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La pared de Marlen Haushofer

Marlen Haushofer

La pared, de Marlen Haushofer

Una inmersiva distopía robinsoniana de múltiples interpretaciones convertida en obra de culto ecofeminista. Ocurre algo que no sabemos, algún tipo de catástrofe no narrada y su protagonista se queda aislada del resto del mundo por una pared invisible en alguna remota localización de Los Alpes.

Escribía John Alec Baker que «lo más difícil de ver es lo que está ahí».

Nos pasamos la vida desplazándonos de un lugar a otro, sin apenas tiempo para permanecer atentos a lo que sea que nos rodea. Hemos normalizado que el exceso de estímulos destruya permanentemente la oportunidad de atender a lo cercano.

Pero, ¿qué pasaría si te dicen que ya no vas a poder salir del sitio en el que te encuentras ahora mismo? ¿Y si eso ocurre de repente sin ninguna explicación y allí no hay nadie más?

La escritora austríaca Marlen Haushofer (1920-1970) nos sumerge en esa posibilidad con su novela La Pared (Volcano Libros). Una inmersiva distopía robinsoniana de múltiples interpretaciones convertida en obra de culto ecofeminista. Ocurre algo que no sabemos, algún tipo de catástrofe no narrada y su protagonista se queda aislada del resto del mundo por una pared invisible en alguna remota localización de Los Alpes. Es a raíz de ese destierro-encierro involuntario cuando descubre paulatinamente lo que le rodea mientras ahonda, sin grandes estridencias, en los territorios anteriormente impensados de la existencia humana. Con el tiempo, decide escribir un informe del día a día de su cotidiano ejercicio de supervivencia.

«Voy a reseñarlo todo lo mejor que pueda».

«Lo único importante es escribir; puesto que no hay diálogo posible, debo mantener abierto este diálogo continuo».

«Me asombraba no estar triste y desesperada».

La protagonista no pierde demasiado el tiempo en preguntarse qué ha podido pasar, el motivo de la abrupta razón de ese experiencia waldeniana no elegida. En las antípodas de rendirse, trata de sobrevivir y conseguir que sobrevivan los animales que están junto a ella -un gato, un perro y una vaca-, armada con esa tenaz determinación de las personas que han decidido hacer lo que pueden desde lo que tienen sin más asideros que su voluntad.

«El único ser del bosque que puede actuar de manera justa o injusta soy yo. Solo yo puede ejercer la clemencia. A veces desearía no cargar con esta capacidad de decisión. Pero soy un ser humano y solo puedo actuar como un ser humano. La única liberación es la muerte».

Surge una pared, está dentro y lo que está ahí es lo único que va a tener en adelante. El mundo exterior ha desaparecido y solo está ella y lo que pueda hacer consigo misma para soportarlo.

«En el bosque nadie podía desbaratarme los planes. Si fracasaba era por mi culpa, y solo podía responsabilizarme a mí misma».

Con una prosa honesta, ajustada y ajena a los artificios desgrana el inexorable devenir de la naturaleza y su imparable exhibición de prodigios, esos fenómenos majestuosos que sin embargo, a menudo, nos pasan desapercibidos. Algunos hechos como la cicatriz de un rayo sobre un gran roble, la aparición de la roca desnuda o la severidad brutal de las heladas.

«En algún momento faltaré y nadie segará la pradera. Primero se llenará de matojos y después los árboles avanzarán hasta la pared y reconquistarán la tierra robada por el hombre. A veces se me enmarañan las ideas, es como si el bosque echara raíces en mí y utilizara mi cerebro para sus pensamientos ancestrales y eternos. Y el bosque no desea que el hombre regrese».

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