Jorge Morcillo: «Me centré en la alegría de leer»

El escritor gaditano Jorge Morcillo es autor del libro de relatos El emperador de los helados (Niña Loba, 2021) y de las novelas Tormentas de mierda (Ediciones en Huida, 2020), De cielos y escarabajos (Niña Loba, 2020) y Estar aquí (Niña Loba, 2023).

Su última obra, Leer es vivir. El entusiasmo de la literatura (Niña Loba, 2024), es la memoria lectora de un lector salvaje y un magnífico artefacto de contagio literario.

Cuando termino de leer un libro que me entusiasma no aprecio el final de nada, sino el comienzo de todo. Ese libro que me ha gustado me seguirá acompañando y me ayudará en el descubrimiento de esas parcelas de eternidad que toda creación elevada contiene.

*Extracto de Leer es vivir

Muy buenas. Pues realmente no lo sé. Nunca he escrito nada pensando en la imitación. Desde luego, estoy muy influenciado por las constantes lecturas y relecturas de algunos autores, pero nunca planifico mis libros. No quiero saber qué va a ocurrir en ellos. No me interesa la planificación literaria. La vida es azar, y el azar me conducirá al lugar que quiera llevarme.

Hay escritores magníficos que de antemano tienen todo prefijado; lo mío es lo contrario. Sé que podría escribir también rellenando carpetas, casi robotizado y persiguiendo un plan trazado, pero de momento lo evito, porque creo que me aburriría muchísimo si supiese lo que voy a escribir.

En Leer es vivir. El entusiasmo de la literatura solo sabía que estaba pasando una crisis lectora y que me apetecía releer algunos de los libros que me han marcado en la vida, y quería hacerlo desde el entusiasmo, no desde la tristeza. El entusiasmo en el sentido de acudir al dios interior que habita en nosotros, el que en realidad nunca nos abandona, pues es azote creativo y prolongación del tiempo interior: la catedral que todos poseemos y en la que (creamos en una deidad o no) habitamos desde que nacemos hasta que morimos. De alguna manera, quería volver a sentir la magia interna de esas lecturas. Volver a sentir el deslumbramiento por las palabras. Lo que somos no solo es resultado de lo que hemos leído, sino de la reflexión sobre eso que hemos leído. Esto último es muy importante.

Por lo tanto, deseché muchos autores y libros que me llegaron en momentos melancólicos o muy trágicos. Evidentemente, incluí libros y autores que no podía obviar, porque me han marcado mucho, pero, por lo general, me centré en la alegría de leer, esa gran olvidada por los estudios de la literatura. La alegría es un tema que intelectualmente no interesa, porque pone en la picota la falacia de muchos. Porque la literatura no nace en un claustro universitario ni del estudio de los distintos sintagmas; nace de la emoción y de lucha del ser por lo sagrado, de la alegría ontológica de la propia existencia. Era, es y será memoria, lenguaje, sueños e impulso vital. La traslación de la oratoria al papel. Los muertos no leen.

A medida que iba escribiendo, pensaba sobre lo que escribía. El lector al inicio del libro no es el mismo que al final. Ese «pensar sobre lo que se está escribiendo» es fundamental no solo en este libro, sino en casi toda mi trayectoria literaria.

Creo que la primera condición del creador es la de no perder el asombro ante el mundo

Intento leer de forma libre porque aspiro a ser libre. O a intentarlo, al menos, ya que libres de verdad no podemos ser ninguno. Libre en el más alto sentido de la expresión, como actitud filosófica y vital, como mecanismo de defensa ante las continuas ofensas del mundo. Leer solo es una consecuencia más de esa libertad a la que aspiro y que nunca será completa. Otra forma más de respirar o tratar de respirar esa libertad interna; pero no es la única.

Si hubiese nacido en un entorno con muchos libros, creo que no hubiese leído tanto. Yo actué en mi juventud por oposición. Y siempre me llamaba más la atención lo que estaba proscrito o mal visto que lo que era aceptado y elogiado.

Como casi siempre estaba castigado, tenía que ocupar el tiempo en algo. Mirar la pared puede ser una experiencia enriquecedora durante unos minutos, pero leer me ayudaba a derribar esas paredes y a hacerlas añicos. Y esto segundo me gustaba más.

