Víctor Briones Antón: «Me da miedo una realidad en la que todo está decidido»

El poeta Víctor Briones Antón ha escrito uno de los poemarios más estimulantes de los últimos años; en su Galgos. Manual de acogimiento (Maclein y Parker, 2026), nos deleita con poemas de sensibilidad lírica que advierten lúcidamente del desaprendizaje de vivir, invitando a hacerlo conforme a nuestra propia naturaleza más agreste, y no tanto en el deshonesto, muchas veces anémico, convencionalismo social.

los pasos mueven
la grava y el camino
mueve la realidad

*Fragmento del libro.

Mi forma de escribir, en general, es acumulativa, voy sacándome poemas de las carnes, los dejo en un archivo que va creciendo y creciendo, en cuadernos, en los propios libros que leo; más de un texto queda por ahí perdido, me gusta que así sea, lo importante es que no se detenga la deriva. De vez en cuando siento que estoy en una veta, que bajo mis pies hay algo que tiembla y quiere ser descubierto, en algún lugar en el que merece la pena detenerse, un territorio que puede ser interesante explorar. Eso me sucedió con Galgos. Tuve la suerte, además, de que esa sensación coincidió con una sugerencia de una muy buena amiga que me dijo que había una editorial que buscaba manuscritos, así que utilicé esa oportunidad para zambullirme de lleno en la sensación de la que te hablaba.

Enseguida vi que sí, que llevaba un tiempo orbitando sobre varias ideas y sensaciones. Desde ese darse cuenta todo fue más sencillo, solo tuve que dejarme llevar a esa pequeña obsesión que es levantar un libro de poesía de los apuntes y poemas ya escritos que uno tiene.

Me puse a recolectar poemas, a afinar estructuras, a seleccionar los temas que quería que fueran más salientes y el libro enseguida estuvo ahí, ante mí, pidiendo título, pidiendo ser acotado y pulido.

dar un volantazo y dejarnos ser los raros, los que se permiten la divagación, el extravío, los que dicen hasta luego me voy a algún otro sitio

Quería hablar de la extrañeza. De cómo percibimos la realidad y nos acostumbramos no a llegar a ella sino a acomodarla en ideas preconcebidas. De ese apretar la percepción y el sentimiento en moldes imposibles surge un dolor y una extrañeza que solemos obviar, que consideramos un subproducto de la forma de habitar lo existente inapelable. Pero esa extrañeza merece ser puesta en primer plano porque nos ayuda a ver de qué manera llegamos a los hechos que damos por sentados y como muchas veces no somos más que seres disparados hacia lo preconcebido.

En los Galgos mi intención era poner en evidencia que esa sensación de que nos están engañando, de que no se valora nuestra querencia por la belleza ni nuestra sospecha de que algo va rematadamente mal, es algo compartido, que podemos hablar de ello, que podemos compartir esa herida, ese desgarrón, detenernos juntas y dejar pasar la inercia para repensar las formas de hacer y sentir.

También está la extrañeza más íntima, la del lenguaje y las preferencias personales, ahí quería, de alguna manera, ofrecer al lector un juego, una invitación a nombrar el mundo desde los sentidos estallados, desde un lenguaje personal capaz de ampliar la realidad hasta hacerla infinita, quería crear una plaza o una cueva para expandirnos o recogernos, según toque, a modelar o jugar a ser alquimistas de la realidad, a descreer, a ser improductivos, a descansar sin culpa, a cosechar en el afuera lo que en la integridad de lo único ni siquiera sabemos que existe.

Después, una vez acabado el poemario, uno se da cuenta de otros aspectos que se han colado junto con esa intención temática inicial, y qué maravilla eso, ese libro lleno de polizones que vienen a enriquecerlo: infancias, hartazgos, películas, libros…

Pues hace menos de un mes que me metí entre pecho y espalda la Poesía vertical de Juarroz, así que viva la sincronicidad de tu pregunta. Siempre me gustó el aspecto indagatorio que la poesía de este autor tiene, como uno siente que se va adentrando en lo selvático, en espesos territorios sin forma, en la esencia pastosa o desleída (desde luego, no solidificada) del sentimiento y el pensamiento. La poesía de Juarroz es valiente porque mira a lo desconocido, no para conquistarlo sino para poder darlo a leer y a sentir.

La verdad es que no me parece que la poesía se preste siquiera a estas dualidades fértiles que tan bien se le daban a Juarroz, es algo más. Si hablamos de un gradiente, desde luego se parece más a un acto de valor que a una cobardía (aunque hay por ahí mucha poesía timorata que se limita a reproducir y repetir la realidad y a lamer la bota de lo establecido). No siento que la poesía se oponga a nada, creo que la palabra poética y, por extensión, la actitud poética, la espera poética, la mirada poética, están aquí para ampliar la realidad que es un diminuto espacio que nos han dicho que es lo único que hay. Si decir adiós, no tengo suficiente, me falta el aire, no me creo este cuento civilizatorio que usted me está inyectando a través de pantallas y angustias es ser valiente, pues el poeta es valiente, aspira a serlo, aspira a no repetir lo que nos cae de las bocas rancias. Pero creo que tiene que ver más con la insatisfacción y la curiosidad que con el valor.

