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poesía vaso roto

¡Oh! Dejad que la palabra rompa el vaso

En el volumen ¡Oh! dejad que la palabra rompa el vaso encontramos una muestra de los sustanciosos quince años de la Colección Poesía de Vaso Roto Ediciones, una reunión sugestiva de voces heterogéneas en el tiempo «como si el tiempo fuera un vaso roto» y en la temática «Anne Carson ha escrito que es obligación del poeta ser ciento por ciento honesto cuando habla de la nada, la falta, la sed, el hambre, metáforas de moción, de conmoción» que trazan un interesante recorrido por la poesía de los últimos dos siglos.

A continuación, un fragmento perteneciente a la introducción, escrito por Jeannette L. Clariond:

La poesía o es poesía o no lo es, afirmó Roberto Juarroz alejándose del ideal de los grandes y mejores, bajo la noción de que moriremos sin saber quién sobrevivirá. Entonces, ¿Para qué dejar constancia de las creaciones por las cuales se nombra lo inefable? Por el libro. Por la sabiduría que encierra cada símbolo, cada signo. El libro hace de nuestra existencia una más transitable. Cada palabra escrita forma parte de ese instante que llamamos eternidad, camino siempre en ascenso al origen.

Cada ejemplar incluye la reproducción con firma del artista Víctor Ramírez del grabado que aparece en la cubierta

El libro es el misterio de nuestra interioridad. Es el dilema actual que mayor análisis requiere en sus contenidos. El libro es el vehículo diferenciador de quien está en este mundo luchando, no por fines políticos, doctrinales o de poder, sino porque ha buscado transformar y reparar su existencia. Hay en el libro una luz, un deseo de transcender y dejar de lado lo que no conforma el proyecto esencial y estructural, entendida la estructura como aquella astilla, fragmento o o trozo que aporte cohesión a su promesa. A todos se presenta. Tenemos la libertad de ver o no ver eso que prefigura el espíritu del mundo.

Un verso nos lleva a otro verso, un poema a su par. Una voz no imita otra voz, la salva. La trae a presente, la rescata. La reelabora para que perviva. Ésa ha sido para nosotros tarea cardinal. Los dioses han huido. Estamos en el mundo para rescatar su hálito, esa pequeña verdad que nos ancla a la vida. Su sueño lleva nuestro nombre. Honrarlo no es una tarea sino el estadio en el que permaneceremos despiertos, atentos. Trabajar con el libro es una experiencia de vida, de apertura, de dolor, es la gota de sangre en la vela.

Algo se olvida al aleteo del colibrí. Misterio nacer en el centro donde lo que se rompe es desierto aún sin nombrar. Vamos camino al alba, somos arboladura, semilla en nuestra sed, derrubio. Fuego en ascenso, la voz de cada poeta es río, senda escarpada, sangre latiendo. en un fondo de sutiles destellos se suceden explosiones de luna gris que despiertan pájaros, cascadas, atardeceres. Es cierto que la elección nunca es vasta y nunca es libre, pero también podemos aseverar que la legitimidad de cada voz aquí reunida brota singular, honesta, única.

La borrosa edad del agua va corriente arriba hacia el lugar donde recobra lo que fue, ciega vibración rompiendo el cristal, desprendimiento azul del lago, hielo donde miras lo que jamás ha mirado nadie: ese profundo sedimento de cielo que brilla fresco como la cal. La lluvia, el hilo del ánade, el almanaque, la hoja del arce, se abren.

Somos camino insospechado en la nieve.


El vaso roto

Decir que alguna ve contuvo margaritas y campánulas

es ignorar, de algún modo,

su brillo indeleble donde, en añicos contra el suelo,

el ancho vaso yace como si acogiera al sol,

sus verdes hojas orladas, su desecho resplandor,

esparció su vidriada integridad por todas partes;

espectros, liberados hablarán

de un florecer más frío donde roto quedó el frío cristal.

Astillas se desplomaron de la unidad al caos,

aún así, cada arista retiene

la marca opalina de la imperfección

cuyos rayos, asimétricos, postularán

más de una red de ángulos cruzados de luz

cuando al atardecer se dirijan hacia puntos iliesos

y esbocen en la estancia

las posibilidades del fuego y su aceptación.


Las generosas curvas de vidriado artificio

dan fe de su pureza

en unidades lúcidas. Libre de éstas,

como el amor triunfa sobre la irrelevancia

y construye armonía de disonancias

y de algún modo vive entre nosotros, roto, como si

el tiempo fuera un vaso roto

y nuestra última alegría asumir que no se puede remediar.


Astillas presagian ruina desde el suelo,

cortan estructuras en el aire,

delimitan, ojos o brújulas, un rostro

de matemática fijeza, haz de luz

en cuyos límites podemos colocar

todas las soledades del amor, espacio para el rostro del amor,

reverdecidos proyectos de amor,

los monumentos del amor como lápidas en nuestras vidas.

James Merrill