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Julio Botella: «El arte no es inocente»

El escritor y artista plástico Julio Botella nos ofrece en Huéspedes (De Conatus, 2021) ocho sugerentes relatos que rastrean episodios medulares de las biografías de personas que víctimas de diferentes formas de maltrato: abusos infantiles, acoso escolar, daños encubiertos que ocurrieron en los intersticios apenas visibles de la cotidianidad más sutil. Individuos dañados por herencias psicológicas que parasitan inevitablemente su trayectoria vital.

«¿Sabrán los conejos que atraviesan de noche los jardines, que van dejando un rastro de blancas, nítidas, inmaculadas huellas?».


¿Cómo surgió Huéspedes?

Los relatos que componen Huéspedes surgen por separado en una época de mi vida en que el impulso por escribir conquista el puesto de «prioridad» entre mis ocupaciones tras décadas de silencio, y cuando el desmoronamiento de mi vida profesional arrastra tras de sí el de mi vida personal. ¡Es como si despertara de un coma creativo y cultural de décadas, y se liberaran las fuerzas artísticas oprimidas! Como libro, como unidad narrativa, toma cohesión cuando, gracias a la editorial De Conatus, veo que los relatos tienen un potencial que los vincula y cohesiona convirtiéndolos en algo nuevo y diferente.

En el relato que inicia el libro, un padre, dice a una hija insegura «No hay escape. Este es mi rastro, hija, la herencia que no sé cómo evitar legarte». ¿Hasta qué punto crees que pueden llegar a ser ‘significativamente deterministas’ algunas herencias psicológicas?

No creo que las herencias psicológicas tengan, o al menos no siempre, ese carácter «determinista», aunque sí influyente. Creo que son un factor de peso que se suma a otros factores, psicológicos o no, en la urdimbre del carácter del individuo. Lo que me atrae tanto de ellas es su invisibilidad, que nos acompañen escondidas como polizones en la zona de sombra, su capacidad de camuflaje y también su inevitabilidad, el misterio de cómo germinan siempre aunque uno se esfuerce en lo contrario.

No creo que las herencias psicológicas tengan, o al menos no siempre, ese carácter ‘determinista’, aunque sí influyente.

Los ocho relatos de Huéspedes forman un conjunto de historias con carácter unitario: rastros distintos desde los que observar, con más perspectivas, el origen de algunos de los males que con frecuencia se van larvando desde lo cotidiano. ¿Qué papel puede tener el arte en la visualización de ciertos problemas psicológicos que permanecen subterráneos?

La expresión artística, sea plástica, literaria, musical etc., aflora, deliberadamente o no, algo de lo que hay ahí escondido, porque «eso», ese «pasajero», influye en nuestra visión del mundo y las artes son una forma de relación con el mundo y con nosotros mismos. Hace mucho tiempo que el arte está integrado en muchas formas de terapia y que por ejemplo, el art brut está culturalmente reconocido. En mi caso, decidí tomar en serio como trabajo artístico mi «autoterapia ocupacional», casi artesanal, por el valor que adquiere para mi y para el receptor al compartirlo con él, al colectivizarlo. Por eso, mi primera exposición (Bogotá, 2020) se llamaba «Estado Mental» y tenía de fondo la pregunta: «¿Podremos sobrevivir como especie sin la anestesia de una terapia ocupacional colectiva?»

julio borella
‘El pasajero’, de Julio Botella

¿Qué obras (literarias, audiovisuales, musicales… ) te han inspirado durante su escritura?

Huéspedes es un libro donde en el estilo, de fondo, se da mucha importancia a las atmósferas, a lo que no se cuenta, y al lugar desde donde se permite al lector observar. En ese sentido, puede haber un rastro del Ambrose Bierce de Cuentos de Soldados y Civiles, de los cuentos de Ana María Matute e incluso del Goscinny de El Pequeño Nicolás, entre otros muchos. Pero también de Tom Waits, The War On Drugs, Parálisis Permanente, o del Cante Jondo, no sé.

Las artes son una forma de relación con el mundo y con nosotros mismos.

Estos días puede visitarse en Madrid tu exposición Obra gráfica. ¿Qué podemos ver en ella?

En la exposición en la galería José Rincón se muestran parte de las series y ediciones en las que trabajo desde 2019, ‘Estado Mental‘, ‘El Pasajero‘, ‘Malocas Cósmicas‘ y ‘Lux‘. Todas tienen una unidad en cuanto a lo heterodoxo del uso de la técnica del gofrado, la iluminación por punteado a mano de todas y cada una de ellas y el uso de medios cercanos como el papel, la acuarela o el rotulador. Son expresión del lado irracional de la creación plástica, de mi obsesión terapéutica por la repetición y alteración compulsiva de patrones visuales y de mi fascinación por la expresión humana desde los márgenes, como el arte rupestre, el infantil, el art brut o el street art. También de mi atracción por el misterio y el sentido del humor. Me imagino que si hubiera nacido a finales del XIX, con suerte, hubiera sido algo más cercano a Dadá que otra cosa.

¿Existe alguna relación entre tu obra pictórica y tu obra literaria? ¿Se retroalimentan esas dos facetas?

No creo que se retroalimenten tal cual porque son «negociados» independientes y muy muy diferentes, y esto es precisamente lo que hace que al volcarme en una de las tareas, me pueda «oxigenar» o desconectar de la otra, lo que es emocional y metodológicamente muy liberador y creo que contribuye a que cada faceta avance firme por separado. Ahora bien, tengo que reconocer que últimamente me parece que sí hay algo que comparten, que las relaciona y que orbita alrededor de la ajenidad y la alienación, aunque me imagino que eso está en la base de cualquier expresión artística. Por otro lado, el hecho de que las unidades (relatos, cuadros, grabados) sean siempre independientes pero parte imprescindible de una unidad o pieza mayor, puede ser también un punto de relación entre ellas en la concepción con que abordo cada proyecto.

La función desenmascaradora de las artes es algo inherente a su propia naturaleza.

El crítico de arte australiano Robert Hughes defendía que una obra de arte no impone significados y puede ser educativa, que el significado es construido desde sus centros imaginados llevando de la mano al espectador para descubrirlo. ¿Qué puede aportar el arte a una sociedad asediada por las opiniones categóricas y la intolerancia?

Las artes, cualquiera de ellas, nos enriquecen cuando logran ayudarnos a ver de nuevo el mundo desde otra perspectiva y replantearnos a nosotros mismos y nuestro lugar en él. En este sentido, arrojando luz, su aporte es innegablemente positivo, ya sea individual o socialmente. Digamos que su función desenmascaradora es algo inherente a su propia naturaleza. Y hoy en día estamos abordando y cuestionando prioritariamente asuntos, problemas y conflictos que hace sólo unas décadas eran residuales. En cierta forma estamos conquistando un nuevo territorio sociocultural, una nueva frontera de la creación y el pensamiento. Sin embargo, no debemos olvidar que el arte también forma parte de los paradigmas culturales dominantes en la sociedad, generalmente asociados a élites de poder, todos cuestionables y revisables pero coyunturalmente hegemónicos. En este contexto, esa élite suele tender a cierta «guetificación cultural» de lo que no es complaciente con el paradigma, con su punto de reparación, pero también de revanchismo. Y ahí es donde se genera la vulgarización de las opiniones, el etiquetado del otro y la intolerancia. El arte no es inocente.