Esto me encanta y me interpela. La inteligencia como una conexión con lo vivo y no como algo productivo. La inteligencia como el claro de María Zambrano y no como un canódromo en el que perseguir liebres inalcanzables. Me parece tan necesario mirarnos así, ver en el otro a un igual que porta lo vivo y que desea lo mismo que uno.

Están convirtiendo al otro solo en un rival, en un enemigo, en una herramienta. La poesía también sirve para desenmascarar esa mentira de la realidad levantada sobre unos principios de apariencia sagrada pero que no son más que ideas que convienen a unos pocos. Por eso, enseguida se tacha de extraterrestre o de loco al que empieza a transitar la renuncia de lo establecido. La conciencia de que nos mienten es de las cosas que más teme el poder y reacciona con virulencia en cuanto se empieza a armar un discurso y un sentido alternativo a sus lógicas. Una vida fuera de su vida, ese lazo del que habla Bobin y que no es, en principio, nada combativo, sino una querencia por la vida buena, la vida abierta y la vida para todos.

En definitiva, no es que se esté fragilizando ese lazo, es que, directamente, se está ridiculizando e, incluso, criminalizando. No quieren que sepamos que su verdad es tan parcial que es incapaz de sostenernos a todas, de acogernos, somos solo ladrillos para sus edificios megalómanos.

A lo pequeño, a lo distinto, a lo dañado, a lo que ha sido violentado, a lo desconocido, a lo monstruoso, a lo que no entendemos y decidimos vilipendiar…

Primero atendiendo a esta fatiga vital, a este hartazgo, al tedio de día tras día repetir labores y soluciones de entretenimiento. Dejar de llamar al tiempo tiempo libre para empezar a disfrutar de lo indagatorio, de salir a la realidad y en el momento que nos sintamos rumiantes (de palabra, obra y omisión) dar un volantazo y dejarnos ser los raros, los que se permiten la divagación, el extravío, los que dicen hasta luego me voy a algún otro sitio. Ser capaces de proponer y de buscar, no ser solo consumidores, creo que ahí está una de las claves, perder la vergüenza a ser alguien que dice que no entiende este mundo ya resuelto, desvelado, sin sombras, tan liso y pulido que no se puede agarrar por ningún lado: mundo sin asideros. Me da miedo una realidad en la que todo está decidido, en la que solo podemos ser personajes, en la que es imposible crear, ni jugar, ni perderse.

Después, desde la conciencia de que menudo circo en el que andamos metidos, una vez visto y sentido ese componente de engaño y decorado, retirarnos, detenernos, concentrarnos en el no que afirma (no sé quién decía esto), plantarnos en nuestra propia encrucijada y decir que vale, que la inercia siempre estará ahí para cuando queramos aturullarnos, pero que se puede intentar un hacer afuera, una pausa, una renuncia a lo que debe ser logrado o defendido. Sin herejes y desertores nunca cambiaría nada.

Jorge Riechmann le llama a esto perseguir lo necesario imposible, y no podría decirlo mejor.

Un poco lo he ido comentando en respuestas anteriores. La adaptación es hoy uno de los mandamientos principales. Adaptación a la barbarie. Adaptación precisamente ahora que el mundo se nos ha vuelto ajeno, complicado, sobre todo emocionalmente; adaptación a la abrumadora cantidad de estímulos, de informaciones triviales y malintencionadas. Nos dicen que el mundo es ese maremágnum de luces y ruidos y eso solo es el aparataje, la tramoya a la que han querido dirigir nuestra atención.

Eso que clama escondido, sofocado, no tiene que ver con armatostes culturales, no tiene que ver con afanes crematísticos, con miedos emocionales que nos llevan a ser monstruos ególatras, necesitados de atención pero desdeñosos del contacto y el cariño. Eso que clama tiene que ver con lo intacto, lo no mediado, lo que surge de la gente cuando no la bombardean, cuando no la hacen diana de nada, cuando tiene tiempo de ser con el miedo, con la belleza y con la duda.

Esa reivindicación de la que hablas no es más que un final de camino, ese plantarse en la encrucijada. He intentado tantas veces ser alguien dentro de lo estipulado, me he hecho tanto daño sin saberlo, he perdido tantas horas intentando embutirme en estatuas en lugar de extraviarme en busca del claro que por eso está esa renuncia en el poemario. Porque solo fuera del territorio decidido se puede pensar lo nuevo, sentir lo nuevo, mezclar, jugar y permitirse uno explorar una vida sin objetivos a priori, sin ser siervo de intereses inhumanos.

