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Happycracia

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Edgar Cabanas y Happycracia: «Los libros de autoayuda nos dicen lo que queremos oír»

Charlamos con el psicólogo Edgar Cabanas de su libro Happycracia y de como la ‘industria de la felicidad’ controla nuestras vidas.

Diagnóstico Cultura habla con Edgar Cabanas, quien junto a la socióloga Eva Illouz firma Happycracia (Ed. Paidós). Es doctor en Psicología e investigador en la Universidad Camilo José Cela y en el Centro para el Estudio de las Emociones del Instituto Max Planck de Berlín. Un potente ensayo que está teniendo gran éxito en Europa y en el que denuncian cómo la ciencia y la ‘industria de la felicidad’ influyen y controlan nuestras vidas.

Happycracia es un libro imprescindible que tenía que escribirse.

Lean, no tiene desperdicio.

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A pesar de las ingentes cantidades de dinero invertido en ‘la ciencia de la felicidad’: ¿se ha llegado a alguna conclusión realmente valiosa que no supiese ya la filosofía griega clásica o el propio sentido común?

Desde su fundación allá por el año 2000, la psicología positiva (o “ciencia de la felicidad”) ha tendido a exagerar sus supuestos “hallazgos” y “descubrimientos”, y los medios de comunicación han contribuido mucho a esto, exagerándolos aún más. Pero los medios de comunicación no se inventaban nada: eran los propios psicólogos positivos quienes proclamaban en libros y en artículos científicos haber descubierto por fin las “claves de la felicidad” o “la fórmula de la felicidad”, nada menos. Muchos entendíamos desde el principio que esto era, cuando menos, sospechoso, pero hoy en día sabemos que es simple y llanamente falso: ni esas claves están por ningún sitio, ni después de casi veinte años desde que apareciese la psicología positiva sabemos más sobre la felicidad que lo que sabíamos hace dos décadas, o que lo que sabían nuestros antepasados.

Es más, si algo ha quedado claro es que la ciencia de la felicidad es, en el mejor de los casos, una ciencia débil, plagada de tautologías y de imprecisiones conceptuales, de problemas metodológicos, de etnocentrismo y de asunciones ideológicas y hasta religiosas, como analizamos en el libro. Respecto a esta debilidad científica, Daniel Horowitz, por ejemplo, que no ha sido ni mucho menos el más crítico, afirmaba recientemente que no hay ningún supuesto hallazgo o concepto procedente de la psicología positiva que no haya sido puesto en duda, modificado o rechazado (algunos incluso por los propios psicólogos positivos). Así que, en mi opinión y en la de muchos otros, la respuesta a la pregunta es que no.

¿Es la indefinición de la felicidad uno de sus rasgos y a la vez uno de sus problemas?

Por un lado, no hay una definición consensuada sobre qué es la felicidad, ni siquiera entre los mismos psicólogos positivos. Las definiciones que hay, o bien son tautológicas (e.g. la felicidad es sentirse bien con uno mismo; la felicidad es lo que miden los cuestionaros de felicidad) o bien enormemente genéricas y que lo abarcan casi todo (e.g. la felicidad es un estado de bienestar compuesto por una serie de componentes emocionales, cognitivos, actitudinales, biológicos y sociales). Seligman incluso propuso no estudiar la felicidad sino el florecimiento personal, pero tampoco eso ha servido para clarificar nada (es más, volvemos a las tautologías: las personas son más felices porque florecen y viceversa).

Por otro lado, la indefinición de la felicidad, lejos de suponer un problema, ha resultado sin embargo ser una de sus mayores ventajas, ya que facilita su expansión y aplicación a todo campo de estudio, problema social o conjunto de intereses imaginable, pues cualquiera pueda contribuir a ella ofreciendo su particular visión sobre cómo definirla, aplicarla o conseguirla.

En este sentido, la indefinición de la felicidad permite no sólo que múltiples disciplinas se unan a su estudio (e.g. educación, neurociencia, economía, marketing), como ya han hecho, sino, más importante aún, permite no limitar todo un mercado de la felicidad que precisamente se basa en ofrecer una amplia variedad de recetas, trucos, guías, consejos y demás productos (e.g. coaching, mindfulness, aplicaciones móviles, libros de autoayuda) que, supuestamente, enseñan a las personas a ser más felices. Al fin y al cabo, como está indefinida, ¿quién te dice que eso que ofreces no es felicidad? Por último, y relacionado con esto, su indefinición también la hace más resistente a las críticas, aunque parezca lo contrario.

