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maria jose navia una música futura

María José Navia: «Ojalá la actividad creativa/creadora estuviera más protegida»

La escritora chilena María José Navia (Santiago de Chile, 1982) es una lectora voraz (lee dos libros al día). Ha escrito las novelas SANT (Incubarte, 2010) y Kintsugi (Kindberg, 2018) o las colecciones de cuentos Instrucciones para ser feliz (Sudaquia, 2015) y Lugar (Ediciones de la Lumbre, 2017). Es doctora en Literatura y Estudios Culturales (Georgetown University). Actualmente compagina su actividad docente con la literatura.

Con Una música futura (Editorial Barrett, 2021) nos zambulle en siete enigmáticos relatos que explican algunas de las preocupaciones más ubicuas de nuestro tiempo y la presencia turbadora de un futuro que se insinúa amenazante. Relatos transitados por la duda, el aislamiento social, la precariedad laboral, el impacto afectivo provocado por las nuevas tecnologías, la errancia desencantada y un hábil uso de la elipsis que invita al lector a ser partícipe del desarrollo de la narración.

¿Cómo son tus hábitos de lectura?

Leo mucho y muy rápido. Dos libros diarios, por lo general. Es mi único súper poder, ja. Pero también puedo hacerlo porque es a esto a lo que me dedico. Soy escritora y profesora de literatura en la universidad. No soy cirujana, ni trabajo en una tienda, ni manejo un bus, por decir algo. Mi trabajo es leer y escribir. Es un gran privilegio que agradezco todos los días. Leo tanto en inglés como en español, y en todos los formatos (libro de papel, libro electrónico, audiolibro), estoy siempre mezclando novedades y clásicos.

¿Y de escritura?

A la vez maniática y desordenada. No tengo un horario de escritura, ni siquiera un lugar para hacerlo. Escribo donde puedo: sentada en un sillón, en la cama, frente a la mesa de la cocina, pero siempre en mi casa. No soy de ir a escribir a cafés. Escribo varios libros a la vez (en este momento estoy con una novelita breve ya casi terminada, una novela muy ambiciosa y larga, y un libro de cuentos) y soy muy maniática del sonido. Cuando termino de escribir algo, lo grabo en el teléfono y lo edito primero “de a oídas”. También estoy siempre tomando apuntes.

¿Crees que el culto a la velocidad puede estar perjudicando el acceso a la literatura?

No sé si perjudica “el acceso”. Creo que la velocidad nos ha traído distintas maneras de acceder a la literatura y eso es siempre bueno. Pienso, por ejemplo, en plataformas como Bookmate, en la que te suscribes y puedes leer todos los ebooks y audiolibros que quieras (muchos de ellos de editoriales independientes que no se distribuyen en Chile, algo que me ha encantado). Pero sí la velocidad ha transformado o tenido su impacto en el mundo de libro: la rapidez con las que se publican las cosas, la noción de “novedad” (que, en este momento, dura unos cuantos días nada más porque ya aparecen cien nuevos libros), el malacostumbrarse o esperar que los escritores publiquen nuevos libros todos los años. Hace poco conversaba con alguien y me decía que “a los lectores un libro al año se nos hace poco”. Lo decía por mis libros (he publicado seis libros en seis años) pero eso que “se le hacía poco” es un ritmo bastante insostenible (yo ya bajé la velocidad…). Los libros pueden (y muchas veces, deben) tardar años en escribirse y publicarse.

¿Qué/quién nos instala la urgencia contemporánea?

Está por todos lados. Y supongo que lo peor es esa voz que amplifica ese mensaje dentro de nosotros. Hay que saber apagarla a veces. Tener a Bartleby de voz de la conciencia, ja, y responderse de vez en cuando “preferiría no hacerlo.”

Los libros pueden (y muchas veces, deben) tardar años en escribirse y publicarse.

¿Cómo surgió la idea de Una música futura? ¿Cuál sería su playlist durante el proceso de su escritura?

