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17 de enero del año 2021. Las malas noticias de la evolución de la pandemia ahogan lo demás. La idea de colapso se nos ha incrustado en los sueños. Presente movedizo. Crisis. Aturdimiento. Vulnerabilidad. Miedo primigenio. Se han partido algunos ejes vitales. Han fracasado algunas vértebras que nos mantenían erguidos. Todo eso que siendo cierto no nos convierte en un edificio demolido.


Hablar de poesía ahora, en estas circunstancias, puede resultar un acto intrascendente, algo casi inoportuno y extemporáneo al murmullo aterrorizado del mundo. Pero la poesía no es esa actividad elitista enceguecida en una torre de marfil hermética, incomunicada e incomunicable en una ufana desafección hacia todo lo que palpita acuciante alrededor. No es tampoco, algo vertido perdiéndose en un recipiente atravesado de agujeros. Puede ser contingente, tejido vivo aprisionado en la anatomía obstinada de un contexto o «un ajuste de cuentas con la realidad» como ha dicho alguna vez, Luis García Montero.


Probablemente, no aplaque la realidad pero sí puede detonar una posición de resistencia desde la que empezar. Punta de lanza. Desborde. Contrapeso. Ser propositiva. Decir basta.

La poeta Guadalupe Grande nos dejó hace unos días. Una inmensa pérdida que añadió más dolor y debacle en el mundo de la cultura. Ella dejó escrito en alguna parte que «La fe en la poesía no puede desfallecer».

Nosotros, vamos a hacerle caso. Se lo debemos.

Hemos charlado con diez poetas en torno a las siguientes cuestiones:

¿Qué puede aportar la poesía en épocas tan críticas como la actual? ¿Qué es la poesía? ¿Para qué sirve la poesía? ¿Para qué debería servir la poesía? ¿Tiene la poesía, acaso, que servir para algo?

Al gran poeta polaco Czesław Miłosz le preguntaron sobre qué era para él la poesía, su respuesta diluye cualquier duda:

«Sinceramente, no lo sé… todo lo que le puedo decir es que la poesía me ha ayudado a vivir».

Y vivir, no es poco.


BRAULIO ORTIZ POOLE


La poesía mantiene encendido aún el fuego de lo humano

“Un poema logrado me recuerda a menudo al momento en que, en una conversación entre verdaderos amigos, tras horas y horas de parloteo, se cuentan, por fin, una pequeña verdad (por pequeña que sea)”, apunta Juan Antonio Bernier en Breves erizos verdes, una lúcida y original reflexión sobre la poesía y su escritura que ha publicado la editorial Cántico. Esa imagen me parece especialmente reveladora: me gusta que el escenario elegido sea algo tan cálido y aparentemente intrascendente como el encuentro de unos colegas. “Imagínate ahora que tú y yo / muy tarde ya en la noche / hablemos hombre a hombre, finalmente”, arrancaba Gil de Biedma Pandémica y celeste, uno de los textos más bellos que se hayan creado nunca. A menudo caemos en la tentación de encerrar el género en la vitrina de lo solemne, lo restringimos a unos pocos elegidos de los dioses, y los poetas adoptamos, como señalaba Carmen Camacho recientemente en una entrevista, una “voz campanuda” para decir las cosas. Y en mi opinión la poesía, antes que un actor histriónico que declama arrebatado ante un auditorio, sería un tipo borracho, somnoliento, que a las tres de la mañana le susurra a los allegados una confidencia que tenía guardada, palabras que contienen dolor pero, sobre todo, vida.

