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Gabi Martínez pastor
Foto: Gabi Martínez

Gabi Martínez: «La fe en el valor de lo que otros menosprecian»

«El hombre, nos guste o no, tiene sus raíces en la Naturaleza y al desarraigarlo con el señuelo de la técnica, lo hemos despojado de su esencia».

Miguel Delibes decía esto en 1975 en su discurso de ingreso a la Real Academia Española.

En el invierno de 2017, el periodista y escritor Gabi Martínez decide acometer una experiencia contundente. Durante ocho meses se instala en un refugio sin luz y sin agua corriente en la Siberia extremeña. A su cargo estarán cuatrocientas ovejas de raza negra. En este tiempo será aprendiz de pastor en los mismos parajes en los que su madre pasó la infancia.


En su nuevo libro, nos encontramos ante una nutritiva crónica a contracorriente del bullicio y del postureo artificioso de las últimas tendencias. En Un cambio de verdad: una vuelta al origen en tierra de pastores se habla de la vida y de lo que sigue resistiendo erguido contra todo pronóstico frente a la apisonadora grandilocuente de la modernidad: ecología, pastores, agricultura, costumbres, cooperación, animales, orígenes. Aquello esencial a lo que se refería Delibes y que el vanidoso ‘progreso’ sigue dislocando a cada paso.

Gabi Martínez -como ya nos tiene acostumbrados a los que seguimos su trayectoria literaria- vuelve a rescatar de los márgenes otra realidad que tenía que ser narrada, y lo hace apelando sin concesiones a la responsabilidad que tenemos en modificar cuanto antes algunos de los actuales paradigmas ecocidas que nos embisten.

Literatura de naturaleza y vida y un cambio de verdad.

¿Cómo surgió ‘Un cambio de verdad. Una vuelta al origen en tierra de pastores’?

Después de varios años escribiendo sobre otros lugares del mundo he ido acercándome cada vez más a mi entorno cercano. El nacimiento de mi hijo me hizo pensar en temas medioambientales de un modo más serio, más implicado. Y, a la vez, el deterioro moral de la política y los medios de comunicación me llevó a preguntarme cómo mis padres habían mantenido su dignidad, su idea del respeto por los demás, tan firme a lo largo de su vida. Mi madre había sido pastora de niña, hija de pastor. Creí que en su forma de relacionarse con la naturaleza debía haber una especie de respuesta. Instalarme en la tierra, en la naturaleza donde ella creció podía darme al menos alguna intuición de cómo podía haberse construido mi madre viviendo en un medio tan distinto al urbano. Yo contaba con sus historias de toda la vida, su educación, y con la posibilidad de quedarme en un refugio de pastores al que llegué gracias a gente que conocía a nuestra familia en Extremadura. Así fue como me instalé allí, con la misión de aprender del pastor a cargo de un rebaño de 400 ovejas.

Mi madre había sido pastora de niña, hija de pastor. Creí que en su forma de relacionarse con la naturaleza debía haber una especie de respuesta.

¿Vas percibiendo cambios en tu día a día tras la experiencia inmersiva en la Siberia Extremeña?

De allí volví con auténticos amigos, con los que hablo casi a diario. Hemos impulsado la Asociación Caravana Negra para estimular la alianza entre cultura y naturaleza, así que igual organizamos exposiciones que proponemos apadrinamientos, cambios de modelo ganaderos… Por otro lado, intentamos proponer iniciativas que ayuden a tejer redes que contribuyan a cambiar el relato que nos hemos contado durante décadas y nos ha abocado a una serie de crisis encadenadas que tienen mucho que ver con nuestra separación de los hábitos naturales.

¿Echas de menos algo de aquellos meses?

Cada tiempo tiene sus regalos. Allí fui muy feliz, fue una época de descubrimiento, de inauguración de amistades, y de una conexión inédita, para mí, con el entorno. Intento recuperar temporadas así en cuanto puedo, pero en esta nueva etapa estoy trabajando mano a mano con personas que defienden esa forma de estar en el mundo, y también es muy gratificante. Cada tiempo, sus regalos.

Hay avances tecnológicos que nos mejoran como especie o que pueden ser relativamente útiles. Se trata de, reconociendo esos avances, ponerlos al servicio no del ser humano, sino del planeta. Se trata de hallar el equilibrio, priorizando siempre las opciones biodiversas.

¿Se puede bajo este sistema vivir razonablemente de acuerdo con una conciencia ecologista que no caiga en continuas contradicciones irresolubles?

