Gema Nieto: «Los escritores debemos empeñarnos en socavar los tópicos y las ideas fáciles»

Casas quemadas (Plasson & Bartleboom, 2025) de la escritora y filóloga Gema Nieto es un libro de relatos revelador; a través de una constelación unitaria de historias intimistas y una prosa muy elaborada, la autora madrileña indaga en los pliegues de la heridas cotidianas, su posterior afectación en la construcción de la identidad y la paradójica intemperie existente en supuestos espacios de seguridad.

El primer relato que se incluye en Casas quemadas tuvo una importancia crucial en la génesis del libro entero, porque a pesar de que cueste creerlo, el 90 por ciento de lo que narro en él es real, me sucedió en un trabajo y me pareció una experiencia tan surrealista que lo único que podía hacer con ella era ponerla por escrito, me lo pedía a gritos. Los demás relatos fueron sumándose como ideas que llevaban tiempo incubándose y que partían también de un poso de realidad, mayor o menor.

Lo que quiero decir con esto, en resumen, es que la literatura surge siempre de las experiencias personales o acontecidas en el mundo real. Shirley Jackson decía que la gente siempre le preguntaba de dónde sacaba las ideas para sus historias, y a ella le parecía la pregunta más fácil de responder del mundo, porque tenían su origen en las acciones y emociones cotidianas o en los sucesos que marcan nuestra vida y que queremos (o necesitamos) convertir en relatos, en literatura. Por otra parte, también esta autora comentaba que no había necesidad de preocuparse por si algo de todo cuanto escribía era verdad o sucedió en realidad. Lo importante es que fuera verdad en la historia.

El relato breve, a diferencia de la novela, expone el apogeo, la escena decisiva

Sobre todo, es indisociable del pasado, que define y condiciona nuestro presente. La ficcionalización de la realidad es esencial en el proceso de la escritura porque determina la relación entre realidad objetiva y realidad elaborada, experiencia biográfica (pasada o presente) y texto literario. Modificamos la primera para transformarla o acoplarla en el segundo, y con ello lo que hacemos es fijar esos sucesos y hacer de ellos algo perdurable, pero también ordenado, una fábula que nos sirva de explicación.

Por otra parte, traslado también a la actualidad política, histórica y social esa incapacidad de alejarnos por completo de la realidad de la que habla De Vigan, porque mientras estemos aquí, en nuestro breve periodo de tiempo, debemos quejarnos, denunciar, señalar. Para mí es inevitable hablar de las injusticias que vemos a diario, como la situación de desplazados y refugiados que trato en Eneida, el cambio climático, la sobreexplotación de los recursos o la especulación inmobiliaria ajena a todo drama personal, por desgracia tan vigente hoy, que es uno de los temas de Casa cerrada. Sigo las instrucciones de Faulkner: «Si no podéis remediar el mal ni erradicar la vergüenza, al menos repudiadlos».

Sí, es muy pertinente esa reflexión porque podría decirse que mis Casas quemadas son espacios que deberían ser de seguridad pero no lo son o han dejado de serlo por algún motivo.

La familia es uno de los pilares antropológicos, sociales y literarios por excelencia, muchas obras han tratado sobre ella o la han reconstruido (todos recordamos el famosísimo comienzo de Anna Karenina, «Todas las familias felices se parecen…»). La familia es el microuniverso que nos marca de por vida, con sus tensiones, alianzas, trampas, etc., tendemos a investigar su mitología para explicarnos, pero, muchas veces, no es el espacio de seguridad que debería ser, amable ni acogedor, sino un territorio minado de ausencias, frustración, hostilidad o silencio (no hay más que pensar en las cenas de Navidad, que producen tristeza o ansiedad a muchas personas precisamente por esta razón). Esas tensiones incubadas y larvadas durante años, como bien dices, pueden llegar a socavar la convivencia y el carácter de sus miembros y, aunque no lleguen a explotar nunca, se mantienen como un mecanismo amenazante y tóxico.

