La cicatriz de Ulises, de Erich Auerbach

Auerbach, una historia de amor llamada literatura

Si usted, lector, se encuentra recorriendo estas líneas con el sutil movimiento de su iris, muy probablemente pertenezca a un clan insólito, sibilino, pasajero, escindido, escondido y silencioso. Los lectores acérrimos tenemos multitud de rasgos en común, aunque existe uno que sobresale por encima del resto: nos reconocemos por el amor hacia los libros.

Donde vivo, tengo una vecina, hacia quien tengo un aprecio muy elevado, que se queja de que su marido es un adicto por los libros. «Me tiene harta, es casi una enfermedad», enfatizó un día, hablando en la calle sobre el afán de reunir esos misteriosos objetos rectangulares, de proporciones áureas, forjados mediante tinta y papel. Y es posible que tenga razón. Ella es una mujer culta, pero sabe desprenderse de los libros. A algunos de nosotros nos cuesta, en cambio, alejarnos de nuestros amigos de celulosa. Pasados los años, reunidos en un volumen suficiente hasta conformar lo que se llama una «biblioteca», los libros son el mejor biógrafo de sus dueños. Cuentan sus asperezas vitales, sus alegrías, sus aciertos y sus desaciertos. Si detrás de una biblioteca se encuentra un intelectual, entre los miembros de tan peculiar ciudad de la palabra muda aparecerán dedicatorias a fondo perdido de personas que fueron como hermanos queridos, pero dejaron un día de serlo, de compañeros sutiles, de amantes furtivos. El sufrimiento y el júbilo, pero también la serenidad y el tangible paso del tiempo dialogan con el observador curioso de una biblioteca que reúna la vida de un lector. Ahora que algunos sonámbulos de las redes sociales critican la propiedad privada de libros poco menos que como un escándalo tardocapitalista, leer cura de tener un cerebro infantil que le conduzca a tropezar con tan ignorantes deducciones. Política, de Aristóteles; Utopía, de Moro; Contra aquellos que nos gobiernan, de Tolstói.

Si tuvieran una biblioteca, no de mil ejemplares, tan sólo de estos tres, no dirían tantas tonterías y harían algo de provecho con su hermosa existencia.

A modo de homenaje, pero también de declaración de amor hacia la literatura, la siempre al quite editorial Acantilado acaba de publicar La cicatriz de Ulises. Horizontes de la literatura universal, un conjunto de artículos, ensayos breves y cartas donde el erudito y crítico literario berlinés Erich Auerbach despliega su devoción por esta pasión que nos une a usted y a mí, leer. Tan simple como leer, tan complejo como comprender qué se esconde detrás del galimatías de letras y significado. El volumen, de menos de doscientas páginas, ofrece al lector una serie de textos variados de una muy alta calidad. Algunos no fueron pensados para ser leídos, de ahí que su belleza se multiplique, lejos de la impostura que siempre existe, por fugaz que ésta sea, cuando una pieza está diseñada para la mirada ajena. Otros, en cambio, denotan el esfuerzo del intelectual por decir con plenitud cuanto pretende alcanzar mediante los límites, siempre estrechos, del lenguaje. Muchas de las piezas son emocionantes y algunos de los momentos, sencillamente sublimes.

Pongo un ejemplo donde Auerbach escribe sobre Proust que, espero, servirá de aperitivo al lector: «(…) Así, ese hombrecillo (interior) del tiempo es infinitamente más tenaz y de mejor paño que el cuerpo postrado en cama en el que vive, atormentado por sofocos, y el narrador tan infinitamente superior en cuanto a objeto. El yo teme y sufre; el narrador, libre del mundo, no aferrado a los tambaleantes pasamanos del tiempo que no deja de transcurrir, profundamente sumergido en el curso interior de lo que él siente y en la melodía de su expresión, transita, intacto e intocable, por el camino real cuyo final no intuimos, pero cuyos incontables recodos y perspectivas se parecen a una meta en la medida en que ellos mismos son la purificación y la liberación que cada hecho histórico exige y que se ofrecen también a aquel que lo examina con lealtad».


A la maravilla de estas reflexiones (sobre la construcción del yo, la vida como narración, el vacío y la plenitud en la existencia y en la experiencia vital) se suma la estructura del libro. La edición de Matthias Bormuth divide el libro en dos partes. La primera, la serie de ensayos breves que abarcan autores como Montaigne, Vico, Dante, Virgilio, el mencionado Proust, y un par de reflexiones más universales, como la disertación que dota de título a esta recopilación, La cicatriz de Ulises (sobre la Odisea y su inmortalidad, como demuestra su vigencia y el interés, también en otras artes, como las cinematográficas, ahora que se aproxima lentamente el estreno de la nueva versión en la gran pantalla) y Filología de la literatura universal. La segunda parte recoge una breve serie de cartas escogidas a personas de la intelectualidad europea, como Walter Benjamin, Erwin Panofsky, Thomas Mann o Siegfried Kracauer, entre otros. En total, entre artículos y correspondencia, suman una veintena de textos. El recuento, lejos de parecer escueto, se hace delicioso, precisamente por la exigente selección de Bormuth. Además, las cartas aparecen explicadas en su inicio, un detalle que agradezco sobremanera: aunque me considero –lo soy– un hombre famoso por su excelsa cultura, no soy Dios ni lo pretendo ser, por lo que carezco de omnisciencia. Conocer en profundidad los siempre tortuosos vínculos personales que nos alejan o entrelazan los unos a los otros y, en este caso, los de Auerbach, me ha permitido aprender todavía más sobre su figura.

He de reiterar mi admiración hacia Acantilado por traer al castellano libros que una y otra vez merecen el adjetivo, nada elocuente ni exagerado, de «maravillosos». La cicatriz de Ulises, sin duda, corresponde a este abanico de la excelencia editorial de nuestro tiempo. La obra cuenta con la traducción de Daniel Najmías que, bajo mi apreciación, ha hecho un trabajo sumamente delicado.

¿Qué más decir de un libro, más bien de una lectura, abrumadora, rutilante? Sí, una cosa más. Llegará un día en que moriremos. Nuestras pertenencias materiales y nuestros deseos quedarán aquí, a la espera de ser devorados por los procesos naturales y el tiempo. Nuestros libros serán adquiridos, muy probablemente, por los mayores libreros que conozco, los dueños de puestos en los mercadillos de domingo de las plazas de nuestras ciudades. Y la memoria de nuestras bibliotecas se desvanecerá con su destrucción. Pero, y mientras tanto, viva y lea, sea feliz. Adquiera esta joya, gócela una y cientos de veces más en lecturas profusas, a las que regresar y que recomendar. Porque en esto consiste habitar este mundo: disfrutar de su belleza con humildad y conservarlo haciendo el bien. Esta joya les espera.

*David Lorenzo Cardiel (@davidlorcardiel), es filósofo, escritor y crítico literario.