Juan F. Rivero
Juan F. Rivero. Fotografía de Ana Rocío Dávila

Juan F. Rivero: «Hay muchas cosas que se pueden aprender cuando uno observa detenidamente la fragilidad»

Juan F. Rivero (Sevilla, 1991) es poeta, editor especializado en humanidades y clásicos literarios; ha traducido a cimas como John Ashbery. Entre sus libros, los poemarios Canícula (2019) y Las hogueras azules (Candaya, 2020). Textos brillantes que siendo originados desde raigambres muy distintas, consolidan una voz limpia y firme que, sin embargo, no rehúsa seguir experimentando hacia otras nuevas formas que amplifiquen esos contornos de sensibilidad ya aprendidos. Cómplice agradecido de los clásicos, de la literatura oriental, en constante y fecundo diálogo activo, entre lo ya leído, lo sentido y lo que, todavía, está por llegar.

«Las luces de neón, como arbotantes de una iglesia no delimitada, se levantan en tallos yugulares y se ofrecen, dulces, al sacrificio de la integración en una luz más alta y colectiva»

¿Qué diagnóstico harías del estado actual del mundo editorial?

El mundo editorial español es amplísimo. Al año se publican decenas de miles libros sobre una infinidad de temas y para todos los públicos, así que me resultaría imposible hacer un único diagnóstico general. A grandes rasgos, podemos decir que la industria está muy viva a pesar de la gran competitividad y que, sin duda, jamás ha habido en España mayor diversidad en cuanto a las publicaciones. Esta diversidad, sin embargo, no responde a un crecimiento equiparable del número de lectores, sino a un movimiento general de la industria, que trata de adaptarse a un público cada vez más complejo, con intereses muy variados y extremadamente atento a la novedad, sobre todo por lo que respecta a temas de actualidad mediática. Una consecuencia directa de este movimiento es que, aunque se publica un mayor número de títulos, las tiradas iniciales y las de las reimpresiones se reducen, pues el público al que llega (y se dirige) cada título es menor. Esta es una tendencia que va a más, y que afecta especialmente a los autores, que siguen dedicando el mismo esfuerzo a la creación sin dejar de ver cómo menguan las ganancias directas que obtienen por ella. Por lo demás, cada nicho requeriría un análisis particular para el que aquí no hay espacio, aunque huelga decir que poco tienen que ver la edición de ficción y la de no-ficción (una etiqueta-comodín bajo la que a menudo se engloban todo tipo de publicaciones, desde los libros de filosofía hasta los recetarios de cocina), o la edición de literatura infantil y la de guías de viajes, por poner dos ejemplos.

¿Y de la poesía?

Por lo que respecta a la poesía, que es donde yo me muevo como autor —y de la que, espero, puedo hablar más orgánica que mercadotécnicamente—, creo que estamos viviendo una efervescencia creativa y editorial que hace un par de décadas habría parecido impensable. Sobre todo porque, a diferencia de lo que está ocurriendo con otros géneros literarios, la poesía no solo no ha perdido lectores durante los últimos años, sino que los ha ganado, y muchos. Esto se debe a que la llegada de Internet y su popularización gradual han supuesto el desembarco en el género de todo un nuevo grupo de lectores que se sale del marco tradicional del lector de poesía. En mi caso, que es el de muchos poetas de mi edad, se ve muy claro: el auge de los blogs en la segunda mitad de la primera década de los 2000 nos permitió leer poesía fuera de los poemarios, y eso supuso un cambio radical en nuestra formación como lectores y escritores. De pronto se rompía la cadena que iba del libro de Lengua a la biblioteca de tus padres, o a la biblioteca pública, y de ellas a los escasos libros que pudieras comprarte o, en el caso de más de uno, sisar en El Corte Inglés. En su lugar, nos bastaba encender el ordenador para encontrarnos un montón de webs en las que, con criterios diversísimos, que iban desde lo honradamente riguroso hasta lo infame, se antologaban obras de autores de toda procedencia, estilo y época, a menudo mezclados con letras de canciones, diarios de lecturas, imágenes, etc. Yo, por ejemplo, pasé de buscar en Internet anime y manga gratis a zamparme todo lo que encontrase relativo a Japón, incluyendo, por supuesto, todos los haikus del mundo. ¿Qué chico de 15 o 16 años se ponía a escribir haikus en los años 70? ¿Cuál pasaba de leer poemas de Juan Antonio González-Iglesias en A media voz a leer a Angélica Liddell hablando de masturbarse en «Mi puta perrera»? Ninguno. Me parece evidente que ese caos maravilloso, ese desorden lúdico, esa desestructuración, nos ha cambiado en nuestro modo de entender la poesía, y la explosión de lectura que se dio desde entonces, sobreviviendo al declive de los blogs y saltando a las redes sociales (a las que la poesía, debido a la breve extensión que se estila en el género, se ha adaptado mucho mejor que la narrativa o que el teatro), florece ahora en un sistema editorial en el que las editoriales tradicionales y el sistema de premios apenas pueden abarcar una parte minúscula de lo que se escribe. En mi opinión, esto y el abaratamiento de los costes de publicación explican por qué no paran de surgir nuevos espacios y propuestas editoriales en un entorno tan difícil económicamente como el de la poesía.