¿Es esta felicidad de la que nos hablan un producto más de marketing?

No es uno más, sino que es el producto de marketing principal de un mercado global y enormemente lucrativo bautizado como “la industria de la felicidad” o “la economía del bienestar”. Las cifras hablan por sí solas: el año pasado, el negocio de la felicidad se consolidó como una de las economías más influyentes a nivel global, con beneficios que superan los 4 trillones de euros y con una prospección de crecimiento del 6.4% anual, según cifras oficiales del Global Wellness Institute. Para que nos hagamos una idea, si la felicidad fuese un país sería hoy el cuarto más rico del mundo.

Esto, por supuesto, incluye mercados que están directa (e.g. coaching, mindfulness, libros de autoayuda, aplicaciones móviles de felicidad y desarrollo personal, inversión en felicidad laboral, etc.) e indirectamente relacionados (e.g. turismo de bienestar, productos de cuidado personal, salud y cosmética, etc.) con la felicidad, pero también es cierto que aquí no se contabiliza, por ejemplo, el beneficio que generan la incontable cantidad de cursos oficiales, de másteres, de conferencias, de charlas y seminarios, etc., que sí están directamente relacionadas con ella. Muchas veces me preguntan por qué la felicidad es un fenómeno tan extendido hoy en día o por qué nos bombardean tanto y tan constantemente con ella. Pues bien, que sea un negocio tan lucrativo es una explicación, parsimoniosa pero muy clarificadora, para entenderlo.

Lo que sí está más claro es que la felicidad es un discurso muy útil para desdibujar la importancia que tienen las condiciones laborales cuando hablamos de bienestar laboral

En el contexto laboral, hacernos responsables últimos de la automotivación y la productividad, ¿evidencia de alguna manera una intención de precarización de las condiciones laborales?

No me gusta atribuir intenciones. Me interesa más analizar las consecuencias y los usos que se hacen de la felicidad, independientemente de lo bien o malintencionados que puedan ser. En este sentido, el modo en que se aplica la felicidad en el ámbito del trabajo, como analizamos en el libro, arroja algunas conclusiones muy claras.

Como suelo decir, a las empresas, especialmente a las más grandes, esto de la felicidad les ha venido tan bien para controlar a sus trabajadores conforme a sus propios intereses que si no hubiese existido la felicidad habrían sido las propias empresas quienes la hubieran inventado. ¿Por qué si no invertirían más de 48 billones de euros anuales en felicidad, según datos oficiales? Eso sí, parece que invirtieran más en la suya propia que en la de sus trabajadores, porque la mayoría de ellos, según los últimos estudios de Gallup (una empresa nada sospechosa de ser contraria a este movimiento) y otros grandes informes, más del 70% de los trabajadores estamos insatisfechos con nuestros trabajos y con nuestras condiciones laborales.

Tampoco está claro, por más que insistan quienes así lo defienden, que las empresas invierten en felicidad para aumentar la productividad de los trabajadores. A este respecto, hay estudios que dicen que sí lo hace y otros que muestran correlaciones nulas e incluso negativas entre felicidad y productividad.

A quienes insisten en que esta relación es inequívoca, les diría que además de leer los estudios que no confirman su postura, leyeran también estudios históricos de la psicología del trabajo y de los recursos humanos, pues la discusión sobre la relación entre felicidad y productividad ni es nueva (se remonta, al menos, a los años 60) ni está resuelta todavía.

Lo que sí está más claro es que la felicidad es un discurso muy útil para desdibujar la importancia que tienen las condiciones laborales cuando hablamos de bienestar laboral; para fomentar culturas de empresa que minimizan e incluso estigmatizan la queja o el desacuerdo; convencer a los trabajadores de que lo que es bueno para la empresa es bueno para ellos; para que los trabajadores se identifiquen con lo que hacen y se realicen personalmente a través de ello (como si un reponedor, un mozo de almacén o un repartidor de Glovo, por ejemplo, no sólo pudieran, sino que además debieran encontrar en sus trabajos una fuente de satisfacción y de realización personal), etc.