De todas formas, todos tenemos prejuicios lectores. Ni siquiera con mi «supuesta actitud de defensa de leer sin prejuicios» me he liberado de ellos. Y cuando se ha leído mucho, esos prejuicios alcanzan a los autores más comerciales. Creemos o solemos creer que la literatura que más nos atrae es la mejor y la más certera. Nos alimentamos de estupidez cultural. Pero eso es un error. Existen tantas literaturas distintas y sugestivas como seres humanos hay en el mundo. Y todas son válidas. Siempre y cuando huyan de ser productos meramente comerciales y rellenos de clichés, la propuesta ha de ser respetada. No todo es Bernhard, Yourcenar o Krasznahorkai, por más que yo admire y relea a estos escritores con tanto entusiasmo y devoción.

De vez en cuando, hay que sacudirse todo el bagaje que almacenamos. Resetearse. No perder el entusiasmo y las ganas de seguir descubriendo prismas, autores y libros que nos marquen. Estar preparados para vivir en la esperanza, aún sabiendo, como afirmaba Kafka, que «no hay ninguna esperanza, o al menos no la hay para nosotros».

Los lectores han de rebelarse ante las «certezas». Estamos vivos, y eso significa, entre otras muchas cosas, que podemos seguir leyendo.

Creo que no. Me imagino que, en ese caso, me moriría de tristeza. He pasado por épocas en las que he leído muy poco, pero eran etapas muy intensas de vida interior y afectiva y eso también es leer: es leer las páginas de la vida. Y luego volvía a leer con más entusiasmo, con una pasión renovada y más fuerte. A veces necesitamos cerrar los libros y mirar el mundo. Mirar con otros ojos. Enriquecernos de vida, de acontecimientos vitales, que no son estrictamente literarios. La lectura es una de las cosas más importantes, pero su conocimiento no es pleno si olvidamos la parte orgánica y táctil; el despropósito de que todo lo que nos rodea sea tan efímero y a la vez tan terrorífico y bello. Creo que la primera condición del creador es la de no perder el asombro ante el mundo, conservar esa continua capacidad de sorpresa.

La vida es un accidente cósmico, y leer mueve alguna de las manecillas del gran reloj. Nuestra verdadera batalla es contra el tiempo.

Lo que sí es cierto es que últimamente voy desprendiéndome de los libros. No suelo leer mis libros publicados. Excepción que siempre hago con De cielos y escarabajos, que suelo releerla una vez al año y casi siempre por navidad. Es una obra berhandiana, cerca de 120 páginas en un único párrafo. Pero más allá de eso es una novela que tiene una importancia anímica muy importante, pues supuso un punto de ruptura con lo anterior, fue en cierto sentido mi Amras. El emperador de los helados es una visita a la muerte, pero una visita lúdica. Me gusta pensar que tanto Escribir o escarbar como De cielos y escarabajos son mis novelas más valientes. Y el editor que se atrevió a editarlas también es un editor valiente. Estar aquí es la visita a mis queridas regiones poéticas, porque la verdadera poesía siempre se columpia sobre el abismo: Clara Janés, Vladimír Holan, Novalis está también pero más escondido, como a él le hubiera gustado. Ese es un libro más amable. Y luego llegué a Leer es vivir. El entusiasmo de la literatura, que es el último y lo que nos trae hoy aquí y que son unas memorias lectoras en las que trato de recuperar el tiempo leído como si fuese una prolongación del tiempo vivido. Me he saltado algunos libros y algunas otras cosas que no vienen ahora a cuento. Pero esencialmente esa ha sido la última parte de mi trayectoria.

La lectura es más importante que la escritura. De lo que todo parte; a escribir puedo renunciar; a leer, creo que no podría. No me interesa dejar de leer.