A diferencia de lo que está ocurriendo con otros géneros literarios, la poesía no solo no ha perdido lectores durante los últimos años, sino que los ha ganado, y muchos.

¿Es posible sobrevivir en el panorama poético publicando fuera de las grandes estructuras mediáticas y sin la ayuda que granjean los premios?

Sí, aunque tendríamos que definir lo que consideramos «grandes estructuras mediáticas». A veces nos dejamos llevar por tópicos y queremos pensar que, en el pasado, la poesía se escribía con absoluta independencia de sus cauces de difusión, se guardada después en un arcón y era felizmente encontrada por un crítico con la valentía y la posición justas para elevarla a su lugar incuestionable en la literatura universal. Algo así como el mito de Emily Dickinson (cuya relación con el sistema literario tampoco fue exactamente como suele contarse) extrapolado a toda la creación poética. En realidad, claro, todo es mucho más complejo: los poetas han peleado siempre por la visibilidad, han buscado los huecos en los que poder difundir su obra cuando todavía no tenían lectores propios y han sufrido cuando no han conseguido encontrarlos, exactamente como sucede hoy. Tengo la sensación de que hay quien abomina de las redes sociales, en tanto que supuesta «gran estructura mediática», sencillamente por una cuestión de elitismo, como si fuera malo dirigirse a un público potencialmente amplio —independientemente de la calidad de lo escrito— solo porque uno se aparta de los cauces tradicionales de la difusión editorial. Creo que Internet y las redes sociales suponen un espacio precioso para la difusión de poesía y que algunos hemos encontrado en ellas un lugar en el que ser creativamente libres, y desde el cual poder llamar honestamente la atención de los lectores y del mundo editorial. Quien a estas alturas no quiera ver esto y las repudie perezosamente como espacios de difusión de la poesía es o bien muy corto o bien muy mal intencionado. Esto, por supuesto, no significa que yo no entienda y respalde a quien, sencillamente, no quiera o no pueda participar de él. O a quien se encuentre cómodo llegando a los lectores a los que la poesía ya llegaba antes porque se preocupaban de seguir los ritmos del circuito y de participar de él. Ciertamente, participar como escritor en el debate público que la literatura genera en Internet y las redes sociales requiere una energía que también podría invertirse en escribir, pero igualmente lo hacen presentarse a concursos o intentar colocar tu trabajo en revistas y editoriales.

Por lo demás, confío en el oficio del tiempo y en que, siempre que llegue a difundirse, y a pesar del ruido que ciertos perfiles pueden generar en la esfera mediática, ya sea por una popularidad ajena al trabajo poético o por cualquier otra cuestión, la buena poesía terminará pesando sobre la poesía mediocre, la patrocinada y la de fórmula, independientemente de si gana concursos o de que cuente con respaldos extraliterarios.

