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laury leite la gran demencia
© Fernando Garcia del Real

Laury Leite: «La mayor enfermedad es el egoísmo»

La ­gran demencia (Huso Editorial, 2020) es la última novela del escritor Laury Leite (Ciudad de México, 1984). En ella, a través de la vida privada de una familia, asistimos a la desestabilización íntima causada por el choque con la historia colectiva, los anhelos desorientados, el fracaso de los movimientos de la contracultura de las décadas de 1960 y 1970, la derrota de los ideales, la desilusión generalizada de una sociedad egoísta obsesionada con el dinero y atomizada por la ambición.

¿Puede funcionar el arte de contrapeso a un mundo secuestrado por la ‘locura’ y la desidia?

«El arte crea un mundo autónomo con un lenguaje, una lógica y una verdad propios».

Un interesante experimento literario que invita a pensar en las posibilidades subversivas del arte.

Comentas que La gran demencia «es un ensayo sobre la naturaleza subversiva del arte». ¿Qué obras artísticas te gustaría destacar como potenciales artefactos de cambio social?

Creo que hay muchísimas obras de arte que han cambiado la sociedad a lo largo de la historia. Desde las pinturas rupestres a “La fuente” de Duchamp, las obras de arte han trastocado la forma en que nos relacionamos con el entorno y con nosotros mismos. Pero es verdad que a partir de las vanguardias del siglo XX la idea de cambiar las sociedades por medio del arte cobró una mayor visibilidad. Ahora bien, una obra de arte siempre genera cambios en la esfera privada de una persona, en la manera en que mira las cosas, y este pequeño cambio puede terminar promoviendo cambios mayores. Para mí ahí radica la verdadera naturaleza subversiva del arte. Eso no quiere decir que el propósito del arte sea cambiar una sociedad, pero sí me parece que al ser un espacio que se opone a la endogamia, donde se reflexiona libremente acerca de nuestras historias personales y nuestro lugar en el mundo, el arte termina por producir cambios radicales en nuestra visión de las cosas. Por nombrar algunas obras específicas, yo destacaría las pinturas de Caravaggio, el Guernica de Picasso, todo Robert Walser y Virginia Woolf, “La fuente” de Duchamp, cualquier obra de Anselm Kiefer, y la obra completa de Samuel Beckett. Aunque ahora que lo pienso, posiblemente la obra más revolucionaria en la historia de la literatura sea “Bartleby, el escribiente” de Melville. Con esa pequeña frase ambigua (“Preferiría no hacerlo”) subvierte todo el discurso hegemónico de su sociedad.

Yo no vería las cosas como las veo si no hubiera leído los libros que he leído.

Ana Laura me sonríe y me dice «Destruyamos todos los relojes». ¿Nos está pasando el tiempo por encima por no saber/querer parar?

Más que el tiempo en sí mismo, yo diría que es la velocidad, la falta total de una relación sana con el tiempo lo que nos está destrozando. Me parece un delirio la obsesión colectiva por la velocidad y el rechazo a la lentitud que tiene nuestra sociedad. Obviamente hay cosas que necesitan ser rápidas, no digo que no, pero reproducir la velocidad que necesita el Perseverance Rover para llegar a Marte en todos los campos de nuestra vida me parece una locura. El arte, el amor, la comida y la naturaleza necesitan lentitud para crearse y disfrutarse. Para mí, la lentitud es importante a la hora de leer y de narrar. Me gustan los libros lentos que no buscan entretenerme sino explorar a fondo un tema, un personaje.

Escribes en la La gran demencia «Uno abre los ojos un día y ahí está el mundo, y no, uno dice «no». ¿Tiene la literatura capacidad para estimular en el lector ese ‘No’ ante su realidad, alterar su visión del mundo?

Sí, sin duda alguna. Si bien esa frase al inicio del libro trata de que todo acto de creación pasa por la destrucción, sí creo que la literatura tiene la capacidad de modificar nuestra visión del mundo. Yo no vería las cosas como las veo si no hubiera leído los libros que he leído. Para bien o para mal, la literatura es lo que más me ha formado como ser humano.

Me parece un delirio la obsesión colectiva por la velocidad y el rechazo a la lentitud que tiene nuestra sociedad.

laury leite

¿Puede la ficción reformular los discursos hegemónicos?