¿Qué puede aportar la poesía en una época tan crítica como la actual? Ese espacio de reflexión, esa búsqueda de la verdad íntima, que hemos perdido con el ruido del exterior. Un lugar donde no existen los dogmas ni los subrayados, donde las preguntas no encuentran contestaciones absolutas. Una morada digna: diría que los buenos libros de poesía nos devuelven la nobleza. Uno termina poemarios tan distintos -y la lista podría ser mucho más larga, porque la cosecha de 2020 fue espléndida- como Gavieras, de Aurora Luque (Visor), Medea, de Chantal Maillard (Tusquets) o Las hogueras azules, de Juan F. Rivero (Candaya), sintiéndose orgulloso de ser humano: en sus páginas ha asistido a la belleza, a una belleza despojada de ornamento, que nos conecta con nuestra esencia y nos estremece. Pienso en otras obras cuya lectura te ensancha el alma: libros como Daniel, en el que de nuevo Maillard dialoga con Piedad Bonnett y las dos invocan a sus hijos muertos (publicado en Vaso Roto); En el mejor silencio (Renacimiento), desde el que Jacobo Cortines recuerda a su amada y celebra “lo que fue bello y sigue siendo” pese a la ausencia; o Anacronía, de Gerardo Rodríguez Salas (Valparaíso), con el que el autor se reencuentra a través de la palabra con su hermano, fallecido en un accidente; creaciones en las que la poesía se erige en bálsamo que atenúa el dolor y en el refugio donde conectamos con nuestras emociones. También destacaría la mirada política, comprometida con su entorno, que tienen autores como Zuri Negrín (Pop, Pre-Textos), Fran Navarro Prieto (El bello mundo) y Rocío Acebal (Hijos de la bonanza, estos dos últimos editados por Hiperión), capaces de hilvanar discursos poderosos donde la estética tiene tanto peso como la ética. Libros como éstos nos sugieren que la poesía mantiene encendido aún el fuego de lo humano, que es ese espacio de recogimiento donde podemos conversar con nosotros mismos, tan necesario en este tiempo confuso y exaltado. En voz baja, de manera cómplice y sentida, exactamente como se habla con los amigos.


«Escribir,

la única manera de atravesar el valle

sin pisarlo»

Hasier Larretxea


ROCÍO ACEBAL DOVAL


La poesía es un ejercicio colectivo que nos recuerda que no estamos solos


Los poetas tenemos que hacer un ejercicio de humildad y desmitificación: la poesía no arregla la sociedad, no saca a las personas de la calle ni pone comida en la mesa de quienes no tienen nada. La poesía no convierte en buenas a las personas. La poesía no es una profecía. La poesía no es una hoja de ruta. La poesía no es un medio para la acción política o la transformación social. Ni siquiera, por ser, es lucrativa: la mayoría escribimos poemas como Aureliano Buendía hacía sus pescaditos de oro. Pero la poesía posee la utilidad de lo inútil, y no es eso poco.

Un poema es un diálogo con el mundo, con quienes han escrito antes y con quien lee el poema; por eso, puede ayudarnos a transitar el camino de la imaginación moral para trasladarnos al cuerpo del otro. La poesía es un ejercicio colectivo que nos recuerda que no estamos solos: somos parte de una comunidad y tenemos mucho en común con quienes están a nuestro alrededor. La poesía enriquece, además, nuestra visión del mundo.

Un buen poema puede darnos un cristal diferente desde el que observar las pequeñas cosas de la realidad cotidiana, descubrirnos el brillo que en realidad siempre estuvo ahí. Pienso en «Un vaso de agua» de Eloy Sánchez Rosillo: después de leerlo, ¿cómo beber un vaso de agua a media tarde sin buscar «oro licuado y tembloroso el mundo, / astilla viva yo de un súbito diamante»? La poesía es también un espacio para la resistencia a la mercantilización del tiempo, que nos permite detener la productividad para sentarnos a leer sin más aspiración que la de sumergirse en la lectura.

La poesía puede aportar, en conclusión, lo que siempre ha aportado: hermandad, perspectiva y resistencia.



ALEJANDRO SIMÓN PARTAL



En definitiva, este género insiste en que el amor prevalecerá, y a eso me aferro.


Espero que no aporte nada nuevo. A la poesía no le pido soluciones, sí secretos. No creo que la aportación de la poesía a nuestro tiempo dependa tanto de lo que ocurra, sino de cómo las personas que forman este momento relacionan su necesidad con la forma de estar en el mundo que la buena poesía recoge. Y esa poesía simplemente revela el nombre de las cosas, señala aquello que vibra en lo que no parece moverse. Para que la poesía entrara en el debate sobre la crisis que vivimos tendríamos que considerarla deporte, como hizo Horacio en el siglo I a. c. Así volvería a estar en nuestra educación y desde ahí podría cambiar algo, pero lo cierto es que hoy estamos lejos de esa idea.