Surgió de unas vacaciones con la familia de mi marido, en el sur de Chile. Fuimos a una casa en un sector que no tenía señal de teléfono ni de internet. No buscábamos esa desconexión total, simplemente se dio, y fue todo un experimento ver cómo, de a poco, se iba instalando esa ansiedad por revisar el teléfono, sentir que uno se estaba perdiendo de algo. Ese fue el punto de partida para el cuento “Cuidado” en el que vemos un centro de rehabilitación para adictos a la tecnología. Una playlist: hay tres canciones importantes ahí y aparecen mencionadas en el libro. ‘The Ride’ (de Amanda Palmer), ‘Goodbye Yellow Brick Road’ (de Elton John) y ‘I don’t like Mondays‘ (tanto la original de The Boomtown Rats como el cover de Tori Amos). También sobrevuela el libro la canción ‘You want it darker’ de Leonard Cohen.

Los siete relatos están atravesados de una árida amenaza distópica que, sin embargo, resultan del todo verosímiles. ¿No es ya ciertamente distópico el hecho de que nos parezcan tan palpables las situaciones que describes?

Creo que hay una mezcla. A mí cuando comparan mi libro con Black Mirror me queda una sensación incómoda. Porque no todos los cuentos son distópicos, hay un cuento que pasa en unas vacaciones en los años noventa en Chile, por ejemplo, pero sí hay un intento tal vez de mostrar cómo la tecnología se ha ido infiltrando de a poco en todas nuestras interacciones y afectos, cómo en toda relación humana ahora hay un importante componente virtual (que se ha visto exacerbado por la pandemia, claro).

A veces usar la etiqueta de “distópico” puede ocultar realidades y detalles más que iluminarlos. Hay que cuidarse de no vaciar de sentido esa palabra.

Cubierta de Patricia Cruz

En la novela El círculo de Dave Eggers aparece esta reflexión de un personaje «No es que no sea una persona social. Soy bastante social. Pero las herramientas que vosotros creáis lo que hacen es fabricar unas necesidades sociales antinaturalmente extremas». ¿Son sociables los personajes que aparecen en Una música futura?

Me gusta mucho Eggers. Trabajé como voluntaria por tres años en su fundación 826 en Washington, DC. Sobre la cita, estoy de acuerdo con lo de las “necesidades sociales antinaturalmente extremas.” Yo soy una persona muy tímida. Muy-muy tímida, en serio. Y las redes sociales permiten tener un contacto a distancia que se agradece pero hay que tomárselas, también, con distancia. Yo soy bastante activa en Twitter pero no tengo la app en el teléfono, tengo Instagram pero sin notificaciones. No siento la obligación ni la necesidad de estar compartiendo todo lo que hago, es un mundo curioso al que me asomo para compartir lecturas y aprender de las lecturas de otros, pero siempre lista para apagarlo y dejar de verlo por gran parte de mi día.

A veces usar la etiqueta de “distópico” puede ocultar realidades y detalles más que iluminarlos. Hay que cuidarse de no vaciar de sentido esa palabra.

En el relato Panda «Cada día era una lista de cosas por hacer, tareas por cumplir. Por las mañanas babysitter, por las tardes estudiante de doctorado, instructora de español, voluntaria en el zoológico. Por las noches apoyaba la cabeza en mi almohada hasta apagarme. El cansancio era una virtud. Las ojeras, un estandarte». ¿De qué manera pueden estar afectando la precariedad generalizada y el auge imparable de la multitarea contemporánea a la actividad creativa?

Yo tengo un trabajo muy estable, en la universidad, y que me hace muy feliz. Desde esa base y esa estabilidad puedo asomarme a la escritura. Decidí desde muy joven que no iba a imponerle a mi escritura la obligación de sostenerme económicamente y elegí (y entiendo que elegir es siempre-siempre un privilegio) la carrera docente/académica que es algo que también me apasiona mucho. Me siento muy pero muy afortunada. No podría escribir de otra manera, creo, porque la ansiedad de no saber si te van a pagar, o tener que estar insistiendo para que te paguen, u obligarse a postular todo el tiempo a fondos o participar en concursos, a mí me angustiaría mucho y me bloquearía para escribir. Y esa es la situación de muchos artistas y creadores talentosísimos, lo que resulta preocupante. No debería ser así. Ojalá la actividad creativa/creadora estuviera más protegida. Yo envidio mucho lo que veo a veces, en Estados Unidos, de unas becas de creación muy generosas, posibilidades de irse a residencias de escritores a trabajar en tus libros por meses, o que recibas grandes adelantos por sus libros. Yo escribo en los tiempos que me deja mi trabajo como profesora, cuando no estoy corrigiendo pruebas ni haciendo clases ni participando en reuniones. Y si bien tengo una estabilidad laboral que es un privilegio enorme en estos tiempos que corren, a veces echo de menos poder dedicar más tiempo a la escritura. Una música futura, por ejemplo, se escribió en los meses del verano en Chile (diciembre 2018 a marzo del 2019) porque son los meses en que el ritmo de mi trabajo como profesora disminuye.