En un momento en que las empresas apuestan por formas más descentralizadas y flexibles de organización, lo que se busca no es dirigir a los trabajadores desde arriba, con métodos coercitivos, sino que se busca que sean los propios trabajadores quienes interioricen y acepten como suyas propias esas formas de control (normas, valores, objetivos) que benefician a las empresas. Para todo ello, el discurso de la felicidad sí que es muy útil.

¿Qué te parece eso del salario emocional?

Una trampa y parte de lo mismo que comentaba. Intentan compensar la precariedad en los aspectos materiales (e.g. salario) y tangibles (e.g. contratos estables) con abundancia de aspectos psicológicos y emocionales (e.g. ambiente de trabajo). El problema no es solo que el concepto sirva principalmente para poco más que para endulzar la precariedad o para desviar la atención de aquellos factores de los que realmente deberíamos hablar de cara al bienestar laboral.

Otra trampa es que lo que frecuentemente denominan como “salario emocional” es en realidad algo que debería estar incluido en el mismo contrato de trabajo, y no presentarlo como un “extra” añadido por la propia empresa para que pensemos que nos está cuidando de más. Cuando uno firma un contrato no sólo firma un salario, sino también unas condiciones de trabajo dignas y saludables, que son obligación de la empresa proporcionarlas. No son un regalo y con esto del “salario emocional” lo parece.

De puertas hacia adentro, no nos hemos aclarado todavía entre los propios psicólogos sobre qué es la psicología, así que es difícil aclararlo de puertas hacia fuera.


Existe en la calle una confusión generalizada sobre qué es y qué no es la psicología. ¿Consideras que parte de esa confusión pueda venir derivada del propio colectivo de psicólogos y sus instituciones?

En parte sí, porque los psicólogos tampoco tenemos un consenso claro sobre lo que es y lo que no es la psicología. Además de ser psicólogo enseño historia de la psicología, y las formas de entender la disciplina son actual e históricamente diversas. Las distintas escuelas de pensamiento que existen dentro de la psicología difieren en lo que consideran su objeto de estudio, en el método científico que anteponen, e incluso en la tradición intelectual, en las raíces culturales o en las referencias filosóficas de las que beben. De puertas hacia adentro, no nos hemos aclarado todavía entre los propios psicólogos sobre qué es la psicología, así que es difícil aclararlo de puertas hacia fuera.

Personalmente, discutir sobre qué es y qué debe ser la psicología es una de las discusiones que más disfruté como alumno y que más sigo disfrutando como profesor e investigador. Es realmente interesante discutir con psicólogos que tienen una visión diferente a la mía. He trabajado con muchos filósofos, sociólogos o historiadores y con ellos es más difícil entablar conversación a este respecto porque, por lo general, tienen una visión más homogénea de lo que es la psicología. Y generalmente no una opinión muy buena. Razones tienen, desde luego, pero no todas las psicologías son lo mismo, ni mucho menos. Tampoco la sociología, la filosofía o la historia son disciplinas homogéneas.

¿Cómo crees que está afectando la psicología pop a la verdadera psicología?

Como decía, no hay una verdadera psicología, sino varias. Tampoco hay una psicología pop, sino muchas. Por otro lado, hay tipos de psicología que han sido pop desde el principio o que se han acercado mucho a la psicología pop para obtener beneficio de ello. La psicología positiva es el ejemplo más claro y reciente que tenemos de ambas cosas. Sus raíces son las de la autoayuda, las de la psicología popular norteamericana y las de los movimientos de cura mental del siglo XIX.

Al contrario que el funcionalismo, el conductismo o el cognitivismo en sus muchas variantes, la psicología positiva no tiene una tradición filosófica fuerte detrás (por mucho que apelen a que toman como referencia conceptos clásicos como “eudaimonía”, por lo cual han sido enormemente criticados, y con razón), sino que su tradición es más bien popular y religiosa, como he mostrado en otros libros. Igualmente, todo tipo de psicología tiene un componente de psicología popular que es irrenunciable: al fin y al cabo, los psicólogos, unos y otros, tratamos con conceptos cuyo objetivo es describir el comportamiento de las personas en un sentido amplio y, claro, esas mismas personas acaban entendiéndose a sí mismas a través de estos conceptos y utilizándolos de nuevas maneras, dándoles nuevos significados y muchas veces distanciándose por completo del uso original.