La aportación de la poesía al ser humano siempre es la misma, disponibilidad. Una forma de abrir o cerrar el día de la manera más agradecida. Santa Teresa de Jesús dice «tuya soy, para ti nací”, y en esa entrega ronda el verso, al que no podemos exigirle nada, tampoco en una época difícil como la que padecemos, en todo caso, quizá, reclamarle esa música que amplía nuestra visión de lo que vemos ahí fuera, esa música que equilibra la oscuridad. El poema nos recuerda que entre la pobreza, la enfermedad o la desesperanza, siempre queda, como escribe el poeta César Simón, un pájaro indemne, el sol inmóvil, un rostro iluminado por la tarde. En definitiva, este género insiste en que el amor prevalecerá, y a eso me aferro.

La poesía puede invitarnos a estar por debajo de esta época, a no empoderarnos si no hemos sufrido. Jesús de Nazaret dice algo que repito a mis alumnos: no debemos enorgullecernos de nada de lo que somos y hacemos. Puede que, con el tiempo, nos demos cuenta de que los poemas que permanecen y abrigan son los que no aspiran al infantilismo de una avidez sin límites, sino al gozo de lo que avanza lentamente y demanda un esfuerzo que no somete, pero que requiere sacrificio en la atención. Corredor-Matheos dice “vivir sin desear / ni vivir ni morir”. Pues algo así.

Vivir es a veces no poder demostrarlo

Alejandro Simón Partal


ANA VEGA


La poesía nos obliga a mirar y tomar partido


La poesía es introspección, búsqueda, esencia, buscar la verdad y arañar la realidad hasta encontrarla. La poesía nos obliga a enfrentarnos a nosotros y nosotras mismas, también al mundo exterior y es un modo de acceder al pensamiento desde lo más profundo, ancestral, sin medias tintas ni nuevas tecnologías: desde el corazón, alma, vísceras. Urge hoy, más que nunca, todo ello.

No dejarse engañar ni manipular, no abandonar el libro frente a unas nuevas herramientas de comunicación que no por nuevas acompañan más al ser humano. Escribir, leer y más aún, acercarse a la poesía, es proteger lo más sagrado, la tradición oral que protege al mundo del peligro, de quien acecha, de toda oscuridad. Defendamos la belleza pero también el pensamiento crítico que hay en ella. Unido al valor absoluto de esta como testigo y testimonio de un tiempo, una sociedad, un modo de vida, un sistema que toda generación debería intentar corregir y regenerar de manera automática con cada nueva vida que se arroja a esta. La poesía es un modo de hacer justicia, de plasmar aquello que se silencia, las voces más rotas y desamparadas por el sistema, la parte menos visible, aquella que quiere ocultarse a la vista… La poesía nos obliga a mirar y tomar partido. Sigue siendo un arma y ahora más que nunca debe estar cargada de futuro pues debemos construir todo nuestro mundo con estas manos que escriben y piensan por sí mismas y no se dejan engañar ni manipular. En la poesía está la sabiduría de la corteza de los árboles, nuestro pasado y presente, la semilla o germen de ese futuro que apenas alcanzamos a imaginar por esta realidad que nos desborda.

Más que nunca, es necesario el sosiego, calma y sabiduría de la poesía y también su fiereza, su carácter indómito y su fortaleza.


POESÍA TIEMPOS DE CRISIS

CARLOS ASENSIO ALONSO


Como arma arrojadiza contra el opresor. Como escudo contra el dolor del mundo. Como refugio y hogar para la debilidad. Como altavoz de denuncia.


¿Qué puede aportar la poesía en épocas tan críticas como la actual? Es curioso, porque hace poco me di cuenta de que me han hecho este tipo de preguntas en bastantes ocasiones y rara vez he respondido lo mismo. Resulta peculiar ver que la poesía siempre se muestra cómo algo volátil, abstracto, fugaz, difícil de asir. Imposible de cuantificar o de interpretar.


