Oriol Alonso Cano: «El arte debe ser una lucha irrenunciable contra imperativos de cualquier índole»

David Cronenberg. Infecciones y mutaciones narrativas (ediciones del subsuelo, 2024) del escritor, filósofo, psicólogo y profesor Oriol Alonso Cano, es un ensayo híbrido, imaginativo y extraordinariamente bien escrito que integra con claridad expositiva algunas notas biográficas del autor canadiense, un análisis riguroso de su obra cinematográfica y las claves de su irrevocable vocación literaria.

He charlado con el autor sobre estas y otras cuestiones suscitadas de la lectura del libro.

Los géneros, sean cinematográficos, literarios o de cualquier otro orden cultural o artístico, son categorías que estructuran una realidad, parcelándola y, por consiguiente, limitándola en su alcance subversivo. Los géneros, en realidad, son constructos enormemente amplificados en la actualidad por una sociedad hipercapitalista incentivada por el marketing y necesitada, en todo momento, de encasillar aquello que pretende destronarla y, así, anestesiar sus efectos corrosivos. Cronenberg, como sus contemporáneos Greenaway o Lynch, destripan las categorizaciones en las se pretende asentarlos. 

*Extracto del libro

El diálogo entre disciplinas ha sido crucial desde la noche de los tiempos culturales. Demócrito, Parménides, Heráclito, Platón, Aristóteles, Epicuro Plotino, o ya más adelante Descartes o Spinoza eran autores que conreaban diversas áreas de conocimiento porque no existía eso que tanto daño ha hecho a nuestro marco cultural como es la especialización del saber. Ahora somos (presuntamente) especialistas en un saber determinado pero enormemente ignorantes del resto. De esta forma, conocemos sólo un átomo del saber global que nos circunda. Y lo más triste, Lázaro, es que se premia esta cerrazón y la gente se enorgullece de ella.

Mi trabajo siempre ha tenido como horizonte hacer dialogar espacios, vincular discursos, aunar marcos porque considero que en ese diálogo es donde radica la riqueza artística, intelectual y cultural. También es una forma de abrirnos a un afuera, a una exterioridad que ayuda a escapar de la asfixia de la especialización y de la homogeneidad de los discursos. Asimismo es una manera de ser contracultural en un marco normativo en el que se penaliza la amplitud de miras cayendo en aquello que comentaba Ortega de la barbarie del especialismo.

Su mente es una amalgama de discursos, fenómenos, perspectivas que tienen como resultado una narrativa inquietante que cuestiona e interroga, de forma abisal, los pilares básicos de la condición humana

Es lo que te comentaba en la anterior respuesta. La hiperespecialización hace que estemos cerrados en nuestra particular morada epistemológica o cultural dificultando, con ello, establecer verdaderos vínculos (no diálogos interesados y pragmáticos que son los predominantes), perdiendo, por consiguiente, una mirada que atienda a la complejidad de las circunstancias.

Muchas veces se observan otros marcos con la voluntad de “saquear” lo que es interesante de ellos buscando nutrir unos planteamientos determinados y estandarizados, con todo lo que se pierde irremediablemente al tergiversar esos discursos en beneficio de intereses particulares. También hay miedo, o tal vez sería mejor referirnos a angustia, en el hecho de perderse en campos, horizontes o espacios que no se controlan, que resultan desconocidos y, por ello, se concluye que lo idóneo es apelar al reducto conocido y permanecer a toda costa en él. Y ese es un error porque si no hay pérdida, desorientación, no hay conocimiento.

Es muy difícil hablar de conclusiones porque considero el trabajo artístico como algo abierto, en diseminación, sin clausura posible. Es un libro en el que a diferencia de lo que venía escribiendo últimamente (poesía en mayor medida) no tiene, a priori, esa carga abismática y vivencial que tenía mi trabajo poético. Ahora bien, mirado desde otra perspectiva, hay mucho de escritura abisal y vivencial en el libro ya que nace de mi fascinación por el arte de Cronenberg y su compulsión de escritura. Tenía muy claro qué es lo que quería trabajar y cómo quería abordarlo. Quería trabajar una visión de Cronenberg completamente desatendida en nuestra lengua y, por otro lado, sabía que el camino que debía transitar era el de la hibridación narrativa. Es decir, quería que el ensayo fuese un experimento conjugando diferentes formas narrativas evitando el exceso de erudición académica pero sin caer en una divagación no fundamentada. El libro tenía que ser ágil, directo, sin concesiones ni rodeos, honesto, riguroso y en diálogo con diferentes saberes. Y creo que se consiguieron ambos objetivos.