A ciegas. Sin conocer la mayoría de las veces ni la primera frase. Escucho. Escribo a horas muy tempranas o a horas muy tardías, pero sobre todo a horas muy tempranas. Escribir es un hábito. Todo está en silencio. La ciudades duermen. Los pueblos duermen. Los escritores trabajan. No sirve de nada que antes de acostarme mire sobre qué voy a escribir. Alguna vez lo hice, y luego escribía sobre cosas totalmente distintas. El sueño lo había transformado todo. Así que ya no me preocupo. Una vez que una palabra sale vendrá otra y luego otra y luego otra y todo adquirirá sentido. Persigo una música que alguien o algo me dicta. Trabajo mucho y todos los días, llueva, truene o se vaya la luz, no me importa. También desecho mucho. Hasta que la música no suene con su propia orquestación (o yo lo perciba así) todo habrá que tirarlo o borrarlo. No hay reglas, solo universos y concavidades por palpar y explorar. A veces hay que nadar por la superficie y a veces hay que sumergirse. Siempre digo que escribir es nadar. Lo sigo pensando. Me gusta mucho esa metáfora. No recuerdo si se la leí a Marguerite Duras o a Marguerite Yourcenar, o si germinó de mí. No me importa. Es hermosa. Lo siento y percibo así: estoy escribiendo, estoy nadando. Hay océanos enteros para zambullirse.

Todo lo demás está en las yemas de mis dedos. En los dedos de todos los que escriben como una aventura espiritual y sin retorno. Nuestros dedos también tiene memoria y se quieren reivindicar. Los escritores son imanes. Y el lenguaje es nuestra geografía y nuestra fuerza, nuestro santuario.

Compagnon es un crítico entrañable, que acierta casi siempre cuando menciona la podredumbre de los actuales estudios literarios y que ha leído mucho y muy bien a Proust; pero me temo que ha leído muy mal a Montaigne, malinterprétandolo. Se centra mucho en las supuestas lecciones de vida que Montaigne nos ofrece. Tiene todo un libro sobre ello. Pero se olvida de la principal razón de vida del propio Montaigne, pues este lo que deseaba era vivir la prolongación de su amistad con Étienne de La Boétie a través de sus ensayos. Y se construye todo un edificio estilístico y emocional para poder hacerlo. Da igual que esté encerrado en su torre. Es un escritor absolutamente vitalista que se estudia a sí mismo y que descree de su tiempo y de la eternidad. Montaigne se transforma cuando se lee a sí mismo. Y eso le hace crecer aún más. Pero lo que busca en todo momento es conversar con su amigo perdido. Lanza muchas preguntas de las que él ya sabe de antemano las respuestas. Es más inteligente de lo que nos quiere hacer creer. Juega al escondite. Su modestia es una máscara. Y lo que desea, por encima de todo, quizá incluso de su propia existencia, es que la voz y el recuerdo de su amigo le conteste, que le acompañe. Más que darnos una lección de vida lo que quiere es recordar lo mejor de su vida. Bueno, eso también puede ser una lección en cierto sentido. No lo había pensado hasta ahora de ese modo.

Pero lo cierto es que si todos aprendiéramos a encerrarnos como Montaigne, a llorar y a conversar con nuestras ausencias, el mundo se iría a la mierda, eso también es verdad. No creo que Compagnon reparase en ese pequeño detalle.

De Eudora Welty podremos aprender tradición y vanguardia, la actitud de ser humildemente provincianos y, a la vez, completamente universales; de Balzac podemos aprender inventivas para ser socialmente intensos. Balzac tiene un furor imaginativo muy contagioso, es un ácrata aburguesado; de Twain podemos aprender que la libertad más pura se acrecienta con la amistad, que no somos nada estando solos y que trabajar en lo que deseas no es trabajar; de Yourcenar podemos aprender a mirar las estatuas con detenimiento, adentrarnos más allá de la fachada y comenzar a estudiarnos a nosotros mismos, a nuestras pasiones y anhelos, y ya habremos dado el círculo entero para llegar de vuelta a Montaigne y a Murasaki Shikibu, con su príncipe Genji y con ese anhelo perpetuo de amar y de poseer que quema, que destroza.

La perfección destruye y aniquila, que se lo digan a Hölderlin.

Montaigne, Cervantes y Shakespeare: estos son llaves de toda la literatura occidental, no las únicas pero sí de las que abren más puertas. Y para mirar el abismo del fin del mundo tenemos a Krasznahorkai y para la música tenemos a Bernhard y a Lobo Antunes; y para la pasión tenemos a Renée Vivien, la poeta que escribía en los cementerios y de la que confieso en mi libro que he vivido casi magnetizado toda mi existencia, y es muy cierto; y para la épica de las emociones perdidas a Virginia Woolf y a Virgilio. Y para edificarnos entre las ruinas a Wolfgang Borchert. Y para reírnos tendremos siempre a Bolaño, que se ríe siempre con una poderosa carcajada, con una carcajada que aún resuena y en la que sabe que no hay posibilidad alguna de victoria. La risa más humana y tierna es la de Bolaño. En mi mente siempre lo percibo riéndose. Es la risa de la juventud que no se detiene. El ángel de los derrotados. Uno de los nuestros. Y el entrañable amigo de Carlos Edmundo de Ory, casi nada.