De por sí, ya me parece muy difícil –por no decir erróneo– concebir la poesía en términos utilitaristas. ¿Tiene la literatura un fin, un propósito? ¿Escribimos para conseguir algo? Pero si no queremos conseguir nada, ¿por qué seguimos escribiendo?


Partiendo de la base de que la poesía no tiene por qué servir para nada, el hecho es que, una vez cobra vida, sí que sirve para algo: la poesía expresa, dilucida, da luz, denuncia, deleita, observa, describe, informa, reflexiona. Aunque ese aporte que proporciona no está –necesariamente– en la intencionalidad del/a autor/a que la compone, sino también en la comprensión y en la lectura del que la recibe.


Una de las veces que me preguntaron dije que para mí la poesía era como buscar la belleza hasta en el lugar más oscuro, y creo que algo de eso hay. Y no hablo de la manida idea de la poesía como canalizadora de sentimientos y sanadora de «males del alma», sino de utilizar la palabra para embellecer el mundo, para alumbrar hasta el rincón más castigado, para dar voz a lo que no la tiene.


En tiempos adversos como los que vivimos, esto prácticamente significa todo. Ante la pandemia mundial, la crisis social y económica, los recortes de derechos y libertades, el racismo, la LGTBfobia, el machismo, los problemas medioambientales, el auge del fascismo… es lícito y hasta deseable esgrimir de forma activa la palabra. Como arma arrojadiza contra el opresor. Como escudo contra el dolor del mundo. Como refugio y hogar para la debilidad. Como altavoz de denuncia.


Como espejo de los tiempos.

El mundo es

y no es

un carnaval de la belleza

Carlos Asensio. De su libro inédito Astroblema


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©Martin Vlach


POESIA EN TIEMPSO DE CRISIS


JEANNETTE L. CLARIOND

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La poesía nunca ha tenido que ver con otra crisis que no sea la de su propia existencia, pues ha sellado un pacto con lo perdurable.

La crisis comienza y termina con las frases anticuadas de los noticiarios.


No hay que confundir las crisis de los números fosfóricos de Wall Street con la situación actual del poeta. La poesía siempre atraviesa tiempos que suelen llamarse críticos. Lo son en el sentido de que su función esencial es hacer una crítica del lenguaje. La poesía nunca ha tenido que ver con otra crisis que no sea la de su propia existencia, pues ha sellado un pacto con lo perdurable. Un suceso es asunto transitorio; la poesía, pervivencia.


La pandemia nos ha permitido entrar en el silencio del silencio, pensar en nuestros muertos, amores, autores… El resultado es una suma. Porque, ¿quién pierde cuando se entra en el silencio puro? Hemos presenciado pérdidas de toda índole, mas en lo poético sólo se pierde lo no esencial, permanece lo recuperado en un silencio que escucha. Éste el aporte cardinal del confinamiento.


He visto una cicatriz en el empeine de mi pie y me ha hecho recobrar aquella tarde en la alambrada, cuando una mano arrancó las púas. ¿En dónde estaba la madre? En mi lengua. El silencio, lengua madre del poeta, lo debemos atender, no sólo en la pandemia, sino en la angustia, el abandono, el dolor.


Queremos que la palabra de un nombre a esta sombra, que cada pulgada de oscuridad sea nudo, veta, rama que, al caer, se renueve, hable, se expanda bajo nuestros pies hasta tocar otras sombras, otras ramas, otras florescencias. Durante estos meses he visto el rostro de mis seres más amados en las frondas de los árboles, he recuperado el amor, el viento, la oración, aunque hable a un dios ausente. He asistido al reverdecimiento de la intuición, fruto de la memoria. Escudilla o huevo, copa o raíz, el secreto se oculta en el mito. Se cubre, se recubre hasta que el poema ilumine el camino aún por recorrer.