Razonablemente, sí. Otra cosa es que pretendas ser inflexible en tus posiciones, y así es muy difícil vivir. La convivencia requiere cesiones, al menos algunas. Una clave es crear espacios intermedios en los que intereses opuestos se puedan encontrar. Y, a partir de ahí, emprender cambios significativos. El ser humano está presente en el planeta de forma ineluctable. Y hay avances tecnológicos que nos mejoran como especie o que pueden ser relativamente útiles. Se trata de, reconociendo esos avances, ponerlos al servicio no del ser humano, sino del planeta. Se trata de hallar el equilibrio, priorizando siempre las opciones biodiversas. Por ejemplo, la dehesa es uno de los espacios más biodiversos del mundo…y resulta que es un espacio intervenido por los humanos. La dehesa demuestra que la colaboración entre humanos y naturaleza puede beneficiar a todas las partes. Pues apostemos por ella, y por todo lo que evoluciona en esa dirección.

Mientras miles de individuos enarbolan banderas, el 84% de las razas autóctonas españolas están en peligro de extinción. A ver si ondeamos menos banderas y cuidamos más la tierra y los seres vivos que la habitan.

¿Qué enseñanzas obtenidas de las personas de allí te gustaría destacar?

La fe en el valor de lo que otros menosprecian. Durante la Transición se señaló a la ciudad como símbolo de libertad y dinero mientras el campo se relegaba al rincón de lo triste y lo pobre. Lo curioso es que mucha gente del campo ha asumido ese rol de inferioridad, y lo apuntala. Por eso, los que continúan actuando para defender las potencias del medio en el que viven, los que luchan por empoderar el campo están siendo realmente valientes, incluso arriesgados, porque reman contra la voz popular. De ahí que el libro dé tanta importancia a las ovejas negras, y, con ellas, a los que apuestan por modelos que muchos observan como alternativos, aunque resulta que están aportando las mejores y más reales soluciones a un ecosistema agotado y en depresión.

¿Por qué crees que en España se sigue considerando lo de irse a vivir al campo una cosa frívola de ‘hippies y poetas’?

Porque se ha construido un relato de soberbia urbana y tecnológica que solo aprecia las cosas por su valor exclusivamente práctico, sobre todo económico. El campo, los hippies y los poetas no son, a priori, lo bastante productivos y modernos para esta sociedad. Y, por lo tanto, no son ni siquiera interesantes. España ha apostado por ser un país de nuevos ricos muchos de los cuales no han temido corromperse con tal de seguir sumando billetes, y de algún modo el país ha ido perdiendo la parte más limpia de su alma al perder de vista sus tierras, sus raíces. El alma es el espacio que cultivan los poetas y la gente que opta por formas de vida más libres, no necesariamente hippies, palabra que por cierto se usa de manera despectiva para englobar a los que buscan fórmulas de vida distintas a las de la mayoría. Mientras miles de individuos enarbolan banderas, el 84% de las razas autóctonas españolas están en peligro de extinción. A ver si ondeamos menos banderas y cuidamos más la tierra y los seres vivos que la habitan.

Los que luchan por empoderar el campo están siendo realmente valientes, incluso arriesgados, porque reman contra la voz popular. De ahí que el libro dé tanta importancia a las ovejas negras, y, con ellas, a los que apuestan por modelos que muchos observan como alternativos, aunque resulta que están aportando las mejores y más reales soluciones a un ecosistema agotado y en depresión.

Escribes que «Cuando cuentas algo, lo creas. El futuro se construye a partir de las historias que nos contamos, sean de robots o cigüeñas». Parece que hemos dejado de hablar masivamente de lo que ha estado siempre, una y otra vez se impone -casi totalitariamente- lo que hace ruido, una lógica aciaga en la que lo que resiste a duras penas va quedando cada vez más desplazado del debate público, ¿están los medios de comunicación contribuyendo a esa mutación radical de las cosas que nos contamos?

Por supuesto. Son los altavoces de políticos y empresarios. Hay periodistas validísimos, desde luego, pero los medios de comunicación como tales son en gran parte instrumentos de poderes mayores. Basta comparar las informaciones de unos y otros para percibir que la objetividad no es la prioridad de los medios. Los periodistas que van por libre, intentando ofrecer información no condicionada por grupos de presión, muy pocas veces reciben reconocimientos públicos. La censura existe. Yo tengo dos libros no publicados de los que por contrato no puedo hablar, y otros dos que salieron adelante tras duras negociaciones con abogados de por medio. Sin embargo, estas situaciones no suelen salir a la luz. Aunque, eso sí, luego nos llenamos la boca sobre los grandes reportajes de no sé qué periodista estadounidense, sueco o francés.