La psicología se está llenando de sentido común. Y para decir cosas de sentido común, no hacemos falta los psicólogos.

¿Se está psicologizando el sentido común?

Sí. Y al revés también. La psicología se está llenando de sentido común. Y para decir cosas de sentido común, no hacemos falta los psicólogos. Esto se aplica especialmente a la psicología positiva. Dice Marino Pérez que lo que la psicología positiva tiene de nuevo, no es bueno, y lo que tiene de bueno, ni es nuevo ni va más allá de ser sentido común. Estoy de acuerdo. Respecto a que el sentido común se esté psicologizando, esto en parte debido a lo que comentaba antes, de que es inevitable que los conceptos psicológicos entren en el circuito del uso popular y se “perviertan”, entre comillas. El proceso contrario, que la psicología se esté llenando de sentido común, ya es más problemático.

¿Qué ideología se esconde tras la irrupción de la psicología positiva?

Neoliberalismo. Puro y duro. No importa que haya psicólogos positivos que no sean neoliberales o que no quieran serlo. La psicología positiva viene de donde viene y tanto su postura, marcadamente reduccionista e individualista, como su estrecho sentido de lo social, lo dejan más claro todavía (por no mencionar del tipo de instituciones neoliberales y conservadoras, además de religiosas, que tan generosamente han financiado su aparición, su expansión y muchos de sus estudios).

El escaso papel que otorgan a las circunstancias, condiciones sociales, o factores económicos y políticos en su concepción de la felicidad es muy explícita. Dedicamos un capítulo entero del libro a analizar esto. Incluso importantes psicólogos que han contribuido enormemente al campo como Daniel Kahneman han reconocido este punto, criticando duramente el modo en que la psicología positiva aborda el papel de las circunstancias y afirmando que, cito textualmente, “a mí me parece que los psicólogos positivos tratan de convencer a la gente de que pueden ser felices sin hacer cambio alguno en sus circunstancias. Esto encaja más bien con el conservadurismo político”. No sólo lo decimos nosotros. Es algo respecto a lo cual los críticos no tienen ninguna duda.

También hay quienes incluso desde las propias filas de la psicología positiva lo reconocen. La mayoría de los psicólogos positivos, sin embargo, rechazan esto constantemente, pero creo que es un error y que deberían empezar por aceptar, aunque sólo fuese por salud y rigor científicos, este tipo de críticas.

Los libros de autoayuda nos dicen lo que queremos oír. Lo que pongo en duda es que nos digan lo que en realidad necesitamos oír o lo que nos vendría bien escuchar.

Diagnóstico

Si consideramos la proliferación de los libros de autoayuda como un síntoma, ¿cuál sería tu diagnóstico de la realidad social?

Impotencia. Por eso, los mensajes que nos dicen que podemos mejorar nuestra vida sin cambiar las circunstancias que nos rodean son tan seductores y atractivos. Nos dan cierta sensación de control. Ilusorio, pero de control, al fin y al cabo. Nos dicen lo que queremos oír. Lo que pongo en duda es que nos digan lo que en realidad necesitamos oír o lo que nos vendría bien escuchar. He dicho en múltiples ocasiones que los productos de la felicidad, incluyendo, por supuesto, la autoayuda, prometen soluciones simples e individuales a problemas que son más bien complejos y estructurales.

El mensaje de que cualquiera puede ser feliz sin importar sus circunstancias, de que cualquier persona tiene el poder para superar sus problemas sean cuales sean, de forma individual, es sin duda un mensaje tentador por la sensación de control y de empoderamiento que genera. Pero resolver los problemas para los cuales estos productos prometen remedio (e.g. la ansiedad o el estrés) se requieren mucho más que simples técnicas de gestión emocional, porque tales problemas no son únicamente psicológicos, sino principalmente económicos, políticos, estructurales. En este sentido, problemas como la ansiedad o la depresión en el trabajo se explican mejor por las condiciones de precariedad laboral que por cuestiones de una (supuesta) mala gestión emocional y, por tanto, para solucionarlos es necesario actuar sobre estas condiciones, no sobre los individuos particulares.