Helen Keller era una escritora ciega y sorda y nos enseña a ver y a escuchar. Su intelecto literario es capaz de crear emociones y sensaciones tangibles. Leyéndola profundamente una vez pensé que era yo el que estaba ciego y sordo y que ella era capaz de percibir con más nitidez las cosas más puras de la existencia. Si en la sociedad no está incluido el ser y el estar como habitáculo y apoyo de los más necesitados no me interesa esa sociedad. Ha de ser reinventada.

Los escritores que realmente me contagian están pero no están en el mundo. Con un pie dentro y el otro fuera. Por lo tanto, cualquier forma de organización social es una cosa muy arbitraria e injusta. Trato de transformar (mi mundo) desde la palabra. Busco una sensibilidad que sea capaz de calzarse en mis zapatos, y que no desentone al paso. Siempre estaré a favor de los del lumpen y en contra de todos los gobiernos. No tengo nada que agradecerle ni a ninguna bandera ni a ninguna institución. Soy un nómada y mis pies son mis raíces. Les ausbes sont navrantes escribió Rimbaud. Y se percibe mucho más cuando no se escribe y se encuentra uno detenido, sin viajar. Hay que viajar constantemente, o con los pies o con la mente. El resto no está en mis manos. ¿Qué puede hacer un escritor salvo hincar los codos sobre la mesa? Es lo que Lobo Antunes compara siempre con el trabajo de los bueyes. Qué razón tiene. Las sociedades son una ficción legislativa. ¿Qué leyes gobiernan las estrellas?, puesto que sabemos que muchas que vemos están fallecidas y, aún así, las podemos seguir observando sobre la bóveda nocturna. Ese es el país que me interesa: lo que está detrás de las cosas. La luz y la oscuridad. La fugacidad y la electricidad de las emociones intensas.

no quiero que el escritor que leo esté de acuerdo conmigo

No sabría qué decirte a eso. Yo no creo que mi contenido de X twitter sea uno de los más interesantes, y nunca pretendí nada. De hecho, hasta el nombre que tengo nació de una broma hacia la victoria romana: Delende est Roma. Era darle la vuelta al calcetín, porque como todo el mundo sabe fue Delenda est Cartago. Recuerdo que un escritor mexicano me dijo, hace ya unos cuantos años, que ellos brindaban y pronunciaban esa misma frase y me hizo gracia y se quedó. Creo que fue Daniel Espartaco, el que escribió Cosmonauta y Autos usados. Un tipo muy amable. Siempre he sentido un vínculo especial con lo mexicano, y es una de las literaturas que como lector más he frecuentado.

La literatura está en todos lados. Está en el nombre de las recetas que la gente se encuentra al acudir a un restaurante; está en la suela de nuestros zapatos; en el prospecto farmacéutico que lees antes de ingerir un medicamento; en la web que consultas para comprar un billete de avión; en las palabras que los chavales escriben sobre la arena y que el mar hará desaparecer; en los grafitis de los cuartos de baño de las discotecas; en las cosas que no dijimos; en las que dijimos y solo conocen unos pocos. En los silencios. En los silencios hay mucha música y mucha literatura. Demasiada literatura. Los silencios escriben mucho y en todas partes. Muchos no se dan cuenta, pero los silencios son muy creativos. La literatura es exilio y tierra prometida. Estamos rodeados de literatura. Que uno utilice un ámbito de red social y otros utilicen el sillón de la Academia es lo mismo. No tiene importancia, salvo para algunas mentes clasistas que se creen que escribir es una competición social y que viven en el aparentar y en todas esas idioteces. Yo me comunico de la forma menos invasiva para mi independencia creativa, la que me suprima menos tiempo de lectura y de escritura, la que menos me ate a nada. Si pudiese comunicarme soltando poemas durante un minuto desde una avioneta lo haría. Escribiría entonces de una manera mucho más incisiva.