De ahí que las casas, que son el escenario donde estos ambientes pueden enrarecerse, nos marquen tanto. Las casas definen a sus habitantes y al revés, los moradores adoptan una personalidad determinada por las casas en las que viven. No es materialismo, no es un apego material lo que me mueve a hablar de las casas, es que creo que las energías se quedan en ellas y las impregnan. Es, considero, la explicación de por qué nos sigue fascinando tanto el fenómeno de las «casas encantadas», o las casas como personajes siempre presentes en multitud de películas, series y libros. La casa siempre es un símbolo de pertenencia, de arraigo o de pérdida. Por eso el último relato de Casas quemadas tenía que darle voz a la casa, última pieza del puzle familiar que hemos presenciado o la única que puede componerlo entero.

Y sobre el tema de las familias me gustaría añadir un último apunte que considero muy importante: los animales también son miembros de nuestras familias (e incluso a veces les queremos más que a las propias personas), pero a menudo resultan los grandes olvidados. El primer cuento es el que más se centra en la relevancia de los animales como seres que conforman nuestro hogar (nuestro espacio seguro) y en sus cuidados, que la sociedad aún no toma del todo en serio.

Sí, desde el principio intenté construir un hilo conductor que insinuara un tejido narrativo más extenso, una especie de novela oculta que podría desarrollarse a partir de las escenas dibujadas en cada uno de los cuentos, y los editores de Plasson también lo vieron enseguida. A veces esa cohesión es más evidente, a través de personajes, situaciones o lugares que se repiten, y otras veces es más sutil, mediante tramas, detalles o ideas. Alterné los relatos protagonizados por los distintos miembros de una familia desestructurada (como un puzle que se va componiendo poco a poco y que requiere paciencia para ir montándolo y saber qué sucedió) con otros de temática más social, pero en general buscaba una cohesión integradora porque me gusta considerar los relatos como piezas menores de un todo, o como cerillas que se van prendiendo unas a otras.

Es interesantísima la reflexión de Belén Gopegui porque trasciende esa cuestión que nos hemos hecho siempre, y que seguimos planteándonos, sobre por qué escribir y la lleva, desde mi punto de vista, a la contraposición entre dos modelos fundamentales: la voz propia o las exigencias externas.

Yo escribo, o intento hacerlo, desde la convicción y la autenticidad, aunque no traicionar ese estilo propio, del que soy muy consciente, me pase factura a menudo. Esa fidelidad a mis principios puede suponer una servidumbre, una maldición, puesto que se puede alejar de las demandas comerciales o de los gustos imperantes, pero yo no concibo otra manera de expresarme. Igual que los escritores debemos empeñarnos en socavar los tópicos y las ideas fáciles y alejar los personajes y las tramas de tópicos y maniqueísmos, creo que tenemos que hacerlo desde un lugar propio y original, que no sólo identifique nuestro estilo sino que respete la inteligencia de los lectores y no les dé todo masticadito.

Escribir también desde la rabia, la indignación, la pena o el trauma lleva la escritura al terreno de la terapia, que ha sido desde siempre otra de sus funciones. La escritura es a menudo la consecuencia de un hecho dramático o de algo que ha quedado silenciado; desde esos silencios enquistados me sitúo también a la hora de escribir. Por eso, volviendo a la primera parte de la pregunta de Gopegui, los autores escribimos para reconstruir algo, para comprenderlo, para explicarlo o, a veces, para reconvertirlo en un enigma mayor. Los escritores buscan (buscamos) una verdad para reconocerla y mostrarla, para desencadenar reacciones, para ordenar la realidad y entenderla, aunque no de manera inmediata y casi nunca de manera irrefutable. Escribimos mientras el mundo se va a la mierda para gritar que se está yendo a la mierda, y en relación con esto me parecen muy esclarecedoras estas palabras de Flannery O’Connor: «La palabra literaria debe tener tal potencia que abra los ojos de los ciegos y los oídos de los sordos. Por eso escribo: para lograr el milagro de la vista y de la escucha».