El problema de esto no es solo que tales soluciones simples, en realidad, no funcionen para resolver los problemas para los cuales prometen remedio. El problema es que cargan toda responsabilidad del problema en la propia persona, haciéndoles creer que todo el mundo tiene el poder o la capacidad para salir de sus situaciones adversas. Pero no es tan sencillo, y creerse esto puede generar, además, mucha frustración y sentido de culpabilidad en quienes depositan sus esperanzas en este tipo de mensajes.

¿Nos ha arrebatado la happycracia una felicidad más real y sobre todo más humana?

Nos ha arrebatado la posibilidad de pensar en formas alternativas de felicidad que no pasen por esta forma tan individualista, reduccionista y consumista de entenderla (y, añadiría también, algo infantiloide). Este discurso de la felicidad ha secuestrado el significado del concepto. Lo ha vaciado de aspectos morales y sociales y lo ha llenado con el discurso norteamericano del éxito personal, del emprendedorismo y la meritocracia, del “si quieres, puedes”, del “persigue tus sueños” y demás simplezas. No sé si podremos subvertir este significado, pero me parece realmente difícil conseguirlo, más aún cuando hay toda una industria detrás que se nutre y que promueve esta perspectiva sobre la felicidad. Nunca fui muy optimista, y con este tema, y tras varios años estudiando el fenómeno, lo soy menos todavía.

O la felicidad deja de ser rentable (en muchos sentidos, no sólo económico) o no hay nada que hacer. Es mi humilde opinión.


Deconstruyamos, juguemos a Derrida ¿Cómo derrocar o subvertir la happycracia?

Dejando de consumir felicidad. En cualquiera de sus variantes. O la felicidad deja de ser rentable (en muchos sentidos, no sólo económico) o no hay nada que hacer. Es mi humilde opinión. Ser consciente de los usos que se hacen de ella, de los efectos perversos y paradójicos que genera, y de en qué nos convertimos y a qué renunciamos cuando perseguimos esta forma de felicidad, también ayuda. El objetivo del libro es poner estas cuestiones sobre la mesa. Ser conscientes del problema es condición necesaria para subvertirlo, pero, por desgracia, no es suficiente.

Un científico leído y con gusto por la buena literatura es mejor científico, sin duda.

Cultura

¿Ayuda la buena literatura a mejorar la ciencia?

Sin duda. En mi tesis decía que “Los Buddenbrook”, de Thomas Mann, había sido tan importante para mi para entender la ética protestante (analizaba allí las raíces del concepto norteamericano de felicidad) como lo habían sido los libros de Max Weber o de Werner Sombart. Un científico leído y con gusto por la buena literatura es mejor científico, sin duda. Y para la psicología creo que la literatura es especialmente importante. Hay cosas que la ciencia no puede abordar, y allí donde no llega, la buena literatura sí que lo hace (y viceversa). Creo que autores como William James también lo entendían así. De hecho, pocos psicólogos han escrito y descrito tan bien el plano de lo psicológico como James. Era un escritor portentoso.

Hay cosas que la ciencia no puede abordar, y allí donde no llega, la buena literatura sí que lo hace (y viceversa).

Y para acabar, recomiéndanos 3 libros, 3 películas y 3 canciones

Pues mira, entre los libros, y ya que lo he mencionado, recomiendo “Los Budddenbrook” de Thoman Mann. También “Pragmatism and the Tragic Sense of Life” de Sidney Hook, y “Las Uvas de la Ira” de John Steinbeck.

Entre las películas, “American Beauty” y “Revolutionary Road” de Sam Mendes, y “Memento” de Christopher Nolan.

Canciones, “Stand by Me” de Oasis, “Which Side are You On” de Pete Seeger, y “El Hombre que casi Conoció a Michi Panero” de Nacho Vegas. Bonus track: “La Autoayuda no me ayuda”, de la Ogra. No es tan buena canción como las otras, pero sí muy divertida.

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