Todas las mentiras, de Carlos Manzano

Carlos Manzano: todas las verdades por descubrir

La narrativa, como género literario, ofrece una capacidad creativa que desborda a la imaginación, tan de sobra admirada: en la construcción de un relato ficticio, el buen relato o la novela excelentes son capaces de dibujar la verdad que se esconde en los entresijos de la vida cotidiana. Escribiendo en general, nunca generalizando, ningún género es más humano que la narrativa. Incluso cuando los personajes son animales, seres fantásticos o plantas, como en el caso de La tribu de los árboles, de Stefano Mancuso, siempre se representa un punto de vista humanizado, ligado a nuestro cuerpo, nuestra mente y nuestros sentidos.

            A buena novela se la reconoce, por tanto, por la pericia de su autor para contar algo que va a interpelar muy directamente a los lectores. Que el género al que pertenece obligue a un contenido muy humano exige igualmente que lo narrado logre captar sumamente la atención del lector y reflejarse, de algún modo, en el texto, congeniar o rechazar a los personajes, sentir, en resumen.

            Pues bien, Zaragoza sigue siendo cuna de voces interesantes para las letras españolas. Una de ellas es Carlos Manzano, un novelista de raza que probablemente sea desconocido fuera de la patria chica aragonesa. Manzano ha publicado sus últimas novelas en una editorial solvente e independiente, La Fragua del Trovador, y desde ella ha ido conquistando a un público creciente. Su última entrega con la editorial zaragozana, Todas las mentiras (2023), es una buena muestra de su pericia con las letras con entrega y con pasión.

Todas las mentiras

            Todas las mentiras parte de un territorio tradicional en el género, que es el derrumbe, y una solución igualmente trillada a lo largo de la historia, que es el viaje, ya sea físicos, psicológico, mental, psicodélico o espiritual. Hasta aquí, esta nueva creación de Carlos Manzano podría no ofrecer nada singular si no fuera porque no abarca el fin de un modo de vida en su protagonista, Isidro, y su tropiezo revelador, al estilo de Pablo de Tarso, sino que el autor es capaz de situar al lector con gran determinación en una tierra de nadie circunstancial que define el día a día de millones de personas en la sociedad híper conectada, externalizada e irreflexiva de nuestros días: no existe un abatimiento profundo como no existe un reconocimiento suficiente de lo que está sucediendo. Isidro se encuentra con una serie de circunstancias que parecen confabularse sibilinamente contra él. Lentamente, entre su acción y su inacción, el firme sobre el que apoya su modo de vida comienza a perder vigor. El edificio de su existencia se desmorona. Mientras lidia con las circunstancias, sus fuerzas y su potencia mental se agotan. Sólo puede observar su propio hundimiento, como el emperador que, después de la batalla, perdió su imperio, o el país que aspiraba a conquistar el mundo cuando es incapaz de repeler al enemigo al que consideraba inferior.

            Mientras tanto, el mundo exterior al protagonista que Manzano narra en la novela sigue su curso, imparable. No es aquel, sin embargo, que contó León Tolstói en Resurrección, con su fuerza natural transformadora. En el universo de Manzano esta naturaleza imparable existe, pero lo hace detrás de las muchas capas de ficción que impone la sociedad digital de nuestro tiempo, donde estar triste o abatido se considera muy frecuentemente un signo de inexcusable fragilidad. ¿Cómo no ser feliz en un tiempo de amor barato, relaciones sexuales fáciles de alcanzar y placebos fáciles? Precisamente por ello, por la inconsistencia de nuestro tiempo, la infelicidad prolifera como una enfermedad de múltiples rostros que amenaza con convertirse en una pandemia global de muy larga duración. En Todas las mentiras, Isidro sufre su propio apocalipsis: el amor, el sexo, el trabajo, las relaciones interpersonales, nada de lo social lo habrá de salvar. Sólo encuentra consuelo en la música clásica y es cuando comienza el viaje, la metamorfosis, que de la mano de Manzano se convierte en un proceso psicológico. Porque así es la literatura de Carlos Manzano: analiza la esencia de la personalidad con las que va a dotar a cada personaje y dibuja su narración en una actualidad de la que es difícil no sentirse reconocido. Sin embargo, Manzano sí regresa a la raíz profunda de la cuestión sobre la que se ha propuesto escribir: en definitiva, ¿qué hace Isidro, si no es bucear en su interior para encontrarse, hasta cierto grado, a sí mismo? Por más fastos que sucedan fuera, el ser sin sí mismo es la nada, el vacío, un fantasma que deambula sin rumbo por la existencia material.

dibujar la verdad que se esconde en los entresijos de la vida cotidiana

            No contaré cómo se desarrolla esta magnífica novela ni cómo termina para no incomodar al lector. Sí que insisto en la maestría con la que está escrito este libro. Carlos Manzano vuelve a recordar a su público por qué sus novelas merecen la pena ser leídas, y cada nuevo título, aguardado con ganas. La desafección, el desengaño y la soledad son los tres pilares que impulsan Todas las mentiras. Pero que no se desespere el lector, que esta no es otra de tantas novelas catastrofistas: el final es luminoso y esperanzador. Les invito a descubrirlo de la mano de este autor desbordante y lleno de pasión por la literatura y de una editorial, La Fragua del Trovador, que ha dotado a cada ejemplar de la novela de unas elevadas calidades materiales. Si no lo han hecho ya, Todas las mentiras les revelará la verdad de la buena lectura: sosiego, serenidad y placer. No se la pierdan.

*David Lorenzo Cardiel (@davidlorcardiel), es filósofo, escritor y crítico literario.