Sí, pero en el momento en el que se usa la poesía como ansiolítico esta acaba por hablar demasiado de la realidad y hace el efecto contrario al que esperábamos: nos encierra en rumiar un daño que ni siquiera nos pertenece y nos atasca los puntos de fuga.

Puede que mientras tengamos que permanecer en la corteza ordenada y opresora de la realidad no tengamos más remedio que adoptar la forma de una mula con alforjas, puede que ahí la poesía nos sirva para que pese menos el humo de nuestra carga. Pero sobre todo la recomiendo para que sea una maza, una llave, una balsa o una antorcha. Poesía para explorar, poesía para encontrarnos. Poesía que nos ayude a dar el primer paso del que abandona Omelas.

Y leerla, sobre todo recomiendo leerla. Y practicarla, también practicarla, porque no todo lo que es poesía, no todo lo que abre el significado de las cosas, está en los versos escritos, menos mal.

Cada vez que respondo a esta pregunta o a algunas similares es más inabordable, así que me dejo llevar.

Siempre vuelvo a Valente y Gamoneda. Últimamente mucho a Claudio Rodríguez, a Juarroz, como he dicho antes. Eso es el cimiento, ahí abajo, esperando hay muchos más, muchas voces en lo que yo tenga que decir.

Alguien a quien también revisito siempre es a Luis Melgarejo, que me enseñó a subirme al ritmo y a disfrutarlo sin que se me encabritara y me dejara espanzurrao por los suelos.

Me interesan mucho las poetas que usan el lenguaje para decir el misterio: Ada Salas, Esther Ramón, Olalla Castro, Maillard… Hace poco comencé a leer a Chus Pato y me tiene totalmente entregado.

El panorama está tremendamente vivo, hay mucho que leer, surgen propuestas, la generación de poetas más jóvenes parece que se va definiendo con una sabiduría y una inquietud que da gusto. Y siempre están esas voces que uno no espera y que aparecen por casualidad, casi siempre por el boca a boca, que a uno le alegran las hambres de leer algo atrevido y que proponga saltos que nos sacudan lo acomodaticio.

Hace poco, en la presentación del libro La noche del niño, de Salvador García, en La Fuga Librerías, el autor nos habló de la importancia de los talleres y las actividades relacionadas con lo poético. Y estoy de acuerdo, no tanto porque nos hagan escribir mejor o peor, que también, sino por lo que tienen de punto de encuentro, de poder acercarnos a otras, que como nosotras, quieren vivir en poesía y esperar, mientras cultivamos esa querencia común, que de ahí salga algo que nos amplíe la realidad, que nos permita ese estar vivos para hacer algo que no sea consumir ni producir. Hay que valorar el esfuerzo de quienes organizan y gestionan esos espacios de creación y encuentro, la poesía no se hace sola, necesita gentes que bajen a la orilla, necesita a todas esas gentes que quieren compartir y que saben encender candelas para encontrarnos.

Vengo de una comunidad, gracias a ellas encontré salida a esos versos torpes y tentativos, de un taller de creación poética que Carmen Camacho lleva años impartiendo, somos las poetas de un lugar desaparecido: Colombre, poetas de callejón trasero. Gente que se junta y se extraña, que dice barbaridades, que comparte la belleza y la mirada. Un regalo de lugar y de refugio donde he aprendido mucho en lo que se refiere a escribir poesía, pero donde he aprendido más a dejarme llevar. Allí he conocido a poetas como Isaac Álvarez Félix, Adriana Schlittler, Santiago Esteso, que son compañeras de editorial; y a muchas otras gentes que escriben poesía, sí, pero sobre todo que entienden que se puede existir con una actitud poética, atentas a lo que la realidad ofrece cuando se despista en su control. Son mi familia poética, menudos saraos nos marcamos de vez en cuando.

También vengo observando como alrededor de la poesía se van haciendo cada vez más cosas. Talleres, reuniones, clubs de lectura… Por lo menos en mi ciudad, Sevilla, hay un crecimiento evidente de actividades relacionadas con la poesía. Quiero mencionar, porque siento allí especialmente vivo ese carácter de comunidad, de juntiña desinteresada, lo que hacen los organizadores de Poesía y Cervezas, una tertulia literaria llena de enjundia donde se comparte conocimiento y se escribe en comunidad.

Víctor Briones Antón (Sevilla, 1979). Se licenció en Psicología. Actualmente trabaja como administrativo en el SAS. También imparte cursos y talleres de creación poética. Ha publicado poesía en varias revistas (Nayagua, Noches Áticas, Yukali,…). Varios de sus poemas fueron seleccionados para la antología Anónimos, promovida por el festival Cosmopoética en dos ediciones (El Dispensario, 2012 y 2013). Fue finalista de la iniciativa Poetas Noveles (ICAS, 2019). Ha publicado los poemarios Insectos (La Espiral Literaria) en 2013 y Dormir destapado (Ediciones del 4 de Agosto) en 2022.

*Lázaro Santano, lector editorial, psicólogo y psicoterapeuta.