Desde mi punto de vista es necesidad. Necesidad de resaltar con algo distinto, por lo menos en el caso de las editoriales independientes. Es una forma de sobrevivir, de que el pez pequeño pueda escapar de las garras de los dos grandes tiburones que tenemos en nuestro país.

Cada vez más la literatura se está convirtiendo en un envase vacío. Puro producto. Los escritores se han convertido en sicarios de la producción. En realidad casi siempre lo fueron. Cuántos ejemplares vendió Verlaine de los Poemas Saturnianos o el propio Rimbaud de Una temporada en el infierno. En realidad se los costeó él, como una forma de despedida de la literatura. Salvo Hugo y Chateaubriand que son cercanos en la época, ¿qué autores que vendían mucho por entonces han quedado en nuestra memoria? Hablo de franceses para no extenderme demasiado. Pues no recuerdo así de pronto ninguno. Flaubert por el escándalo de la denuncia de Madame Bovary y Zola en todo caso. Y por entonces buena parte de los libros más leídos también eran de crímenes horrendos y sucesos reales. Eso que la gente de hoy llama true crime ya existía por esa época bajo otros nombres y otros paraguas. Pero eran lo mismo: morbo y puro morbo.

Y si nos vamos al mundo latino Julio César escribió lo que se podría considerar un libro de propaganda, que no es otro que la Guerra de las Galias, De bello Gallico. Y la Eneida también es otro libro de propaganda, excelsa eso sí, de una belleza mayúscula en este caso. Virgilio es otro de los nuestros, pese a ser romano. Y de Polibio de Megalópolis se reían sus contemporáneos griegos por la falta de decoro y estilo. La literatura tiene muchos siglos de historia. En la Gadir púnica ya existían escuelas de literatura, y de hecho estaban muy influenciadas por el universo pitagórico. Los romanos destrozaron todas las bibliotecas cartaginesas y robaron los tratados de agricultura de Magón, que luego copiaron al latín por orden del senado. La mayoría de los autores que han prevalecido a lo largo del tiempo se movieron en los márgenes. Me temo que ninguno de los que hoy están en la lista de libros más vendidos de nuestro país, tanto en ficción como en no ficción, sobrevivirá al paso del tiempo.

Las grandes editoriales son un cáncer para la literatura de calidad. Y lo voy a explicar. No quiero que nadie se moleste. Cada vez que un autor desde las editoriales independientes destaca un pelín, ya están detrás hurgando y tratando de ficharlos. A veces utilizan tácticas que son «casi invasivas». Es una forma de publicar al por mayor: una inundación de las librerías para abarcarlo todo y que el resto de pequeños sellos no pueda ni asomar la cabeza. Para no dejar espacio a los peces pequeños. Es de una voracidad absoluta. No les importa publicar basura ni no seguir una línea editorial en sus catálogos. El único propósito es vender o no permitir que otros ocupen terreno. Tienen una cuota de libros y quieren cumplirla a rajatabla. Y esta forma de editar y de mercadeo puro y duro a mí no me representa. Ellos han buscado esa precariedad. La incentivan con su forma de actuar. La prensa, algunos libreros y los suplementos literarios colaboran en toda esta farsa.

Hay que pensar. Detenerse. Releer. No consumir por consumir, sino por proyección personal. Los lectores y los escritores también tenemos nuestra responsabilidad en esto. Leer no puede concebirse como una mera actividad de pasatiempo banal. Entretenerse es también incentivar la inteligencia y el lenguaje.

Y no olvidar que la literatura más auténtica establece un vínculo sagrado con la vida y con la muerte.

No sé si a la contra, pero contra viento y marea tratan de ser ellas mismas: Nórdica, Contraseña, De Conatus, Páginas de Espuma, Armaenia, y no quiero dejar sin mencionar a la que me suele editar, Niña Loba, que es una editorial que ha publicado libros realmente buenos, y no porque me edite a mí ni nada de eso, sino porque como lector yo he disfrutado mucho de algunos de sus libros.

Por la edad que transito ya tengo unas cuantas miles de lecturas acumuladas para saber distinguir cuando algo está bien escrito. Llevo leyendo casi toda la vida pues empecé muy joven, y aunque no entendía ni la mitad de las cosas que leía no podía parar de hacerlo. No hay que comprender todo lo que se lee. Hay que empaparse. Quiero y deseo seguir siendo una esponja lectora. La verdad es que, en ese sentido, no he cambiado mucho. Sigo siendo un entusiasta de los libros.