Tengo la sensación de que hay quien abomina de las redes sociales, en tanto que supuesta «gran estructura mediática», sencillamente por una cuestión de elitismo, como si fuera malo dirigirse a un público potencialmente amplio —independientemente de la calidad de lo escrito— solo porque uno se aparta de los cauces tradicionales de la difusión editorial. 

Últimamente, han saltado algunas polémicas relacionadas con el sospechoso funcionamiento interno de algunos premios literarios. ¿Influyen en estos certámenes cuestiones ajenas a la calidad intrínseca de la obra? ¿Se ha infiltrado en ellos la rentabilidad retorcida y calculada del marketing y la viralidad?

En este sentido entiendo que cada certamen, en tanto que está convocado por entidades distintas y dirigido por personas diferentes, es un caso particular, y que las generalizaciones rápidas son contraproducentes. Tampoco son iguales, ni responden a las mismas dinámicas, los premios que se dan a obras inéditas (es decir, aquellos a los que el autor concursa), que aquellos que reconocen el valor de obras ya publicadas, pues estos últimos se dan con respecto a trabajos que ya han llegado a público y que, por tanto, se ven afectados solo en segundo grado por las decisiones del jurado. A mí la institución del premio nunca me ha parecido negativa per se, aunque me haya pronunciado habitualmente en contra de la excesiva importancia que a mi juicio se les concede tanto por parte de la prensa cultural como de ciertas instituciones. Entiendo que la convocatoria de este tipo de certámenes responde, esencialmente, a unas circunstancias en las que muchos escritores tratan de publicar su obra sin lograrlo, y en las que un jurado debidamente constituido puede cumplir la labor de lanzar limpiamente a la escena poética una obra que, de otra manera, no se llegaría a publicar. El problema se da cuando las composiciones de los jurados empiezan a repetirse aquí y allí, y cuando determinadas editoriales encuentran en la convocatoria del certamen un negocio rentable en términos no solo económicos, sino también de prestigio y dominancia. En esas condiciones, y más aún cuando, como pasaba en España hace unos años, el resto el panorama editorial de la poesía es pobre o está anquilosado, el concurso se convierte en un filtro estilístico, ya que la ausencia de variedad en los jurados y en las editoriales convocantes provoca un embudo por el cual no pasan aquellas obras que, por cuestiones de originalidad, chocan con las propuestas hegemónicas. Si esto se da, nos encontramos con una situación en la que las obras premiadas empiezan a parecerse cada vez más entre sí, y en la que, finalmente, el sistema termina por institucionalizar cierto estilo en detrimento del resto de propuestas. Además, como es habitual que los nuevos escritores que se incorporan a los jurados hayan sido premiados por estos previamente, el embudo se cierra y el sistema se hace cada vez más conservador.

La buena poesía terminará pesando sobre la poesía mediocre, la patrocinada y la de fórmula, independientemente de si gana concursos o de que cuente con respaldos extraliterarios.

Por suerte, creo que, en España, la situación actual hace ya varios años que dejó de ser esta, sobre todo desde que la poesía que se vino a llamar «de la experiencia» o «de la nueva sentimentalidad» comenzó a decaer en popularidad y a perder privilegios institucionales. ¿Existen premios cuyos fallos se ven afectados por factores de carácter económico? Sin duda, sí. ¿Premios cuyo fallo puede verse influenciado por cuestiones extraliterarias, tales como el nepotismo o la afinidad estilística? Me temo que también. ¿Agotan estos premios el panorama? Por suerte, ahora mismo, en 2021, no, ya que existen otros cauces de difusión de la poesía (publicaciones colectivas, editoriales independientes, autopublicación en las redes sociales y premios limpios) que permiten difundir una obra sin la necesidad de ganar ningún certamen. Lo que sí me preocupa es que perdamos la memoria de los tiempos en los que la diferencia entre tener un premio y no tenerlo implicaba participar o no participar en el sistema literario y recibir o no atención mediática. Es por eso que suelo insistir tanto en que es muy importante que los lectores no nos limitemos a aceptar lo que se premia como lo único bueno, y también que los autores jóvenes se relacionen entre sí, formen grupos de lectura crítica y funden nuevos medios colectivos de publicación, ya que los espacios que se generan por medio de estas prácticas suponen núcleos de resistencia anti-hegemónicos y, sobre todo, fomentan la libertad creativa y la diversidad.

