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Martín Rodríguez Gaona entrevista
Martín Rodríguez Gaona en la Residencia de Estudiantes, Madrid

Martín Rodríguez Gaona: «Tenemos el reto de volver a encontrar verdad, bondad y belleza entre las ruinas»

Martín Rodríguez-Gaona (Lima, 1969) es poeta, editor, traductor y autor de algunos de los ensayos poéticos críticos más clarividentes de los últimos años Mejorando lo presente. Poesía española última. Posmodernidad, humanismo y redes (Caballo de Troya) y La lira de las masas. Internet y la crisis de la ciudad letrada (Páginas de espuma).

Su último libro, el poemario Motivos fuera del tiempo: las ruinas (Pre-textos, 2020), es un evocador diálogo con la cultura clásica europea. Por allí, aparecen —entre otros—, Goethe, Olga Rudge, Walter Benjamin, Dorothy Shakespear, Cervantes, Rilke, Hölderlin o el Mito de Orfeo y Eurídice. Un fascinante viaje de conocimiento al interior de las ruinas para comprender mejor la belleza.

Décadas
justificándolo todo
por la efectividad,
despreciando el sentido.


En tu último poemario, Motivos fuera del tiempo: las ruinas (Pre-textos, 2020) dialogas con la cultura europea, algo muy de agradecer en estos tiempos en los que lo humanístico parece estar de capa caída. ¿Qué se está dejando de leer bajo el cerco continuo de las últimas tendencias?

El qué se está dejando de leer, en este caso, es igual al cómo se está dejando de leer. Se está perdiendo el sentido de una lectura ilustrada, sustituyéndola por el seguimiento de tendencias y autores marca. Fuera de la publicidad de los best sellers, aquello está vinculado con el hecho de que se está dejando de leer de manera privada, silenciosa y concentrada. Y aquí se percibe un cambio de paradigma hacia la cultura digital, con la hegemonía de lo transmedial, la oralidad electrónica y la hiperactualidad. Evidentemente aquello tiene consecuencias para el mundo del libro, incluso en géneros minoritarios como la poesía y el ensayo. El predominio de los productos editoriales, las tendencias y los autores marca podría parecer simplemente una moda, pero pone en riesgo a la lectura como un ejercicio con perspectiva humanista, histórica y crítica. Es decir, se reduce a la literatura, y a las humanidades en general, a otra rama de la industria del entretenimiento. Es por esto que la figura del influencer como escritor es tan peligrosa: se promueve entre las últimas generaciones a celebridades electrónicas en lugar de a poetas, incluso instrumentalizando reivindicaciones feministas y generacionales. La entronización del intrusismo y el amateurismo. No interesan los autores que carezcan de una identidad electrónica, aquellos que no puedan desarrollar una potencial viralidad: es decir, casi todos los mayores de treintaicinco años. Todo se simplifica para hacerlo más rentable, incluso se normaliza el empleo del hype y el clickbait, la interiorización cotidiana de la posverdad. En la práctica, esto implica la destrucción de la memoria, tanto la individual como la cultural, y también de la posibilidad de establecer valoraciones artísticas, cualitativas, no cuantitativas.

¿A qué poetas te gustaría reivindicar?

En Motivos fuera del tiempo: las ruinas desarrollo poéticamente los conflictos, culturales y económicos, que padecemos en este cambio de modelo. Por eso el libro dialoga con algunos escritores como figuras emblemáticas, como defensores de la memoria y la tradición humanista. Friedrich Hölderlin, Ezra Pound, Marcel Proust y Walter Benjamin son algunos de ellos. El tratamiento reivindica un culturalismo que trasciende lo ornamental, incidiendo en los conflictos, y los sacrificios, que tuvieron que asumir y resolver. Es una invitación a revisitar sus obras, escritas a contracorriente, llenas de advertencias y ejemplos para nuestra época. Tenemos el reto de volver a encontrar verdad, bondad y belleza entre las ruinas; el reto de volver a soñar con otras formas. Ellos, como vates, supieron predecir mucho de lo que estamos viviendo.

La autocensura actual tiene dos dimensiones complementarias: esa exigencia por complacer a las masas electrónicas para luego complacer al mercado. La finalidad última de todo esto es el control, la homogenización de opiniones y la estigmatización de la disidencia.

Mencionas en el ‘Manifiesto antimaterialista’ incluido en Motivos fuera del tiempo: las ruinas: «Décadas justificándolo todo por la efectividad, despreciando el sentido». Vinculando esa idea a la mítica frase de Paul Éluard «La poesía es algo absolutamente necesario aunque me gustaría saber para qué». ¿Puede ayudarnos la poesía a rozar algún tipo de sentido? ¿Para qué sirve la poesía?