Asimismo, me ha permitido evolucionar como escritor al permitirme jugar con ciertas permutaciones, con determinados ritmos y tropos. Además, en muchas ocasiones, empleo la figura de Cronenberg para problematizar cuestiones vinculadas con la escritura que propiamente no las defendería el canadiense (pese a que tampoco podríamos decir que le son completamente ajenas) y que son más cosecha mía. Esto, sobre todo, se ve en el último capítulo del libro.

Creo, Lázaro, que el caso Cronenberg estaría absolutamente en consonancia con este consejo o prerrogativa de Simenon. Más allá de la idealización que tenía Cronenberg de la escritura, el peso de la herencia se le hacía insoportable (respecto a su padre biológico, que era articulista en varias revistas, como la de sus padres literarios Nabokov, Burroughs y Kafka, en mayor medida) en el momento de trazar su palabra. Por ello, necesitará desviar su camino para escribir y, sobre todo, narrar desde otro lugar de enunciación. Pero esto no significa que pierda por completo la compulsión de escritura o la necesidad narrativa, sino que lo que hace es reorientarla. Por ese motivo buena parte de su cine está motivado o atravesado de recursos y estrategias literarias. El problema le vendrá cuando se enfrente, de nuevo, a su visión romántica de la escritura porque ahí ya no podrá desembarazarse de su imaginario audiovisual y el cruce de narrativas será un fenómeno más que acentuado. De ahí que siempre tendrá dificultades para asentarse en una línea literaria más convencional.

Cubierta del libro y fotografía facilitada por el autor.

Han surgidos grandes genialidades de la represión. Acuérdate, por ejemplo, lo que decía Baudelaire acerca el talento o bien la disciplina de gente como Mann o Zweig, por citar un par de nombres, en el momento de encarar su obra. Y, ojo, Cronenberg en su vida privada es alguien muy reprimido pese a que pueda parecer lo contrario… Ahora bien, es precisamente el espacio literario o artístico donde pueden hacerse trizas esas constricciones morales y ahondar sin ataduras en los problemas que se quieren tratar. Visto desde otro mirador, puede decirse que se escribe contra algo, como resistencia o acto subversivo respecto a aquello que nos atenaza o interroga de una manera alienante, seamos conscientes o no de ello.

Uno de los mayores problemas actuales es que hay contextos en los que la libertad creativa se está coartando, a veces de forma más explícita y en otras ocasiones de un modo más velado y subrepticio. Y el arte debe ir contra esa tendencia, venga de donde venga. Cronenberg decía que el artista es alguien que vive fuera de la sociedad, o mejor dicho, alguien que debe situarse en los márgenes de lo social puesto que es el encargado de puntuar sus desajustes y puntos ciegos con su trabajo. El arte, en todo caso, debe ser una lucha irrenunciable contra imperativos de cualquier índole (sean sociales, subjetivos…).

El estilo literario es la identidad, lo que nos define como escritores

La mente de Cronenberg es un abismo catacúmbico en el que los discursos y realidades se hibridan entre sí para dar lugar a imágenes y palabras que van más allá de lo establecido. Su mente es una amalgama de discursos, fenómenos, perspectivas que tienen como resultado una narrativa inquietante que cuestiona e interroga, de forma abisal, los pilares básicos de la condición humana. Es una mente oscura, repleta de un fino e inteligente sentido del humor, sofisticada, heterogénea, abierta a la complejidad de lo real.
Su imaginario muchas veces vela la sofisticación y finura de su discurso pero hay que ir más allá de la espectacularidad de determinadas imágenes para observar los movimientos narrativos que pone en liza con ellas.

El estilo literario es la identidad, lo que nos define como escritores, aquello que se repite en mayor o menor medida en la escritura de uno mismo (si es que existe ese uno mismo). Y, como toda identidad, eso que se repite sufre modificaciones en cada reiteración, aunque parezca paradójico. Nunca hay una identidad, estabilidad o inmutabilidad. La repetición nunca es idéntica, pese a que haya algo intangible, invisible, inaprensible que parezca invariable.

Mi estilo ha ido evolucionando puesto que conreo diferentes escrituras y desde siempre las concibo como una experiencia radical: desde la prosa académica, hasta la escritura poética, pasando por el ensayo y el registro literario. Y lo más divertido es que todas se contagian entre sí. Creo que antes mi escritura era más densa, prolija, barroca y con el paso de los libros la he ido desnudando para quedarme con lo esencial, sin renunciar eso sí a determinadas capas poéticas.

Ahora mismo estoy escribiendo un libro sobre Dead Ringers, la obra maestra (en mi opinión) de Cronenberg para Providence Ediciones. Es una aventura, cabe decir, ya que mi objetivo es hacer algo totalmente novedoso y no repetir nada de lo que ya he escrito hasta ahora sobre la película. Este proyecto, de momento, está siendo un reto fascinante. Espero tenerlo acabado en breve y que salga a la luz el año que viene.

*Lázaro Santano, lector editorial, psicólogo y psicoterapeuta.