En cuanto a mí, hace mucho tiempo que decidí no presentarme a certámenes literarios, pues considero que, independientemente de lo limpios que estén, coartan la libertad creativa desde el momento en el que imponen reglas de extensión y de presentación.

El escritor Javier López Alós ahonda en Crítica de la razón precaria: La vida intelectual ante la obligación de lo extraordinario en la precariedad inherente a la que están sometidas las personas dedicadas a la práctica cultural y cómo, a su vez, esa misma condición afecta a la actividad del pensamiento orientado al juicio público. Señala que «El precario no se puede permitir fracasar, de donde viene también su frenética y desesperada actividad». ¿Se puede prescindir de esa ultraproductividad sin desaparecer del —ya de por sí— escuálido mapa cultural?

Me temo que no tengo una respuesta a esta pregunta, o al menos no una sostenida en certezas fiables. Por un lado, me gustaría pensar que sí por una simple cuestión de esperanza, pero por otro he visto a demasiadas amigas y amigos colapsar a causa de las presiones de la precarización. Yo mismo he pasado por etapas de ansiedad muy fuertes, que solo después de concederme un tiempo de descanso y terapia he logrado racionalizar y atribuir a unas rutinas en las que el tiempo del descanso y el autocuidado terminan sacrificándose sistemáticamente con tal de lograr esa dichosa ultraproductividad. Pienso que un primer paso para escapar de ella sin desaparecer del mapa es aceptar la injusticia profunda que subyace en la necesidad de figurar continuamente en él, y convencernos a nosotros mismos de que nuestro trabajo, cuando es honesto y bueno, no merece ser arrojado al sumidero del consumo. Es importante que tanto los artistas como el resto de los agentes del sistema cultural reivindiquemos ante nosotros mismos y ante los demás el valor de nuestro trabajo y asumamos que es mejor lo poco significativo que lo mucho estéril, y también que invitemos al público a acercarse al arte sin el apresuramiento del consumo y rechazando el discurso capitalista del mercado y de la producción. En una sociedad como la nuestra, tan angustiada por la pérdida del tiempo y su aprovechamiento casi maquinal, el arte tiene la facultad de reconciliarnos con el tiempo demorado de la vida y de las emociones. Creo que deberíamos incorporar esta idea a nuestros discursos, enseñarla y defenderla. Generar resistencias personales y colectivas contra la maximización impuesta de la productividad, que nos impulsen a querer participar de la cultura en vez de consumirla. Contribuir a una cultura artística en la que el trabajo reciba su justa recompensa y no sea necesario autoexplotarse hasta la extenuación para cubrir las exigencias de un mercado que, además de a la obra y a nuestro trabajo, nos consume a nosotros anímica y físicamente. Pienso que, en definitiva, incluso aunque no sea posible escaparse del todo de esa ultraproductividad, si que podemos y debemos resistirnos.

En una sociedad como la nuestra, tan angustiada por la pérdida del tiempo y su aprovechamiento casi maquinal, el arte tiene la facultad de reconciliarnos con el tiempo demorado de la vida y de las emociones.

Hay un verso de Jaime Siles que dice «Es desaparecer / lo que nos ilumina». Sigue aumentando el número de personas que hablan sobre la necesidad de disminuir su presencia en las redes sociales; la fatiga tecnológica que produce y el estado de activación permanente pueden derivar en otro tipo de problemáticas. Hace unos meses decidiste abandonar twitter durante un tiempo, ¿qué te llevó a tomar esa decisión? ¿te ha supuesto algún tipo de aprendizaje? ¿crees que puede existir una proporción ideal de participación digital?