Me parece gracioso que Umbral, ya en 1977, aludiera a ese estado de conciencia que se extiende hasta hoy, porque creo que se refería a considerar el cuento como el género de la rapidez, la inmediatez o incluso (y erróneamente) la facilidad.

El relato breve, a diferencia de la novela, expone el apogeo, la escena decisiva de una historia más larga, mientras que la novela desarrollaría sus etapas de un modo orgánico. Así, el relato (en teoría) se acerca más a la lírica, constituyendo el retrato de un momento dentro de una historia más amplia, mientras que la novela comportaría una representación más vasta. Esto puede llevar a suponer que su lectura resulta más sencilla o directa, y, como consecuencia, que puede adaptarse mejor a esa mentalidad actual que busca lo breve, lo rápido y lo de fácil consumo, pero creo que en realidad es todo lo contrario.

Para un escritor, la novela es «más fácil» porque otorga más tiempo y espacio para desarrollar ciertas ideas que quizá un relato no puede abarcar, y para un lector puede serlo también por el mismo motivo. Nos llevamos a engaño si prejuzgamos el relato como ese género menor y menos profundo que deja una impresión efímera: en realidad, un relato puede exigir más participación a un lector a la hora de situar sus piezas, recomponerlas e imaginar, con ayuda de la escasa información que el relato proporciona, todo cuanto queda más allá de sus márgenes.

Mis principales modelos son William Faulkner y Virginia Woolf y a ellos vuelvo siempre que necesito inspiración o motivación de cualquier tipo. Ese canon de largas subordinadas (que requieren algo más de atención y paciencia), monólogos interiores y un foco más centrado en los pensamientos de los personajes que en la acción exterior es el que me ha guiado en todas mis obras. Y concretamente, para Casas quemadas tuve también muy presente la novela de Manuel Mujica Laínez La casa, en la que relata la caída en desgracia de una familia aristocrática a través de la propia casa, que es quien habla, y un relato largo de Catherine Ann Porter titulado Antiguas muertes donde se narra la pérdida de varios miembros de una familia desde los ojos de una niña y cómo estas muertes van condicionando su vida a lo largo de los años.

La memoria ha sido siempre una de mis obsesiones literarias y que con más frecuencia he desarrollado como tema principal, tanto a nivel individual como colectivo. El pasado, que nunca está muerto, determina nuestro presente y condiciona muchas de nuestras decisiones, traumas, actitudes y comportamientos. Somos la consecuencia de nuestros actos pasados y de las circunstancias que se han ido conformando a raíz de esos pequeños detalles cotidianos a los que quizá no dimos importancia en su momento pero que nos habitan, consciente o inconscientemente. Muchas veces, también a nivel político, se intenta minimizar la importancia del pasado o negar sus efectos en nuestro presente, pero es imprescindible darnos cuenta de hasta qué punto define lo que somos. En el relato Llegada, por ejemplo, la protagonista fantasea con la necesidad de escapar del mundo pero al final cae de nuevo en el pasado, porque no se puede escapar de él.

A la vez, y de la mano de la memoria, también me gusta explorar la posibilidad de otros caminos, otras variables. No sólo qué pasó, sino también qué habría pasado. Muchos personajes se lo preguntan: imaginan dobles y vidas alternativas en el espejo, en su imaginación, en fotografías, en otras dimensiones y universos…

Siempre tengo ideas bullendo, que en algún momento canalizaré. La actualidad, con todos sus delirios, me tiene bastante absorbida, y la verdad es que ahora mismo sólo me apetece seguir leyendo todos los libros que tengo pendientes.

*Lázaro Santano, lector editorial, psicólogo y psicoterapeuta.