Nuestras manos se inclinan hacia el futuro tras haber tocado la Nada, la Ausencia, el Vacío. Quiero que la pandemia me conceda algo más que aislamiento, que sea venero entre meandros, curvas, caídas. Mi palabra será de nuevo hielo, nieve, cascada. Sobreviviremos por el agua, pero, además, asumiremos el derecho a la sed.


En el fragor, quien ha sentido ahogarse agitará sus brazos y sus pies, sacará su cabeza para aspirar aire limpio, sentirá el plomo halando desde el fondo (sólo quien ha lavado sus escrúpulos franqueará la zanja), rebasará el escollo distante hacia donde nada, nada de prisa para echar el grano. La promesa está en el modo de girar el torso, entre brazada y brazada, sin salpicar la pureza.


Ésta ha sido una historia sin historia: no hay principio o final, son datos sin orden, sin la mirada de Dios, desierto o lluvia: sólo gritos pálidos de almas que han perdido el sino de sus pies. No hay veracidad, no hay un plan, no hay certeza humana o divina. Antes de asistir a esta oscuridad, ya estaba dentro. Paul Celan lo confirma: «Verdad dice quien sombra dice». La poesía se ha salvado, nos ha salvado porque mora en lo oscuro.


El espejo deslloró lágrimas humanas. Lejos flotaba la casa, el color de la ciudad cuando la mano esgrafió su mancha en mi piel y arrancó la púa.

Jeannette L. Clariond. Fragmentos de «Cicatriz»



POESIA EN TIEMPOS DE CRISIS

ISAAK BEGOÑA


La poesía no aporta nada durante el colapso, solo lo imprescindible



La poesía no puede aportar nada en esta época. Quizá podría ser una pequeña ayuda para soportar ventiscas y habitar en la intemperie -que diría Bolaño-, a la hora de combatir la soledad. La poesía se me antoja como un pequeño alivio (sin receta) para paliar el miedo y la ansiedad; además se puede convertir en remedio definitivo para asumir el síndrome de Ulises, el mismo que todos los que hemos emigrado alguna vez llevamos dentro. La poesía también llega en auxilio del dolor por la pérdida de un ser querido -en mi caso-, nos da esperanza y calor en las noches más tristes.


Aparte de esto, no creo que la poesía aporte nada hoy en día. Quizá, como apunta el poeta Salih Kadri, la poesía es denuncia, se erige en la última trinchera de los que sienten sobre sus hombros el peso del mundo y las injusticias de la tierra, de aquellos que luchan contra el feroz materialismo que todo lo arrasa. Según nos cuenta el bosnio, el lenguaje poético nos ayuda a comprender las complejas relaciones que vamos tejiendo entre los seres humanos a lo largo de nuestra vida, aporta una mirada más amable que impide que nos volvamos locos.

La poesía está a punto de morir. Se alimenta de poetas -y lectores- intrépidos, alejados del público mayoritario, de textos al margen de cualquier cautela y cursilería. Yo sé que la poesía se muere, hace tiempo que se ha ido y nos ha dejado con una ligera sensación de nostalgia y cabreo. Me estoy refiriendo, por ejemplo, al III premio Espasa de Poesía dotado con 20.000 euros. ¿Sabe el jurado a quién han votado? Sí. ¿Alguien que ha escrito poesía exprofeso para internet (Instagram)? ¿textos comerciales en un soporte donde los versos se puedan vender eficazmente ?. Esto es el capitalismo salvaje pegando un tiro a la poesía, el horror.

Yo me quedo con Sarajlić, otro poeta balcánico que, mientras bombardeaban Sarajevo, decía: “Cuando mi ciudad necesite una palabra tierna, allí estaré”. Me quedo también con Kate Tempest -y su furia de barrio, su implacable Europe is lost– y los últimos poetas que todavía quedan, dignos descendientes de Alejandra Pizarnik, Paul Éluard, Iris Zavala, Nora Méndez, A. Höhler, y tantas otras y otros que abrieron nuevos caminos donde la poesía no siempre es bella, pero es honesta y vibra con el poder de la lucha y la meshuggah.