No me caben dudas de que las nuevas tecnologías traen consigo problemas nuevos, y tampoco de que uno de los que han traído consigo las redes sociales es el de la sobreexposición. Se trata de espacios que exigen nuestra atención y, en un grado nada desdeñable, nuestra implicación emocional. Canalizamos a través de ellas nuestras inquietudes personales, culturales y políticas, y —aunque seguramente todos seamos conscientes en un grado u otro de que al hacerlo participamos de un debate en miniatura, que no agota la realidad ni personal ni cultural ni políticamente, y que además está regido y dispuesto por empresas privadas que capitalizan nuestra actividad— constituyen un entorno en el que resulta fácil quedar atrapado si, de vez en cuando, no se toman distancias.

En mi caso, decidí tomarme un descanso de Twitter porque necesitaba dedicarle menos tiempo y energías al debate público y concentrarme en mis nuevos proyectos literarios como traductor y como poeta; pero también porque, tras una etapa relativamente larga de ansiedad, quería reducir el ruido por una temporada y tomarme algún tiempo para reflexionar, entre otras cosas, acerca de mi propia relación con la red. Finalmente volví el mes pasado con los deberes hechos y el propósito de dedicarle menos tiempo en general, evitar tanto como pueda el ruido y las discusiones estériles y dedicar mi tiempo en la plataforma a aprender, contribuir en la muy modesta medida de mis posibilidades a construir un relato colectivo crítico con respecto al momento presente y compartir, con quien quiera leerlas, mi poesía y mis reflexiones sobre literatura y arte en general. También os digo, claro, que vuelvo porque considero que el lugar al que regreso merece la pena, aunque con esto no me refiero a Twitter en sí mismo, sino al círculo que estos últimos años ha venido a llamarse Twitter Literatura y que, sinceramente, me parece un verdadero privilegio, tanto por el intercambio que fomenta como por la generosidad con la que muchas de las personas que lo integran comparten lo mucho que saben y lo mucho que leen. Para alguien como yo, que, como dejaba caer antes, se acercó a la creación literaria desde fuera, negándose a participar en certámenes y sin otra puerta de entrada que la del trabajo y de la confianza en que tarde o temprano llegue quien lo sepa apreciar, esta esquinita de Twitter ha supuesto un espacio precioso para crecer como escritor.

Me gusta insistir en esto porque creo que las redes sociales a menudo se denostan con la mirada muy corta, e incluso con cierto resentimiento, sin tener en cuenta que para muchos de nosotros han significan un espacio de encuentro, aprendizaje y generosidad.

Es importante que tanto los artistas como el resto de los agentes del sistema cultural reivindiquemos ante nosotros mismos y ante los demás el valor de nuestro trabajo y asumamos que es mejor lo poco significativo que lo mucho estéril, y también que invitemos al público a acercarse al arte sin el apresuramiento del consumo y rechazando el discurso capitalista del mercado y de la producción.

Las hogueras azules (Candaya) también puede leerse como un libro a la contra del déficit de atención masivo y el estruendo que recorren estos tiempos; la captura concisa de lo delicado y el respeto por la fragilidad de la vida. Escribes que «No hay nada más hermoso / que ser frágil / en un mundo infinito». ¿Por qué se huye con tanta insistencia de la fragilidad?