A estas alturas eso me resultaría imposible. Pero Chesterton es fabuloso, aunque en la mayoría de las ocasiones no coincida con sus argumentos. Somos dos seres muy distintos. Yo me muevo rondando el sacerdocio descreído de Lucrecio y él es un católico en una Inglaterra no católica. Es terrible. Ambos jugamos con el marcador a 10-0 en nuestra contra.

Además, yo no quiero que el escritor que leo esté de acuerdo conmigo, lo que deseo es que su inteligencia y su carisma y su capacidad de ensanchar el lenguaje y su duende me conquiste. Y Chesterton sabe discutir. Es un polemista con muchísimo sentido del humor. Un escritor que tenga inteligencia y chispa y sentido del humor es una bendición, pues no suele ser tan habitual. Me da igual no estar con él en casi nada de acuerdo. Lo seguiré releyendo.

La mayoría de la gente solo quiere acólitos. Y eso es un gran error. Nadie crece escuchando palmada y aplausos.

De todas formas hay que ser selectivo con las lecturas. No siempre leer lo mismo o las mismas cosas. No pasa nada por llevarnos un chasco descubriendo a un autor, porque otro no estará esperando para acompañarnos y elevarnos del suelo. Y siempre intentar ser crítico con lo que se lee. O por lo menos leer sin quedarse en la superficie. Leer el mismo libro dos veces seguidas. Últimamente lo estoy haciendo mucho: mi primera lectura es más ágil y más superficial; la segunda alcanza detalles que se me escaparon en la primera y se apoya y profundiza. Es maravilloso. Ves cosas que no hubieras apreciado de leerlo una sola vez. Los libros buenos tienen una riqueza tremenda: fermentan nuestra sangre.

La mejor forma de conservar el entusiasmo lector es siendo curioso. Intento serlo. Pero eso vale tanto para la vida como para la literatura.

Todos los meses releo libros. En las últimas semanas he releído varias veces El último lobo de Krasznahorkai, a Rilke con sus apuntes de Malte Laurids Brigge y una pequeña obra muy desconocida de Alfonso Reyes, sobre las diferentes Electras del teatro ateniense, Las tres Electras del teatro ateniense se llama; fuera de esas relecturas, me ha quedado tiempo para descubrir el hermoso libro de relatos Libres de Ana Santamaría, un ensayo de Carlos Fuentes que se me había pasado, pues es una recopilación de conferencias: A viva voz, tremendo; y descubrir de paso a la autora argentina María Negroni, de la que hasta ahora no había leído nada y que me ha hechizado con El arte del error. Si no cuento mal, son tres relecturas y tres novedades. Estoy en el camino correcto. No tengo problemas con releer. Estar no estar al tanto de las novedades editoriales no me preocupa en absoluto.

Prosiguen su curso. Me he encerrado en uno de mis «refugios antiaéreos» y en unos pocos meses habrá noticias. De todas formas, yo escribo sin prisas; lo que pasa es que soy muy constante y eso al final da sus frutos. La gente no puede ni figurarse el esfuerzo emocional que hay en muchos de mis libros. Y al final acaba uno destrozado, pero destrozado de verdad, no es una metáfora. El manuscrito en el que estoy trabajando me está exigiendo muchísimo.

Si intentas escribir algo bueno es una lucha absoluta. Si luchas contra el tiempo y su tiranía la batalla es atroz. Si sabes que estás haciendo algo profundo y distinto no tienes dónde apoyarte. Es un sentimiento de orfandad absoluta. Pero lo bueno es que pasan los años y mis libros siguen encontrando lectores. Porque fueron escritos así, contra el tiempo y a pesar del tiempo, para que no fueron productos perecederos y objetos vacíos y de consumo rápido, para que al menos un espíritu humano en ellos pudiese apreciar un batir de alas y todo siguiese ardiendo. Para que este accidente y este vacío cósmico fuese soportable a través del lenguaje.

La literatura solo adquiere sentido si busca trascendencia. La eternidad envidia a los mortales.

*Lázaro Santano, lector editorial, psicólogo y psicoterapeuta.