Miguel Alcázar: «Para mí la literatura es sorpresa, innovación, belleza y diversión»

Miguel Alcázar (1987) nació y creció en la provincia de Albacete; es autor de La crítica literaria en los noventa (Ediciones La Uña Rota, 2024); con Manuscritos no solicitados (Jot Down Books, 2025) se adentra en el limbo afótico de los rechazos editoriales, una parte del ecosistema cultural ignorada más allá de cierto tremendismo anecdótico; con este perspicaz experimento literario, Miguel Alcázar continúa afianzando un original universo ficcional reticente a sendas literarias más rígidas, demostrando una vez más que, la ficción pura tiende a ser más elusiva y —quizá— sabe mentir mejor.

Selección de manuscritos conservados en los archivos de una agencia literaria de prestigio internacional, clasificados por género, en aproximación narrativa de Miguel Alcázar y acompañados de entrevistas a sus autores para el disfrute lúdico e intelectual del lector.

*Fragmento del libro.

En efecto: sin ser fan de la literatura neovictoriana que publican las editoriales comerciales, sí siento una gran nostalgia por el reinado de fabuladores como Calvino, Borges, Cunqueiro o Torrente Ballester. ¡La literatura imaginativa nos ha dado tanto a lo largo de la historia, y la estamos dejando de lado! Siento un odio profundo hacia ese cansancio generalizado ante la ficción que ha encumbrado un género mediocre como la autoficción: un género aburrido —narrativas del yo que cifran su valor en la espectacularidad de los hechos que relatan—, hipócrita —todas mienten, pues están pasadas por el filtro de la narración— y paraliterario —lo que siempre se promociona no es la obra sino el autor o la autora, que aparecen muy guapitos para elevar sus traumas u obsesiones hasta el supuesto interés general. Los libros inventados en Manuscritos no solicitados pueden ser fallidos, ridículos, impublicables; pero en ellos brilla la originalidad y la valentía de sus ficticios autores: una loa, como dices, a la ficción absoluta, y una defensa de la misma en estos tiempos obsesionados con la realidad.

lectores imperfectos, humanos; no ese lector ideal que nos quieren vender los booktokers o las librerías cuquis de ciudad

Ambos libros son artefactos —espero que haciendo honor a su etimología: «hecho con arte, con habilidad»— que juegan a hacerse pasar por reales, tratando al lector como adulto hasta el punto de querer engañarle para que disfrute de la broma pesada en la que está participando. Si La crítica literaria en los noventa trataba sobre los amantes de los libros en tanto que lectores —lectores imperfectos, humanos, viciosos; no ese lector ideal que nos quieren vender los booktokers o las librerías cuquis de ciudad—, Manuscritos no solicitados trata sobre el reverso de la ecuación: los creadores, esa gente absurda entre la que me incluyo, obsesionada con escribir literatura por razones que nadie sabe bien explicar. Me faltaría, para completar el tríptico, un artefacto sobre los libreros —que también tienen mucha tela que cortar—; ya lo escribiré cuando me llegue el golpe de inspiración.

«Lúdico» y «bien escrito» son mis metas cuando me encargo de un proyecto, que yo suelo pensar como «divertido» y «original» (nuestra literatura, al contrario que otras, ha sido tradicionalmente incapaz de aunar ambos objetivos, pese a tener al mejor escritor de la historia —Cervantes— como santo patrón). ¿La falta de libertad artística? Difícil pregunta. Quizás sea porque somos, en realidad, una industria pobretona: pese a la abundancia de editoriales en nuestro país, se nota cómo la mayoría se suben a los mismos carros de moda, cómo quieren contentar a libreros y periodistas culturales que, comprensiblemente, buscan maximizar beneficios en un ecosistema complicado. Vivimos, lamentablemente, una época de vacas flacas en que los artistas se convierten en ganapanes, y eso siempre va en detrimento de la aspiración hacia lo verdaderamente sublime, sorprendente u original.