¿Cuál es el público de la poesía? ¿Quién lee poesía? ¿Quién defiende a la poesía en épocas tan críticas como esta? Conozco a muchos poetas que llevan años acampados en lo más precario, conozco a novelistas que los miran con pena y vergüenza ajena, aunque no tengan mucho más que ellos. Conozco a un par de lectores que no se rinden ante el desaliento, pero por favor, no nos equivoquemos: la poesía no aporta nada durante el colapso, solo lo imprescindible.

Remember the old dogs who fought so well: Hemingway, Celine, Dostoevsky

Charles Bukowski.


POESIA EN TIEMPOS DE CRISIS

ANA GORRÍA


El poema es siempre el lenguaje de lo otro, todo lo que no soy


En uno de sus textos más conocidos, Friedrich Hölderlin advierte: «mientras estoy a su espera/ mejor me parece el sueño que vivir sin compañero:/ al persistir indolente no sé que hacer o decir/luego/ ¿para qué poetas en tiempos de penuria?. Cada cierto tiempo oscila, tal vez con la precisión de un péndulo, una pregunta que si nunca resulta la misma es siempre parecida: la crisis permanente y el poema, la palabra organizada y el sobresalto, el duelo, el trauma, la catástrofe, la holderliniana persistencia indolente y de nuevo la pregunta otra vez:¿ y para qué poetas en tiempos de penuria?. Y como causa y consecuencia, la palabra ,el poema ¿Y para qué poetas? La poesía y la crisis.

Y en una humanidad siempre en crisis me pregunto qué tiene esta crisis que decir de nosotros, qué decirnos. Y qué puede decir el poema en sus dos polos, la lengua y el oído a lo que se ha desvelado de nosotros en el tiempo que corre desde marzo, una experiencia que casi 9 meses después corre el peligro de poder ser recordado como el resto de un sueño. Un sueño que hemos compartido, que seguimos compartiendo y que ha vuelto a desvelarnos lo que ya había en nosotros como relieve en los caracteres, figuras solas, escenario sin fondo ni escenografía. La pandemia, la ausencia radical de lo otro, la privación de lo sensible y el órgano solo de la lengua, la voz, el oído como vínculo para el encuentro posible.

¿Y para que poetas en tiempos de penuria? Responder a la demanda de pensar el sentido del poema en medio de una zozobra de lo común, también de lo común, obliga a encontrar en la voz de lo humano, en la lengua del poema el sentido de la comunidad que viene, la necesidad de no ser un «cualquiera», una vida sin forma, como bien dice Agamben, buscando una reunión, una asamblea, que parece imposible en estos días. El poema es siempre el lenguaje de lo otro, todo lo que no soy, como dice Carlos Piera en uno de sus ensayos. Forma para la vida a una vida sin forma. Organizado de una manera humilde, siempre sin aspavientos, el encuentro tal y como quería Marosa Di Giorgio «se oye una conversación en la lejanía; es en voz baja pero se oye exactamente aquí».

Pulsar el núcleo social del idioma, compartir, en vez de repartir o dividir, a través del lenguaje del poema. Ampliarlo, el lenguaje, liberarlo del secuestro de la rutina, del noticiario del telediario, del parte de Fernando Simón, del rito impuestos como escenografía, del ruido inane de los conversadores como telón de fondo, de la imagen bidimensional que nos divide, liberarlo del desierto del otro y de la ausencia radical. Decía Wallace Stevens que «cuando la mente es como una sala en la cual el pensamiento es como una voz que habla, esa voz siempre es la del otro». El poema cómo gesto verbal, como cuerpo que pesa en la vida y que tiene una humilde posibilidad de suspender el vacío, escuchar, hablar para escucharse, tanto de forma reflexiva como recíproca. Forma para la vida sin forma.

Dice la poeta Julia Castillo en unos versos aparecidos en el libro Místico solo publicado en el año 2017.