La vida, por desgracia o por virtud, es un don delicado y finito. El cuerpo es frágil, la mente es frágil, incluso la memoria lo es. Marguerite Yourcenar, en el Alexis, dice que, en realidad, «lo que amamos del otro no es más que un préstamo que le ha hecho la vida». A menudo, cuando se piensa en esto, a uno le sobreviene la desolación, así que se acostumbra a mirar a otra parte, a evitar toda imagen de la fragilidad, propia y ajena, pues hasta en la fragilidad de los demás, de los objetos y los animales, encontramos reflejos de la que tarde o temprano se hará evidente en nosotros. Yo, sin embargo, pienso que hay muchas cosas que se pueden aprender cuando uno observa detenidamente esa fragilidad, cuando la acepta como parte de un mundo en el que nada es permanente, que se dirige a la extinción, y en el cual hemos tenido la gran suerte de nacer con una mente y con un cuerpo capaces de soportar la maravilla misteriosa de la vida, de llamarse a sí mismos yo, de disfrutar de los otros, de acompañarlos y cuidarlos mientras se desvanecen, de procurarles cierto grado felicidad y, al hacerlo, de procurárnosla a nosotros mismos. Tal vez por eso siempre me ha entristecido que el ser humano cree continuamente dioses y mundos ultraterrenos en los que refugiarse de la omnipresencia de la fragilidad. Temo que la esperanza en otros mundos nos aleje de este —aunque por suerte he conocido a muchas personas religiosas que me demuestran que esto no tiene por qué ser así. En mi poesía reciente he procurado desarrollar esta idea de la fragilidad como una condición común entre los seres vivos, como un nexo que nos une y que nos hace necesarios para los demás, también con una perspectiva ecologista. En este sentido, pienso que, como decía en uno de los poemas que publiqué el mes pasado en la revista Casapaís, «hay un espejo en todo lo que vive» y merece la pena mirarnos en él.

¿Qué supuso formativamente en el desarrollo de tu voz poética haber traducido a John Ashbery?

Mis traducciones de Ashbery aparecieron en La escuela poética de Nueva York a finales del verano de 2020. Fue un trabajo que me ocupó varios meses del año anterior, por lo que solo coincidió con los últimos repasos de Las hogueras azules, que escribí entre principios de 2017 y mediados de ese mismo año. Como lector, sin embargo, había llegado a Ashbery mucho antes, cuando aún estaba en la universidad; primero por el poema Autorretrato en espejo convexo, que había leído en inglés y en la versión castellana de Javier Marías, y después por poemarios completos como Ríos y montañas, El doble sueño de la primavera y otros de su primera madurez. Para mí, su descubrimiento representó, junto con el de Anne Carson y, antes, los de Wallace Stevens, Robert Walser y Witold Gombrowicz, la posibilidad de una literatura capaz de mirarse a sí misma sin dejar de mirar hacia el mundo ni de hablar de él; de una escritura que, a pesar de tener una fuerte dimensión metapoética, no se agota en la autorreferencialidad. Creo que, si no hubiera leído a Ashbery y esos otros autores, el juego metaliterario de Las hogueras azules no sería el que es. Fue estudiando sus poéticas y releyéndolos en distintas etapas como llegué a la idea de un libro que pareciera una cosa y resultara otra después de la lectura; que utilizara el exotismo de las literaturas china y japonesa para invitar al lector a hacer una reflexión profunda acerca de su modo de mirar el mundo y de verbalizarlo y, sobre todo, acerca de las posibilidades expresivas del lenguaje.

En mi poesía reciente he procurado desarrollar esta idea de la fragilidad como una condición común entre los seres vivos, como un nexo que nos une y que nos hace necesarios para los demás, también con una perspectiva ecologista.

El poeta zaragozano Juan Marqués mencionaba que «La poesía debe ser trascendente, pero hay que serlo sin ser solemne, porque la solemnidad es el mayor enemigo de la poesía». ¿Qué sueles valorar en un poema? ¿Qué te conmueve?

Es curioso, porque quizás hace unos años habría dado una respuesta muy distinta a esta pregunta, pero ahora mismo creo que lo único que le pido a un poema es que consiga sorprenderme. Tal vez sea una cuestión de deformación profesional, pero el hecho de llevar años dedicándome a la edición de clásicos de la literatura universal, y por lo tanto saltando entre culturas, idiomas y tiempos, me hace pensar en la historia de la literatura como la historia de la continua renovación expresiva del lenguaje, siempre a la zaga de un mundo que cambia en la medida en la que lo habitamos, lo transformamos y lo destruimos. Cuando una obra literaria te sorprende —y empleo, por supuesto, en el mejor de los sentidos el verbo sorprender— es porque ha conseguido expresar algo de tal forma que te obliga a repensarlo, a revisar su posición en tu imagen del mundo, ya sea este algo una idea, un fenómeno, un hecho o una emoción. Y eso, además de ser enormemente emocionante, tiene la gran ventaja de poder lograrse por medio de casi cualquier estrategia expresiva o, si se quiere, de cada nuevo paso de la imaginación.