La dehesa demuestra que la colaboración entre humanos y naturaleza puede beneficiar a todas las partes. Pues apostemos por ella, y por todo lo que evoluciona en esa dirección.

Estamos en una continua batalla de discursos polarizados que muchas veces solo obedecen a criterios instrumentales de rentabilidad. Como apuntas en el libro: «Mientras los políticos agitan banderas proclamando su amor al país, esquilman su naturaleza esencial destapando día a día actitudes y valores que los sitúan en las antípodas de los de mis padres, una manchega de raíces extremeñas y un catalán». ¿Qué más crees que tendría que ocurrir para que la preservación de la naturaleza pasase a ser un asunto nuclear en las agendas-campañas políticas?

Parece que eso solo puede ocurrir por dos motivos: por una sucesión de destrozos medioambientales que alteren el día a día de manera incontestable, como ahora está pasando con la pandemia, y provoquen pérdidas tan grandes que resulte evidente que hay que cambiar algo para al menos ser sostenibles; o que millones de personas modifiquen sus hábitos orientándolos de un modo más saludable. Pero eso no pasará porque sí. En general, nadie cambia hábitos confortables si no se ve realmente obligado, si no se encuentra en una situación extrema. El sentido de responsabilidad no suele bastar para movilizar a tanta gente. Solo al percibir el límite podremos reaccionar en bloque para proteger en serio la naturaleza. Lo que ocurre es que ya hemos superado el límite, y nos estamos dando cuenta tarde. La reacción llegará a deshora. Bueno. Tampoco es tan grave, las
especies se extinguen. La naturaleza continuará tranquilamente sin nosotros.

El naturalista y escritor Joaquín Araujo comentaba en una entrevista: «He pasado miles de días de mi vida solo en la naturaleza. Pero esa soledad es absolutamente nutritiva, pedagógica, aliviadora. La ignorancia está basada en no usar nuestra propia dotación intelectual y física para comprender el mundo, pero cuando estás solo los ojos ven más, los oídos escuchan más, la piel siente más, el olfato huele más». En relación a la experiencia vivida en la Siberia Extremeña, ¿hasta qué punto estás de acuerdo o has podido experimentar lo descrito en esa reflexión?

De hecho, he respondido eso mismo en una pregunta anterior. Lo comparto plenamente. El contacto continuo con la naturaleza te expande, te revela tu potencial como ser vivo y por eso te anima a seguir desplegándote en todos los sentidos.

La Caravana Negra fue una iniciativa que en 2018 reunió a un director de cine como Agustí Villaronga con ilustradoras, fotógrafos, un director de animación y un pintor… con el rebaño de ovejas negras. La idea ha prosperado y hay varias localidades repartidas por toda España que están trabajando en sus propias caravanas. Es una señal de que hay mucha gente esperando iniciativas que cambien cosas, y un motivo, diría, para una cierta esperanza.

Participas muy activamente en el interesante proyecto de la Asociación Caravana Negra. ¿En qué consiste dicha iniciativa?

Antes aludí al objetivo de espolear la alianza entre sectores tan arrinconados en el imaginario colectivo -y en los presupuestos institucionales- como la cultura y los ligados a la naturaleza.
Además, la asociación reúne a personas con intereses en ambos campos promoviendo desde el voluntariado para trabajar con animales al apadrinamiento o a difundir iniciativas ganaderas o agrícolas. También trabajamos en trashumancias que juntan a pastores, ganaderos y artistas siguiendo al rebaño de oveja merina negra criada en ecológico. La Caravana Negra fue una iniciativa que en 2018 reunió a un director de cine como Agustí Villaronga con ilustradoras, fotógrafos, un director de animación y un pintor… con el rebaño de ovejas negras. La experiencia tuvo un inesperado impacto mediático y ahora está disfrutando de una segunda vida gracias a las exposiciones que se están realizando con los trabajos resultantes de aquella vivencia. La idea ha prosperado y hay varias localidades repartidas por toda España que están trabajando en sus propias caravanas. Es una señal de que hay mucha gente esperando iniciativas que cambien cosas, y un motivo, diría, para una cierta esperanza.

Solo al percibir el límite podremos reaccionar en bloque para proteger en serio la naturaleza. Lo que ocurre es que ya hemos superado el límite, y nos estamos dando cuenta tarde. La reacción llegará a deshora. Bueno. Tampoco es tan grave, las especies se extinguen. La naturaleza continuará tranquilamente sin nosotros.

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Foto: Gabi Martínez