde la cola. Los escritores nos apañamos un poco mejor, porque escribir sale barato, pero sacar adelante una película debe de ser una odisea. Desde luego, si hay pocos medios, la producción cultural es menor, y eso siempre afecta a la salud del espacio público. Una sociedad que favorece las artes es una sociedad que amplía la posibilidad de mirarse con distancia, pensarse a sí misma, ampliar horizontes y hasta quererse más.

Hay una tendencia a patologizar todo. Sin duda la industria farmacéutica está muy contenta.

Cada vez son más los creadores que comentan —en espacios seguros— que han decidido no opinar libremente en las redes sociales por temor a los linchamientos y a como eso pueda afectar negativamente en sus oportunidades laborales. ¿Puede estar permeando ese ‘silencio preventivo’ en la creatividad adaptando lo que se escribe a lo políticamente correcto de turno?

Yo creo que hay hartazgo hasta de los linchamientos. Para bien y para mal, todo se olvida con mucha rapidez hoy. Hay una dinámica perversa y agotadora. A menudo unos y otros siguen exactamente la misma lógica, lo cual anula el contenido. Al final lo único que ves es unos que acusan a otros que a su vez devuelven la acusación. Son indistinguibles. Como en la política. Es puro ego. Por otra parte, se genera la paranoia de que todo el mundo está atento a lo que dices y eso es una especie de psicosis, porque no solemos ser tan importantes como para que se esté pendiente de nuestras opiniones, y porque además los circuitos son bastante reducidos. Creemos que le estamos hablando al mundo, pero sólo hablamos a los nuestros. A todo esto yo sumaría el cansancio ante la opinión. Tanta gente opinando sobre todo las veinticuatro horas del día vuelve irrelevante lo que decimos. En cuanto a la autocensura en las obras, tengo la confianza de que un verdadero creador la sortea. Es su deber. Un libro timorato donde lo que más brilla es la preocupación de su autor o autora por dar una buena imagen de sí mismo es un libro mentiroso y estúpido. Un mal libro. La corrección política impide nombrar los conflictos, los oculta, y su función fundamental es el blanqueamiento de nuestra propia imagen (de nuevo el ego), evitar la mala conciencia. El otro día puse en un artículo una cita de Houria Bouteldja, una militante política franco-argelina que tiene un libro buenísimo sobre la doble moral de los occidentales blancos. El libro se llama Los blancos, los judíos y nosotros, y ya que me dais espacio, os copio la cita, porque es esclarecedora: «Ese aparato político-ideológico es el sistema inmune blanco. Innumerables anticuerpos han sido así secretados. Entre ellos el humanismo y el monopolio de lo ético. Los más antirracistas son ustedes. ¿No celebraron muchas veces la lucha de Martin Luther King contra la segregación? Los más indignados por el antisemitismo son ustedes. ¿No han sacrificado mil veces a Louis-Ferdinand Céline, a Klaus Barbie y a tantos otros en las hogueras de la plaza pública? Ustedes son los más anticolonialistas. ¿No se postraron ante el coraje y abnegación de Nelson Mandela? Los más sensibles al “subdesarrollo” de África, ustedes. ¿No vertieron toneladas de arroz sobre el continente de la miseria para después preconizar que no hay que darle pez al africano sino enseñarle a pescar? Ustedes son los mayores implicados en las causas humanitarias. ¿Acaso no han cantado por África? Los más feministas son ustedes. ¿No fijaron su atención en la suerte de las mujeres afganas y les prometieron salvarlas de la barba de los talibanes? Ustedes son los más antihomófobos. ¿No se han entregado en cuerpo y alma a la defensa de los homosexuales en el mundo árabe?».

En cuanto a la autocensura en las obras, tengo la confianza de que un verdadero creador la sortea. Es su deber.

¿Se abusa, a veces, de algunas formas de victimismo en las redes como ascensor digital?

Sí, en el sentido que he apuntado más arriba. Quedar por encima del otro es presentarse como más víctima que el otro. No es algo nuevo de las redes, está en el corazón de la cultura judeocristiana. Sirve para manipular a quien tienes enfrente inoculándole la mala conciencia para doblegarlo. Es un poder que no va de cara, y a menudo quien lo usa ni siquiera se da cuenta. El victimismo es siempre un chantaje emocional que muchos experimentamos desde niños, en nuestras familias. En La genealogía de la moral, Nietzsche hace un análisis buenísimo de este asunto.

Escribías hace unos días en un artículo «Hay a quienes la desafección por la política y las instituciones les parece peligrosa; a mí, sin embargo, me parece más peligroso seguir confiando en unas élites que han dejado de velar por todos nosotros y han destruido las instituciones. Si después de este agónico año donde la gestión ha sido un desastre seguimos confiando en los mismos (y hablo de todos los partidos), será porque, como sociedad, ya no tenemos remedio». ¿Le interesa a la clase política/élites tenernos enfrentados/entretenidos constantemente en este absurdo bucle de todos contra todos?

Lo peor es que yo no creo que sean ellos quienes nos tienen entretenidos en una guerra de todos contra todos, sino que ya nos entretenemos nosotros solos en esa guerra. No hay nada como acusar a los demás para sentirnos por encima de ellos, porque halaga de manera fácil nuestra vanidad.

¿Va a cambiarnos en algo la pandemia?


Si no nos han cambiado las guerras y otras calamidades muchísimo peores, no creo que lo haga la pandemia.

Si algo estamos aprendiendo es que da igual lo fundadas que estén las interpretaciones de los hechos: lo determinante es lo que la gente quiere creer.