La expresión tiene su origen en la escucha – que es preciso rasgar- no en hoja de papel

Julia Castillo


ROSA BERBEL POESIA EN TIEMPOS DE CRISIS

ROSA BERBEL


Si hay una vía en el presente para escribir poesía social o algo parecido a lo que pensamos cuando usamos el sintagma “poesía política”, ese camino debe pasar necesariamente por afrontar toda una quiebra del sentido, por reevaluar nuestra relación con las palabras.


La poesía es un ámbito especialmente sensible ante los desastres colectivos. Su radicalidad lingüística y su resonancia política la dotan de una extraordinaria visión anticipatoria, capaz de nombrar, de cuestionar y transformar el orden de las cosas. En estos meses me he aferrado a esta comprensión de la poesía para sobrevivir en un paisaje inhóspito y hostil, marcado por la falta de lugares de referencia o por la incertidumbre ante un futuro que, cuando menos, se avecina salvaje. Mi relación con la escritura poética ha sido, sin embargo, de intensidad muy variable en estos meses, y se ha movido con increíble rapidez entre esta fe ciega en las posibilidades adivinatorias y emancipatorias del ejercicio creativo y la conciencia de que, en plena lucha por la supervivencia no solo biológica, sino también económica y afectiva, las palabras se han devaluado igualmente. Creo, ahora, que es posible que ambas posturas puedan convivir en una misma voluntad de escritura, de tan contradictorio y emocionante que resulta crear en este siglo, con estas condiciones y estas perspectivas.

Más allá de esto, creo que si la poesía tiene algún poder superior en un mundo en crisis ese es el de atajar, en primer lugar, la crisis del lenguaje. No tengo ninguna fórmula para este proceso, pero sí son cuestiones en las que he pensado mucho en estos meses. Si hay una vía en el presente para escribir poesía social o algo parecido a lo que pensamos cuando usamos el sintagma “poesía política”, ese camino debe pasar necesariamente por afrontar toda una quiebra del sentido, por reevaluar nuestra relación con las palabras, la relación que hacemos explícita entre las palabras y la verdad, y por horadar todos los significados tradicionales, que ahora están gastados y han perdido su poder referencial. Ello no implica conformarse con una escritura ensimismada. Tampoco pasa por desprenderse de la emoción. No me gustaría que nuestro trabajo adquiriera la frialdad de la ciencia del lenguaje. Muy al contrario, pienso que esto supone una apuesta apasionada, generosa y radicalmente arraigada en la realidad del presente. Si la poesía, en suma, puede ser en algún caso una barandilla salvadora, como en el poema de Szymborska, lo será del lenguaje y lo será amorosamente.


Un petirrojo en una jaula pone furioso a todo el cielo

William Blake


FELIPE BENÍTEZ REYES


No creo que la poesía aporte más o menos según las épocas. Es lo que es, mucho o poco, y ya está


Al fin y al cabo, el secreto a voces de la poesía pasa de mano en mano, de generación en generación, igual que una especie de fuego invisible: la superviviente eterna de las voces apocalípticas que anuncian con alarma cíclica su extinción. Pero cayó la Roma imperial y ahí sigue Virgilio. Mueren los emperadores del Japón y los livianos y antiguos haikús siguen conmoviéndonos.


En un plano estrictamente personal, me imagino que no peco de sentimentalismo si considero que la poesía es un ejercicio de fijación de la memoria, una autobiografía moral y estética paralela a nuestra biografía, un testimonio más o menos razonado de fantasmagorías y de certidumbres. Al cabo del tiempo, en un poema resuenan las pisadas de ese tiempo, los pasos que dimos hacia nosotros en busca de nosotros. Y, a la vuelta de los años, a la vuelta de los libros, relee uno lo escrito y –al margen de su grado de valor- encuentra un sentido inesperado a todo ese afán, a todas esas palabras ordenadas: la poesía como la nostalgia inconcreta de uno mismo. La poesía como el mensaje embotellado de un náufrago que el capricho de la marea devuelve a la misma orilla. La poesía como una relectura de la propia existencia, transformada ya en una leve ficción y ajena al tiempo, acogida a un melancólico simulacro de eternidad, mientras la vida pasa.


Mientras el tiempo fluye

no es ni siquiera tiempo

Felipe Benítez Reyes