Creo que Internet y las redes sociales suponen un espacio precioso para la difusión de poesía y que algunos hemos encontrado en ellas un lugar en el que ser creativamente libres, y desde el cual poder llamar honestamente la atención de los lectores y del mundo editorial. Quien a estas alturas no quiera ver esto y las repudie perezosamente como espacios de difusión de la poesía es o bien muy corto o bien muy mal intencionado.

¿Puede ayudarnos la poesía a detenernos, fijar la vista, hacer un poco más comprensible la realidad?

Sí, sin duda, en tanto que la poesía, como la literatura en general, nos predispone a examinar y empatizar con el punto de vista del otro, la interpretación del otro, la sensibilidad ajena. Y sobre todo a hacerlo demorada y reflexivamente, en contra de la tendencia a la aceleración que parece estar desquiciándolo todo en los últimos años. Hasta el placer.

Eres especialista en literatura oriental, tu último libro Las hogueras azules (Candaya) es, en cierto sentido, un poemario inspirado en las tradiciones literarias orientales. ¿Qué te gustaría destacar de ella, en contraposición, a la occidental?

Bueno, yo no me considero especialista en literatura oriental. (Y tampoco creo que se pueda ser tal cosa, dada la inmensa vastedad que en la práctica abarcaría ser experto en las literaturas de China, Corea, Japón, Vietnam, Mongolia etc.) Estudié Filología Hispánica, pero rápidamente me di cuenta de que mis intereses no se limitaban al ámbito hispanohablante, así que a los veintidós años, tras un tiempo viviendo en Estados Unidos, decidí hacer un máster en Traducción Literaria y, mientras tanto, conseguir algo de dinero como fuese, con la gran suerte de que acabé corrigiendo y editando libros para editoriales pequeñas y, con el tiempo, pudiendo dedicarme profesionalmente a la edición, que combino con la escritura, la traducción y el resto de mis actividades literarias. Esta última circunstancia, que se vio reforzada cuando, en 2017, empecé a trabajar para una editorial dedicada fundamentalmente a la publicación de humanidades y clásicos literarios, es la que me ha permitido ir picando continuamente de aquí y allá, aunque siempre con un pie puesto en la literatura en castellano. Mi relación con las literaturas de Japón y China, sin embargo, viene de mucho antes; concretamente de cuando, siendo todavía casi un niño, me encontré fascinado por la cultura japonesa. Llevo toda mi vida leyendo a autores japoneses, y después chinos, ya que la cultura japonesa es imposible de entender con cierto grado de profundidad sin la de sus grandes vecinos en el continente. Por todo esto, para mí fue muy sencillo comenzar a compartir esta pasión, dando clases introductorias sobre poesía, narrativa y cultura en general.

Por lo demás, y tratando de responder a la pregunta, creo que me sería imposible destacar un solo aspecto (o un puñado de ellos) en contraposición con esa mencionada «tradición literaria occidental» que, en la práctica, es todo menos homogénea. Sí podría contaros que, por lo que a mí respecta, como escritor educado en el canon euroamericano de finales del siglo XX, la poesía japonesa me reconcilió con la emoción y, tal vez, con una idea menos intelectualizada y más expresionista del arte.

Para terminar, un verso (propio o ajeno) que describa el presente.

No es un verso, y no sé si describe el presente, pero tal vez le apunte al corazón: «porque el amor por su naturaleza necesita un futuro» (de Sarah Kane, Crave, 1998; versión propia).

La poesía, como la literatura en general, nos predispone a examinar y empatizar con el punto de vista del otro, la interpretación del otro, la sensibilidad ajena. Y sobre todo a hacerlo demorada y reflexivamente, en contra de la tendencia a la aceleración que parece estar desquiciándolo todo en los últimos años. Hasta el placer.

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[kofi]