La poesía nos comunica con el todo y con la nada, de allí que no podemos servirnos de ella. Por el contrario, algunas personas la sirven y, cuando lo logran, hacen poesía. La poesía es el intento de atisbar el absoluto, pero eso puede empezar en dimensiones mínimas, como buscando el sentido de una emoción, un recuerdo o un deseo. La poesía es una intuición y una exaltación, pero también es una disciplina y una ética. Y, aunque parezca increíble para quien desconozca su historia y algunos de sus nombres clave, todo eso también tiene una evidente dimensión civil.

Ahora, en términos más concretos, leer poesía es útil, porque es una forma de lectura activa. Propicia el empleo de la imaginación y de la inteligencia, algo que nos permite asimilar la otredad y viajar en el tiempo. Leer poesía es útil para todo aquel que, mediante un uso y una disposición especial hacia el lenguaje, quiera ser libre y comprender mejor la experiencia humana.

¿Se está acrecentando la autocensura en la creación literaria? ¿Qué opinas de la censura mediática sobre un autor por cuestiones de índole exclusivamente moral?

La autocensura no es abiertamente política, como antaño, sino una práctica interiorizada con el propósito de que una obra encaje con las exigencias editoriales. De allí, por ejemplo, el boom de la autoficción. Otro asunto, aún más grave y que está en la raíz del problema, es la sensibilidad que se está construyendo en redes sociales como Twitter, con la llamada cultura de la cancelación: esa versión de la caza de brujas, una manifestación incuestionable del protestantismo electrónico al que somos inducidos. Entonces, la autocensura actual tiene dos dimensiones complementarias: esa exigencia por complacer a las masas electrónicas para luego complacer al mercado. La finalidad última de todo esto es el control, la homogenización de opiniones y la estigmatización de la disidencia. El populismo como una perversión de la representatividad democrática. Otro plano de lo que se promueve con la minería de datos. La cultura convertida en NETFLIX.

Leer poesía es útil para todo aquel que, mediante un uso y una disposición especial hacia el lenguaje, quiera ser libre y comprender mejor la experiencia humana.

En el ensayo Mejorando lo presente. Poesía española última: posmodernidad, humanismo y redes indagabas en la incidencia de las nuevas tecnologías sobre las poéticas actuales. ¿En qué están afectando, principalmente, las redes sociales a la poesía actual?

En la época de Mejorando lo presente, publicado en 2010, internet suponía una democratización de la ciudad letrada, lo cual permitió, a través de los blogs, la irrupción de una serie de escritores inmigrantes digitales que, de otra forma, hubiesen quedado rezagados por la cultura corporativa. El caso emblemático es el de Agustín Fernández Mallo que dio origen a ese efímero proyecto grupal que fue la Generación Nocilla. Los poetas que formaron parte de aquello eran treintañeros y estaban formados en la cultura del libro impreso. Esa situación cambió cuando los millennials, aprovechando su alfabetización digital, emplearon las redes para crear comunidades virtuales con un criterio generacional, entonces casi adolescente. Así se impuso el paradigma de la oralidad electrónica, la autorrepresentación iconográfica y la extimidad virtual: todo aquello con lo que se dio predominio a la popularidad frente a los valores formales o discursivos. Ese momento, que tuvo el protagonismo de la poeta y editora influencer Luna Miguel y derivó en la poesía pop tardoadolescente de Elvira Sastre, Loreto Sesma y Defreds, ha sido reconocido por el mercado y promovido por lo corporativo y parte de la institucionalidad cultural.

En resumen, las redes sociales, en el presente, contribuyen mayormente a la difusión y la institucionalización de una poesía de baja calidad y de vocación populista, sostenida por su representatividad generacional y de género. Los poetas con mayor ambición y destreza, de distintas generaciones hasta los más jóvenes, si no muestran un anhelo de ser parte del mainstream, se ven desplazados a los márgenes del sistema.

¿Son algunas formas de autopromoción constante un síntoma de la precariedad de los entornos culturales o atiende más a otros asuntos de índole más personal relacionados con la vanidad?

Ambos aspectos coinciden, pero aún hay más. En primer lugar, el entorno electrónico es una realidad irrefutable: supone la modificación cultural más grande desde la imprenta de Gutenberg. Entonces, es previsible que los cambios de sensibilidad y prácticas sean dramáticos. Lo que ya es una particularidad radica en las características del mundo hispánico, las peculiaridades de la industria editorial española, desde la llamada Cultura de la Transición a las relaciones históricas y comerciales con Hispanoamérica.