Decía Jopinski que el humor no era sino la cara amable del pesimismo —me lo acabo de inventar— y creo que el polaco, aunque fuese un borrachín de cuidado que acabó sus días desnudándose por dinero, llevaba razón. Cuando escribo, no puedo evitar que aflore el humor —que en Manuscritos no solicitados oscila entre el humor tierno de la chica cuyos padres le pagan amigos y el humor negrísimo de alguien en coma que se imagina vivir en una especie de Fraggle Rock—, y eso que soy una persona bastante cabal y formal en la vida real. En efecto, uno de los mensajes que puede apreciarse en este libro es el de un desasosiego ante la absurda empresa cultural a la que nos dedicamos: publicamos libros, reseñas, vídeos y posts que en realidad no le interesan a nadie, que van a ser olvidados y triturados por el paso del tiempo, que no son importantes; y aun así —aquí viene la parte luminosa— lo seguimos haciendo con ilusión y cariño, lo cual solo puede hablar bien del ser humano.

Sin duda. ¿Acaso no cuenta David Uclés que durante quince años le rechazaron La península de las casas vacías? [En este momento, el entrevistado va al baño, donde guarda una botella de whisky barato a la que le da un lingotazo.] Ahora en serio: claro que sí. Entiendo que la mayoría de las editoriales no prestan atención a autores sin obra publicada, en una época, como digo, muy paupérrima, en la que se ven obligadas a aferrarse a la fama o al número de seguidores —no solo en redes, sino también de contactos en el mundillo cultural— para apostar por una entre las cientos o miles de obras que les llegan. Por pura estadística, a la fuerza tienen que quedarse magníficas obras sin publicar, sepultadas entre tanta morralla aburrida que las acompañará.

Para serte sincero, aunque haya escrito un libro titulado La crítica literaria en los noventa, no conozco muy bien el tema. Sé que me gusta Diagnóstico Cultura —esta vez el autor no hace viaje al cuarto de baño—; sé que me cae mal Ignacio Echave… Echeve… ¿Echevarría? por su tono cascarrabias y su absoluta falta de sentido del humor. Desconocedor como soy del ámbito crítico, sí me emparanoio pensando en los intereses personales de los críticos literarios hacia sus amigotes del sector: la relación entre periodistas y autores, entre críticos y editoriales… Al contrario de lo que sucede en Estados Unidos o el Reino Unido —donde los agentes culturales están más disgregados y no forman camarillas—, uno sospecha que en España hay mucha endogamia, muchos intereses ocultos, una independencia crítica en peligro que repercute muy negativamente en qué se ensalza y qué termina publicándose en nuestro país.

Para mí la literatura es sorpresa, innovación, belleza y diversión, lo que —remontándonos a T. S. Eliot— implica un diálogo continuo con el pasado literario, al que hay que tratar con respeto y admiración. ¿Las novelas neovictorianas a las que hacía referencia antes? No respetan la tradición de la literatura occidental: imitan, replican sin aportar, sin dialogar con las grandes obras —pongamos por caso a Dickens— que las preceden. Además, yo no creo que se pueda aprender a escribir literatura. Lo siento, pero soy un romántico en esto: creo que uno nace escritor —somos en buena medida lo que nuestros genes dictan— o se hace escritor —a base de experiencias tempranas, como las mías de ver películas de terror desde los cuatro años— de manera natural e irreflexiva. Y ojo: no digo «buen» o «mal» escritor, conceptos que tampoco me interesan lo más mínimo, sino simplemente «escritor»: alguien que siente la necesidad de poner negro sobre blanco, de inventar mundos, situaciones o aparato intelectual, y a quien además le hace ilusión hacerlo. ¿Eso se puede aprender en una escuela de escritura? Pues qué va; pero proliferan, de nuevo, porque la gente no es lo bastante valiente para dejarse morir de hambre y se empeña en ganarse el pan.

Hostis, pues no la conocía —tengo pendiente el libro de VLM—. Me parece una iniciativa preciosa: esa cara B de la literatura a la que normalmente no accedemos. Su estudio me parece de repente fundamental; espero que haya buenos académicos trabajando sobre esa literatura invisible. También te digo, en mi sempiterna defensa de la ficción: estoy seguro de que pocos manuscritos de esa biblioteca son tan originales y sorprendentes como los que me he inventado yo.

una loa a la ficción absoluta, y una defensa de la misma en estos tiempos obsesionados con la realidad

Je, je, no puedo contar mucho, pero sale este otoño, supone una vuelta de tuerca y creo que también —¡qué hombre tan pesado!— va a sorprender.

*Lázaro Santano, lector editorial, psicólogo y psicoterapeuta.