Es un tema interesante porque —según yo lo veo— los discursos hegemónicos son en sí mismos una gran ficción colectiva. En teoría sí, una pequeña ficción puede intervenir en la gran ficción colectiva, pero a veces pienso que hay tanta saturación de contenido, tantas series, películas y libros que refuerzan los discursos hegemónicos, que es difícil que las obras que se les oponen tengan mucho alcance. Soy bastante pesimista en este sentido. No en la capacidad en sí misma de la ficción, sino en el alcance que puede tener a causa de la saturación imperante. Lo importante es al menos exponernos a ideas distintas, a formas de pensamiento crítico.

Creo que hay otro tipo de locura, la que vivimos en la era de la técnica, hiperracional, hiperconectada, que lo reduce todo a la lógica del cálculo.

En el libro mencionas la siguiente frase de Georg Büchner «Todos estamos locos, pero nadie tiene derecho a imponer a otro su propia locura». ¿Estamos renunciando a la razón? ¿Qué precio tendremos que pagar?

Me encanta esa frase de Büchner porque habla de la necesidad de tolerancia. Es enorme Büchner. Quizá el problema sea otro, que confiemos demasiado en la razón. Solemos pensar en la locura como un descenso a lo irracional, al caos universal, y hasta cierto punto es verdad. Pero creo que hay otro tipo de locura, la que vivimos en la era de la técnica, hiperracional, hiperconectada, que lo reduce todo a la lógica del cálculo. Es un problema grave que no podamos pensar al margen de los números. En esta clase de lógica los humanos quedamos desterrados de la tierra, todo se vuelve virtual, todas nuestras relaciones quedan mediadas por la tecnología. El precio es caro: el colapso ecológico, depresión, ansiedad.

Lo importante es, al menos, exponernos a ideas distintas, a formas de pensamiento crítico.

¿De qué está enfermo el presente?

La mayor enfermedad clínica de nuestro presente es la depresión, como no podría ser de otra manera. Nuestro modo de vida, que crea tanta desigualdad, que es tan acelerado, tan competitivo, no encaja con la historia emocional de nuestra especie. Las sociedades industriales son un fenómeno muy reciente, si consideramos que el homo sapiens surgió en la tierra alrededor de 300,000 años atrás. La idea de acumular el máximo posible de recursos sin compartirlos con los demás es bastante nueva. En un sentido figurado, yo diría que la mayor enfermedad es el egoísmo, esa capacidad que tenemos para encerrarnos en el pequeño horizonte de nuestras familias y nuestros trabajos sin importarnos lo que les pasa a los otros. Por eso quise explorar en la novela la vida de una familia. Me interesaba descubrir qué impulsa a un pequeño grupo a decir: “mientras yo y mi familia tengamos éxito y estemos bien, que se jodan los demás”. La familia como institución puede ser la fuente de muchas desigualdades.

En muchas ciudades el paisaje más repetido es el de un grupo de personas con las caras enterradas en una pantalla.

¿Qué libros te parecen recomendables para acercarnos a su comprensión?

“La dialéctica de la Ilustración” de Horkheimer y Adorno es uno de los libros más importantes para comprender las raíces históricas de nuestro presente. Es una maravilla. Luego hay muchos, que de una manera u otra ayudan a comprendernos. “Los sonámbulos” de Hermann Broch y “El hombre sin atributos” de Robert Musil son dos novelas fundamentales. Cualquier libro de Guido Ceronetti y de Agamben. La poesía de Alejandra Pizarnik. Mi amigo Germán Huici también escribió un libro extraordinario que se llama “El Dios ausente” y trata sobre la metafísica e iconografía del capitalismo. Es genial.

La mayor enfermedad es el egoísmo, esa capacidad que tenemos para encerrarnos en el pequeño horizonte de nuestras familias y nuestros trabajos sin importarnos lo que les pasa a los otros.

Has vivido en varios lugares, ¿sueles escribir desde alguna geografía concreta?

Sí, es verdad que he vivido en muchas ciudades y países distintos, y mi familia está desperdigada por muchos países en América del Norte, del Sur y Europa. Escribí las dos primeras novelas sobre México, pero esto está cambiando. Hace casi 18 años que no vivo ahí, de modo que mis geografías ahora son otras. Estoy pensando en una novela que va a tener lugar en diez u once ciudades distintas. Lo cierto es que uno de los aspectos más claros del mundo actual es que la vida ya no es tan diferente entre una ciudad y otra. Hay cosas que cambian, claro, pero a fin de cuentas el espacio virtual suele ser la geografía más recurrida. En muchas ciudades el paisaje más repetido es el de un grupo de personas con las caras enterradas en una pantalla. Con todo, como escritor, me sigue interesando explorar la idea de lugar y del paisaje interior de los seres humanos.