Regresando al meollo de la pregunta: quizá la clave sea que en España se produjo una clase media a la que se propuso una cultura de entretenimiento (fútbol y prensa del corazón), pero a la que nunca se le dio acceso como productores de alta cultura: una consecuencia del clasismo y la dictadura. Es por esto que los pocos escritores que lo hicieron quedaron invisibilizados (estigmatizados por vanguardistas, raros o poco comerciales) y ahora, en otra generación, se ha producido un desborde populista electrónico en el que, siendo fieles a las nuevas plataformas transmediales, la actitud vale más que el discurso. El medio cultural no ha encontrado otro mecanismo para fomentar a los escritores que convertirlos en figuras públicas. Entonces, digamos, que ese narcisismo o vanidad imperante tiene una validación grupal, supone una especie de reivindicación. Un espejismo, pues sólo beneficia a los elegidos por el mercado y no a los seguidores virtuales: algo que en los millennials ha creado un clientelismo electrónico.

Los poetas con mayor ambición y destreza, de distintas generaciones hasta los más jóvenes, si no muestran un anhelo de ser parte del mainstream, se ven desplazados a los márgenes del sistema.

Escribías en tu libro La lira de las masas. Internet y la crisis de la ciudad letrada (Páginas de espuma) que los poetas nativos digitales: «Mezclan, sin ningún tipo de prejuicios, afanes publicitarios y artísticos, lo público y lo íntimo, la actualidad política y lo lúdico, la individualidad y la máscara». ¿Qué grandes diferencias señalarías entre esa nueva poesía española y sus antecesores?

El espectro de la nueva poesía española es muy amplio, lo que sucede es que lo que tiene más visibilidad y hasta reconocimiento es aquello que tiene vocación de mainstream, quienes aportan menos a nivel artístico. Dentro de las escrituras que merecen tener más difusión están las producidas por mujeres, con un nivel de innovación e independencia difícil de imaginar hace algunos años, incluyendo, por supuesto, la asimilación de los feminismos. Publiqué una antología al respecto, Decir mi nombre. Muestra de poetas contemporáneas desde el entorno digital, en la que se incluyen poemas y entrevistas a Gata Cattana, Sara Torres, Lola Nieto, Cherie Soleil, Sandra Santana, Silvia Nieva y Camino Román, entre otras.

En general, lo mejor de esa nueva poesía española demuestra la asimilación del cambio de paradigma posmoderno, desde los discursos filosóficos hasta la búsqueda de nuevos referentes formales, la curiosidad por distintas tradiciones, un proceso de apertura favorecido también por la desterritorialización que permite internet. En esto se puede señalar a poetas como Aitor Francos, Guillermo Morales Sillas, Ignacio Vleming, Diego Román Martínez y Carlos Loreiro, pero también a algunos un poco anteriores como José Daniel Espejo, David Mayor, Toni Quero, Juan Andrés García Román, Rubén Martín Díaz y Batania. La poesía performativa, el auge de Slam Poetry Spain, es otro ejemplo.

Apuntaba el crítico literario Terry Eagleton en Cultura que «Las instituciones académicas, en el pasado ámbitos de reflexión crítica, están siendo reducidas de forma creciente a órganos del mercado, a la par que las casas de apuestas y los establecimientos de comida rápida». ¿Cuál es tu diagnóstico de la situación general de las instituciones académicas?

Es evidente que están en crisis desde hace décadas. Las razones son varias, pero todas están conectadas: el crecimiento demográfico, el cambio de paradigma que afecta las humanidades, la hegemonía de la productividad y el pragmatismo del modelo neoliberal, el empeoramiento de la educación escolar y hasta la bajada en calidad de la cultura popular industrializada. Sin embargo, lo más grave es la total ingenuidad con la que internacionalmente se asimilan las corrientes propaladas desde la academia estadounidense, que suponen una instrumentalización política del estructuralismo afín a la globalización. Escribí un ensayo sobre esto en 2006: “En torno a la posmodernidad y la muerte del posmodernismo”. Para aportar un ejemplo actual que sintetiza el proceso: Princeton acaba de eliminar el griego y el latín como requisito para graduarse en estudios clásicos, una medida supuestamente democrática e inclusiva.

Juguemos a imaginar un futuro que nunca acertaremos. ¿Qué poesía será la hegemónica en el 2030?

En un escenario distópico, la que sea avalada por tres influencers: desde un ministerio, una editorial monopólica transnacional y la pareja de un gurú de Silicon Valley. Pero también habría poetas notables buscando la palabra adecuada como supervivientes en Mad Max.

La poesía es una intuición y una exaltación, pero también es una disciplina y una ética.