«El sueño americano traía sus propias pesadillas. Y, al principio, no se notaban». Estudiaste dos postgrados en Estados Unidos. ¿Qué te ha aportado ‘literariamente’ aquella experiencia?

Mucho. Fue una experiencia riquísima, probablemente de los años más felices de mi vida. Fueron años de leer un montón, muy desafiantes intelectualmente, fui a todos los eventos culturales que pude (también fui babysitter, voluntaria en la fundación que os comenté antes, esa parte también existió, pero mis ojeras nunca han sido estandarte, yo no soy la protagonista de ‘Panda‘…). El sueño americano trae pesadillas, sí, pero todo trae pesadillas. Y mi experiencia allá fue mucho, pero mucho, más luz que sombra. Como esa línea de Calvino en Las ciudades invisibles, hay que buscar lo que no es infierno, en medio del infierno. Y de este no-infierno han salido muchas de las ideas para mis libros (y seguirán saliendo, imagino).

En Panda «Cuando les conté que quería estudiar literatura, mis padres dijeron que iba a ser siempre pobre». ¿Qué aconsejarías a alguien que quiere dedicarse a la literatura?

Lo que le aconsejaría a cualquiera que quiera estudiar o dedicarse a cualquier otra cosa: tiene que gustarte mucho. Pero mucho. Porque es un mundo complicado. Como ese poema de Anne Sexton, ‘Admonitions to a Special Person‘, que en un momento dice “Watch out for love/ (unless it is true,/ and every part of you says yes including the toes),/it will wrap you up like a mummy,/and your scream won’t be heard/and none of your running will end.”

Hay que buscar lo que no es infierno, en medio del infierno

En el relato Cuidado una serie de personas asisten a una especie de cabañas para ‘desintoxicarse’ de sus dispositivos «Hablan de sus vidas conectadas, esas que pueden manejar, mientras el mundo de sus familias está lleno de gritos, expectativas o indiferencia». En la actualidad, en algunas ocasiones. ¿Puede estar la hiperconectividad constante actuando como sucedáneo fallido a la resolución problemas de índole vital?

Fallido y no fallido. Es cierto que, sobre todo ahora en pandemia, nos hemos apoyado mucho en la hiperconectividad como muleta. Nuestra existencia “virtual” a veces es mucho mayor a nuestra existencia “real”, si es que tiene algún sentido todavía hablar en esos términos, y hay que tener cuidado con eso. Puede ser un refugio muy peligroso. De ahí el título del cuento también: cuidado es a la vez preocupación y cariño (cuidar a alguien), pero también advertencia y alerta (¡cuidado!).

Para terminar, háblanos un poco de literatura chilena contemporánea, ¿cómo valorarías su situación actual? ¿Qué autores/autoras con poca visibilidad a este lado del charco te

Creo que están pasando cosas muy interesantes en la literatura chilena y hay propuestas increíbles. Siempre trato de estar leyendo todo. ¡Hay tanto para recomendar! Por dejar algunos nombres, me gusta mucho lo que hace Diego Vargas Gaete (especialmente su novela La extinción de los coleópteros), Bruno Lloret (su novela Nancy), Matías Celedón (recomiendo siempre La filial), María José Ferrada (Kramp y todos sus libros, la verdad, hay una luz distinta en su obra), Macarena García Moggia (escribió, entre otras cosas, una novela breve, Maratón, que me gustó mucho) y Daniela Catrileo (Piñen). Y de los más conocidos, mis favoritos son Alejandro Zambra y Lina Meruane.